Compartimos la primera parte del cuento de Aarón Alva, titulado “Confesión de un fraude literario”.


Debo empezar con un punto a mi favor: puedo probar con elementos de infalible modernismo, la falsedad que representa el nombre de Edmund Maelo y lo referido a su premiación con el trofeo de Oro. Por supuesto, me refiero al concurso al cual envío esta declaratoria, y del que sus jurados —lo considero así— están en la obligación de abrir un folio tan grande como la mentira que el tal Maelo representa en la literatura de este país.

No me malinterpreten. No pretendo escamotear el menor detalle de mi vida pública ni privada. El testimonio que aquí presento es dependiente y análogo a mi propia intimidad. Tengo treinta años, desempleado, vivo con mi madre. Es lo necesario para el arranque. Mi nombre lo tienen inscrito en el sobre de manila y en cada una de las cinco copias impresas de este relato.

Marca de partida: año 2018. Mi vida por entonces: trabajo de asistente técnico y sonidista en una sala de ensayo musical de Lince. Sueldo menos que el mínimo, con la ventaja de, al menos tres o cuatro veces al mes, enlazar cachuelos que me sacaban de misio los fines de semana. Me ofrecía —y en ocasiones me ofrecían—, asistir como sonidista a conciertos de bandas amateur en bares nocturnos. Previo al estampido de la prostitución extranjera, los bares de Lince no eran mala plaza debut para bandas de chiquillos semi pitucos, que en su desesperación de primerizos pagaban al local el aproximado al consumo en licor de cinco mesas, lo que venía siendo no menos de doscientos soles. El dueño les alzaba los humos con la ilusión de recuperar su dinero, siempre y cuando trajesen gente a consumir. Si llenaban el local, la siguiente tocada les salía gratis. Okey, les doy mi bar, les pongo luces, un par de amplificadores, pero ¿Qué me asegura que vendrá gente a consumir por ustedes?

Había, sin embargo, un oculto mecanismo de sabotaje del que fui parte activa. Si un bar contaba con una banda fija de músicos curtidos, darle espacio a un grupo de amateurs aventuraba cierto riesgo. La jugada consistía en: dueño del bar habla conmigo, me ofrece plata, trago gratis, y a la hora del concierto le juego sucio al sonido de la banda amateur. Si estos percibían el sonido fracasado, bastaba insinuarles luego un repentino fallo técnico, o que alguien pisó y desconectó un cable, e incluso un trago derramado que averió los circuitos.

Un día llegó al estudio de música una banda de chibolos. Al ver su ensayo intuí que me llamarían para manejarles el sonido en concierto. Tocaban sin conexión, como atrapados en una onda de vapor musical etéreo, sin armonía instrumental. Si se tiene en cuenta la nueva moda del pensamiento académico artístico, es decir, la idea de prohibir la palabra malo al evaluar todo espécimen artístico, puedo decir que su música no era mala. Rasgaban la guitarra con la distorsión a tope, el bajo acribillaba su ritmo junto a los golpes de batería, la armonía de acordes no exploraba más que el círculo básico. Supe que con un palabreo puntual sería fácil convencerlos de mi aporte como sonidista en su concierto.

Lo extraño fue que en las dos primeras canciones no hubo voz cantante.

—De acuerdo —diría luego el guitarrista—, nos manejas el sonido. Pero hay un detalle.

Hizo silencio, miró a sus amigos y siguió:

—Nuestra cantante no vino y el concierto es mañana. ¿Podrás modular los instrumentos y la voz en el concierto sin haberla escuchado?

Por inocente y blanda, su pregunta me produjo cierto rastro de culpa. Tocarían en un bar del centro, donde tantas veces el dueño y yo habíamos maniobrado el sabotaje. Afirmé con la cabeza y pregunté por el nombre de su banda.

—Rotagresiva.

