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Herskovitz: Un recuerdo

Por Iván Fernández-Dávila

Su antológica en el ICPNA es la mejor muestra que vi en Lima hasta hoy. Es una de las mejores muestras de todas las que he podido ver en cualquier ciudad del mundo. Está ahí, entre las tres o cuatro inolvidables junto a las grandes exposiciones de Picasso, Bacon, Rembrandt, Cuevas. Han pasado catorce años y la recuerdo como si lo acabara de ver. Inmediatamente impactado por los colores violentos, las deformidades, los formatos enormes y mínimos manejados con la misma determinación y claridad que evidencian la maestría. Y después del cómo, el qué, el contenido. La hondura inusual de los temas delataba el profundo humanismo de David Herskovitz. Una pintura tan viva, que se podía estar seguro de que bajo la costra de pintura seca corría sangre. Una pintura que era más que eso, repleta de anhelo por lo verdadero, por lo auténtico. No lo conocí, nunca quise conocerlo. Lo vi sí una sola vez en una de las visitas a la mencionada exposición. Lo estaban entrevistando. Me llamó la atención su marcado acento norteamericano después de haber hecho una vida en el Perú y me pareció muy viejo y muy frágil. Lo resguardaba su mujer y si mal no recuerdo me acerqué un instante a saludarlo y decirle unas pocas torpes palabras.

Desde aquella reveladora exposición he buscado su pintura, he leído todo lo referido a su obra y vida y he conocido a otros artistas que lo conocieron y he preguntado cómo era este notable pintor. Me contaron que era una persona alegre, bondadosa, energética; también, oí algunos episodios melancólicos en que alguna vieja herida se abrió de repente quebrando su apariencia afable. Sé que intervino para la realización de la primera individual de Polanco y he leído generosas -y justas- reseñas para exposiciones de Castilla Bambarén y Alfredo Alcalde.

Era un artista que tenía mucho por decir, por ello estaba protegido de caer en la nadería del mero informalismo o la pura decoración de las formas y colores adoradas por diseñadores y monos de feria. Podía dibujar “perfectamente” pero era imposible que un espíritu así no sea expresionista. La imperfección, el color, el ímpetu que caracterizan a esa corriente fue el modo inevitable de mostrar su visión del mundo. Visión marcada por una experiencia vital intensísima que incluyó años de vida en China, participación directa en el horror de la Segunda Guerra Mundial y posterior formación artística en Nueva York, todo esto antes de su llegada al Perú a los treinta y cinco años.

Cuando expuse individualmente en el Museo de Arte Contemporáneo de Arequipa en el 2014 pude ver una de sus grandes obras, el tríptico titulado “La Familia”. La misma que seguramente le hubiera gustado tener y no tuvo. Sé perfectamente que para un verdadero pintor lo más valioso es la soledad y el tiempo, en ese orden, así que no intenté contactar al maestro aún cuando en ese momento creía que se encontraba en el sur del país. Cuando se me pidió una pintura para la colección permanente de aquel museo no lo dudé ni un instante y acepté porque significaba compartir recinto con el pintor que tanto admiraba. Estar en la misma colección junto a los maestros que se admiran es, en mi opinión, la mayor recompensa que puede tener un artista.

Sólo unos diez años después de su muestra retrospectiva pudimos volver a ver una individual de Herskovitz en Lima, ésta se presentó en la Galería Municipal Pancho Fierro en el año 2016 y estuvo dedicada a un solo tema: La Mujer. Aunque sin duda es de agradecer una monográfica del pintor, pienso que el enfoque elegido inevitablemente limita una obra tan variada como la suya. Para un artista como Herskovitz es preferible una pequeña antología que una mediana muestra temática. Entre exposición y exposición del maestro en esa década, se vieron en la ciudad montones de muestras absurdas, descontando claro las exhibiciones de un puñado de valiosos artistas por los que vale la pena desplazarse en nuestra maligna urbe. En cierta entrevista, Herskovitz declaró: Picasso es una influencia peligrosa. Y es precisamente el genio español la presencia que sobrevuela en la obra de Herskovitz y en aquella muestra fue especialmente evidente.

Nunca quise conocerlo, pero tal vez lo conocía. De una u otra forma llegué a tener una docena de obras de este gran maestro en mi modesta colección, obras que fue imposible conservar porque, como no podía ser de otra manera, apenas un coleccionista las veía en mi taller quedaba hipnotizado y tenía que llevárselas contra viento y marea. Para quienes sólo vivimos para pintar y de la pintura, es muy difícil conservar los exiguos tesoros que aparecen en nuestro camino. De algún modo, era como si el maestro ayudara a seguir pintando, así como también lo han permitido otros maestros (Humareda, por ejemplo) cuyas obras anheladas por muchos ojos brindaron semanas o meses de Vida y Pintura en mi taller. Como si la mentada generosidad de Herskovitz fuera tan grande que alcanzara incluso a un pintor joven que no conoció.

En sus pinturas se encuentra todo el espectro de la existencia humana, quizás a excepción del humor, que es muy difícil de evocar sin caer en el chascarrillo barato. En sus mejores telas, en las indiscutibles obras maestras que logró, destellan toda la belleza y tragedia de la existencia. Pero, sobre todo, en su obra hallamos algo que sólo se ve en muy pocos: Amor. Y diría más que amor, Compasión. En la totalidad de su obra palpita luminosa una búsqueda de significado interminable, la urgencia por las grandes preguntas sin respuesta de las Edades del Hombre. Entre el nacimiento y la muerte sobrevivimos, amamos, nos despedazamos, perdemos, soportamos. Vinimos sin pedirlo, nos vamos sin quererlo y sin haber entendido nada. Herskovitz plasmó ese itinerario existencial en cada una de sus pinturas con inteligencia y dominio absoluto del pigmento y soporte.

No lo conocí, así que no pude preguntarle por el saldo de sus días. A menudo, me he preguntado cuál habría sido el destino de este pintor de no haber venido al Perú. Cuando uno se acerca a su vida y obra, hay un vapor agridulce, más bien luctuoso. En su juventud, la primera esposa e hijo muertos; en su madurez, la intentona sin éxito de hacerse un sitio en Nueva York; en la vejez, sus cuadros destrozados para rematarlos y la inundación de falsificaciones en nuestro pequeño mercado. Se comprende íntimamente el fracaso y la realización entrelazados en el hombre y el artista. Sin embargo, después de presenciar su Pintura, la sensación final es de Triunfo.

Entre los libros que nunca escribiré está la biografía de este pintor irrepetible. Alguien tendría que desentrañar el misterio de su trabajo. No un crítico, casi ninguno tiene la carga vital para afrontar la envergadura de algo así, además que de Arte saben menos que nadie. Herskovitz fue un artista extraordinario, inmenso. Cuando las bagatelas de nuestros días se disipen y el hombre desesperado busque el consuelo de la belleza y la verdad, ahí estarán las imágenes de David Herskovitz mostrándonos lo que siempre fuimos, somos y seremos. Su obra perdurará.

Lima, Cuarentena de 2020.

Iván Fernández-Dávila

 

Pueden encontrar el artículo en nuestra Edición 3 – 2020

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