Rotagresiva…

No me costó memorizar el nombre. Es más, juraba haberlo oído o visto antes. No recordaba dónde. En el bus camino a casa, fisgoneé en mi celular su fanpage de Facebook, la cual estaba llena de fotos sin gusto, desiguales al estilo agresor de su nombre. Los tarados con quienes conversé en el estudio exhibían poses de falsa malicia, niños de pinta higiénica queriendo figurar como nenes aguerridos. Ellos, los tarados, porque ella, era otra cosa. Entre ese trío de flacuchentos, la cantante despuntaba como el único punto de carne viva entre un esqueleto sin alma. La dueña del nombre. La Rotagresiva. Su cara, su jeta batracia componía el real cuadro agresivo con tomas angulares. La línea partida de su nariz parecía un estigma de guerra y no un emblema natural. De hecho, meses después yo sabría que llevaba tal rasgo a causa de agarrarse a combos con una vieja en la calle.

Había visto ese rostro; aunque no en el estudio de música. Yo tenía stalkeadas a todas las chicas que iban a ensayar.

Llegué a casa, comí lo que mi madre había dejado en la alacena y me encerré en mi cuarto a rastrearla. Sus cuentas de red, incluyendo blogs en desuso, estaban firmados por aquel seudónimo tosco y tenaz. Sin embargo, la música no figuraba como su principal actividad. Su nota iba por el lado de la literatura en un portal que ella misma administraba. Publicaba textos donde comentaba libros, registro de autores y frases. Por suerte, no ultrajaba su contenido escribiendo poemas. Jamás he sentido agrado por la poesía, y debe ser porque en mi adolescencia todo lo referente a ella venía cargado de fragor meloso sin sexo. Había un apartado de “trabaja conmigo”. Practicantes, engaña muchachos o lo que sea, buscaba gente que la apoye en su página (redacción, fotos, entrevistas) con la idea de formar un colectivo.

Vi todas y cada una de sus fotos y guardé algunas en mi computadora. No terminé de reconocer su rostro, aunque mi intuición se encaprichaba en que sí. Su última publicación no llevaba ni quince minutos de haberse subido. Una entrada de su página:

“Edmund Maelo: escribir en tiempos virtuales”

Al diablo, me dije, le hablaré.

—Te conozco? —repuso a mi hola.
—Soy el sonidista del concierto de mañana. Tus amigos me pasaron el nombre de la banda.
—Ajá, ¿qué pasa?
—Necesito escucharte cantando y no encuentro grabaciones en la red.
—No las hay.
—¿Puedes pasarme alguna muestra, al menos?
—No tengo.

No seguí. Cerré el Facebook, respiré estirando las manos y abrí el videojuego que últimamente me lanzaba a un largo ritual de paja y delirio. Parasite in city. Aquella antigüedad virtual de zombis violadores me producía mayor efecto narcótico que la pornografía. Qué tremenda idea. Infectados, hombres y mujeres, cuya ansia de sexo se intensificaba luego de morir, y cuya misión consistía en ultrajar a una rubia bien despachada. Oír el sonido acuoso producido por la rubia al meterse el dedo y sobarse, ver aquella congregación de sombras montándose sin cansancio, escuchar sus fluidos y el deseo gangoso y animal salir de su boca, erectaba mi pene y hasta mis vellos sin necesidad de tocarme. ¿Qué me atraía del juego? Lo he pensado hasta el hartazgo: la idea de un mundo de muertos sedientos de sexo, donde la rubia y su pistola no encarnaban otra cosa que la resistencia estéril a controlar nuestra parte animal. Nunca sería capaz de matar a todos los zombis que devoraban, que se cachaban al mundo. La seguridad fatal de que tarde o temprano sería violada a pelo por penes y dedos putrefactos, guau, me producía…

Entonces, lo supe. Quedaba un lugar donde en dónde buscar. Cerré el Parasite in city, y abrí el Facebook con mi otra cuenta. El botón de notificaciones me avisaba de un like a mi última publicación dentro del grupo de BDSM al que pertenezco. A alguien le gustaba la forma de mordeduras que había adquirido un tramo de mi pierna luego de haberme auto azotado. Postergué la indagación sobre esa persona. Casi nunca los miembros del grupo exponían sus rostros y tampoco sus nombres. Seudónimos y alias, sí. Y ahí estaba el suyo, la Rotagresiva, cuya foto de perfil mostraba sus piernas en pantis, al lado de sus dedos, que sostenían alfileres y unas tijeras con gotas de sangre.

Todo había sido una voltereta de mis sentidos, de mi intuición. No recordaba su rostro, sino su seudónimo. Y esa revelación, como primer impacto, me produjo temor. Discurrí en la posibilidad de un trastorno sensorial, aunque conjugaba con el orden al que todos en el grupo de BDSM respondíamos: personas cambiadas, alteradas virtualmente; éramos un lenguaje de nuevos significantes, el estado de una perversión que engarzaba la esencia de nuestra verdad. Nuestra tierra bastarda del disfrute. Ver el nombre de la Rotagresiva me hizo sentir poderoso, porque algo me decía que en poco tiempo la tendría sobre mí, produciéndome heridas, cortes, infligiéndome placer.

Tramé un plan.

*****

La noche siguiente llegó al bar gente común, atenta a sus tragos, a las bocas y cuerpos en cada mesa. Cuando apareció la Rotagresiva traté de lucir indiferente. Saludé a la banda, les avisé la hora de su concierto y fui hasta la consola de audio. Desde el primer tema (La desbarrancada – cover de Matía T Ta) me dominó el encanto sucio de la Rotagresiva. Un oído corriente diría que su voz pirueteaba sin gracia sobre los acordes, que el ritmo y diseño de su línea melódica destrozaba el orden musical. Nada menos real. Se trataba de un estallido vocal, salido desde el fondo del culo hasta rasgarse sin miedo en el tubo de su garganta.

Saboteé casi todas sus canciones, jugando y desvirtuando a placer el volumen del canto; por ratos incluso la cortaba. El rostro de la Rotagresiva parecía a punto de carbonizarse debido a los reflectores psicodélicos y el odio flotante de su mirada. Me pidió con una señal elevar el volumen. No lo hice. Bajo la mesa de la consola, en la pequeña cavidad oscura, me frotaba el pene, erecto dentro del pantalón. Salta del escenario, deja a esos tarados y corre hacia mí. Clávame un puñete en la cara. No me resistiré. Golpea mi pecho, mi estómago, apriétame las pelotas mientras me escupes y lames mi cara.

Al acabar el concierto fui a tomarme un trago a solas en la puerta del bar. Había gente sentada al ras de la vereda, enrolando pitillos de yerba y repartiendo trago a manos y bocas ansiosas. Yo sabía que era cuestión de esperarla y enfrentar el otro show, el perfecto para nuestro primer encuentro, el conciso isomorfismo de dos criaturas adictas a un placer selecto y clandestino. Sabía que vendría y así lo hizo.

—Oye, huevón —dijo—, ¿no veías que te hacía señas o qué? Me has cagado varias canciones.

Torcí las cejas y dije que no.

—Encima que mi banda te paga para el sonido, ¿nos cagas de esa manera?

La miré directo, auscultando en sus ojos cualquier fracción de complicidad. ¿lo notaste en ese momento? Le eché la culpa a los cables, a la calidad misia del equipo sonoro, al no haberlos oído antes del concierto y no poder calibrar mi finura auditiva. La vi agitada, ansiosa, temblaba su jeta de batracio. Entonces, al sentir la rabia de sus gritos en mis oídos, dije:

—¿Quieres pegarme o qué?

Había dado en el clavo. Tu cara me lo indicó. Había estimulado el vigor de tu naturaleza oculta. Tú, la que lanza la piedra; la que acciona el botón de castigo. Yo, la mejilla desnuda, la piel estrujada a punta de ganchos, de agujas clavadas. Porque sí, vi la perfidia derramarse en tu expresión, acusada por el silencio súbito. Tu puño quería reventarme ahí mismo, pero quizá la congregación de miradas y el saberte acorralada por cámaras de celular detuvieron tu embate. Gran desperdicio, ¿no te das cuenta? Un golpe en público se habría mofado del mundo que nos sectoriza como la peor sarna de un colectivo corrompido y maligno.

Alzaste tu dedo medio cerca de mis nariz, mientras me abatías de insultos. Se fue a solas, sin despedirse de la banda siquiera.

Más tarde, en casa, me senté a la computadora y abrí mi cuenta falsa, la del grupo de BDSM. Te conectaste al rato.

—Hola, Rotagresiva
—¿Qué eres?
—Pasivo.
—Ok, ¿cómo es?
—Donde y cuando quieras.

Corté la sesión y volví a mi Facebook personal. Por suerte, no me había bloqueado:

—Si sigues molesta por lo del concierto, podemos arreglarlo.
—Vete a la mierda, huevón… si te vuelvo a ver sí te saco la mierda.
—Es precisamente eso lo que te acabo de pedir
—¿??? ¿Qué hablas, animal?
—Acabas de hablar conmigo en Amados y amordazados. Donde y cuando quieras.

*****

Había consumado un primer paso; ahora dejaría que ella efectuase el siguiente. Tenía veintitrés cumplidos y un corte por cada año en sus piernas, todos efectuados por sí misma. No le importó cuando relaté la vida con mi madre, subsistiendo sin bosquejo de futuro, nada más valioso y apreciable que respirar y aplastarme de noche frente a la computadora en busca de gente como nosotros, adicta al BDSM. Nuestros encuentros empezaron en cochinos hostales de La Victoria, sitios de ventaja por el nulo escándalo hacia el sado u otras desviaciones. No cualquier hotelucho preserva la libertad de un modo bizarro del placer.

La Rotagresiva llevaba un bolsón de cuero viejo que acomodaba con cuidado en la mesa y extraía un antifaz de plumas lilas, su única prenda al golpearme. Prohibió cualquier intento de fornicar, precepto que acaté sin renuencia. Yo solo deseaba el placer del dolor. Decía que su desnudez convocaba una vía de transparencia espiritual, como un divorcio de los signos civilizados del pudor. Yo solo desvestía las partes de mi cuerpo usadas en la sesión y a veces disponía de sus accesorios cuando ella lo pedía. Me acomodaba pelucas, sombreros, aretes y demás elementos portados en su bolsón. La verdad, no me interesaba inferir sus razones, claramente íntimas, facultadas a engrosar su sensación de disfrute. En cuanto a la acción, hincaba mis testículos con alfileres, abría el espacio entre mi carne y uñas, lijaba mis tetillas, siempre renovando nuestros modos. Naturalmente, el ver su cuerpo desnudo, aunque plano y ordinario, avivaba en mí cierto grado de deseo al ver brotar de su vagina un saldo viscoso. Si no insistí con el sexo fue porque desde el inicio clarifiqué mi rol. Yo era el pasivo, y creo que la palabra de un practicante de BDSM engarza mucha verdad ligada a su protagonismo.

Una noche, tiempo después, mencionó su colectivo cultural. Resultó sorpresivo, fuera del límite que habíamos fijado. Cada dos semanas me sacaba la mierda y luego, en la calle, cogíamos el rumbo de sujetos extraños.

—¿Manejas una web cultural?
—¿Qué crees, huevón?, ¿Que porque me encanta sacarte la mierda no puede interesarme algo serio? ¿me crees una enferma inepta para otra cosa?

Dije que el inepto era yo. De literatura recordaba a lo mucho las sandeces del curso de lengua del colegio. Jamás había escrito una crítica o entrevista, no me interesaban los bandos ni teorías artísticas.

—No entiendo por qué lo mencionas—dije—. No tengo ni puta idea del tema, y si te soy franco, tampoco sé escribir. No leo literatura.
—¿Qué lees, entonces?
—Artículos de ingeniería sonora. A veces busco información sobre videojuegos. ¿Has jugado Parasite in city?
—No consumo videojuegos.
—¿Qué consumes?
—Ya sabes. Literatura, música, fotografía. Escribo.
—Yo no. Nunca he escrito nada.
—Da igual. No es que trabajaré contigo.
—¿Entonces?
—Necesito un favor. Un favor en el que no necesitarás pensar. Harás lo que te diga y punto.
—¿Y qué se supone que haré?
—Algo que no le pediría a la gente de mi colectivo.
—¿Por qué no?
—Supongo que porque contigo hay algo distinto. Otra clase de conexión.
—Dime cuál.
—Me gusta el sado contigo. Bueno, no solo me gusta. Conectamos, ¿no crees?
—Lo creo. ¿Cómo le llamas a esa conexión? La gente conecta pasión, odio, amor, sexo.
—No sé ni me importa. Solo conectamos. Sin pasión, sin odio ni amor, sin sexo. ¿Acaso te importa otro tipo de conexión conmigo?
—No.

Acababa de mentirle. Entonces relató su petición.

—¿Lo harías?
—Sí —dije—. Lo haré. Por ti.

Esa noche conocí de su boca el nombre de Edmund Maelo.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *