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Cuentos Literatura

Confesión de un fraude literario – Parte 2 – Aarón Alva

Compartimos la segunda parte del cuento escrito por Aarón Alva


Mi madre vivía de espaldas a mi depravación. Uso esta palabra, consciente de mi propio tránsito, sin imputarle juicios o designios morales. A los treinta años las cosas ya están definidas, y nunca he creído en permutaciones del espíritu conferidas al cínico y ligero velo de la contrición. Soy el hijo único de una mujer cuarenta años mayor que, en todo su derecho, probó el vaivén locuaz de la juventud, abortó dos hijos y al tercero (yo) tuvo que aceptarlo por riesgo de muerte. Tuvo con mi padre un amor rápido y desordenado. Como sea, sus consejos hacia mí iban por el lado de hallar pareja, echar raíces y todo lo demás.

La noche en que inicié el encargo de la Rotagresiva, mamá llegó tarde a casa y produjo un retraso en el plan. Lo recuerdo porque vino molida de cansancio y tenía moretones en las rodillas. Se había caído al bajar del bus. La atendí hasta que durmió y estando dormida le hablé en susurros de mi nueva pareja. Pedí al canal de su subconsciente entender mi desviación, concebir mi estado jubiloso. Luego me senté en la computadora. Edmund Maelo, a quien había agregado días antes, estaba conectado al chat.

—Hola, Edmund.
—Hola. ¿Qué tal? ¿Nos conocemos?
—No. Leí tu artículo publicado en Elementos. Excelente, eh.
—Gracias. Qué bueno que te haya gustado.
—Sí. Como bien dices, la obra de Onetti es un balazo al realismo dentro del propio realismo. Personalmente, santa María siempre me pareció una geografía en perfecto balance. Mientras sucede una cosa se va fabricando la contraria y se equilibra un sistema hecho de lenguaje.
—¡Sí! Me gusta esa idea.

Aquellos palos de exclamación inflaron mi ego. Se trató de un efecto falso, claro. Mis dedos pulsaban teclas, atentos al comando que, en otra ventana de chat, la Rotagresiva dictaba. Solo debía copiar y pegar palabras. No se lo dije, pero aquel desgaste veloz de ojos y dedos me creaba también placer, por ser como una extensión de nuestro pacto activo-pasivo. La fuerza del celo aparecía, el deseo de satisfacerla, de encaramar mi labor a la de un héroe para ella.

Cuando me pidió conectar con él y concretar confianza, yo sospechaba que la misión de espiarlo guardaba otros rasgos. Ella dijo que la movía la venganza y no un antojo de su perversidad.

—Es un tipo que copiaba mis ideas —dijo—, y con ellas, incluso hasta con mi vida, ha ganado concursos. El último trofeo de oro, por ejemplo.
—Entonces, tú y él…
—Tuvimos algo.
—¿Hace cuánto?
—¿Importa eso? Ahora quiero exponerlo, dejarlo en ridículo. Que en el cuchitril literario sepan que es una farsa.
—¿Y hasta cuándo voy a hablarle y qué debo sonsacarle?
—Gánate su confianza primero. Hablar de literatura es su vicio. Ya luego te diré lo que haremos.

Lo que haremos.

—No sé nada de literatura.

Y detalló el procedimiento. Yo le escribía al tipo, copiaba sus respuestas y ella dictaba la réplica.

—¿Ya no hablas con él? —pregunté.
—A veces. Ya está bien de charla. Quiero golpearte de nuevo.

Lo hizo, puse mi espalda y ella actuó. El dolor estuvo, pero en vez de placer, se volcó en fibras de amargura.

 

*****

 

Una noche se dio un imprevisto. Maelo dijo:

—Oye, ¿puedo pasarte un cuento corto?

Releí la pregunta y sentí cómo la hueste entera de mis nervios picoteaba mi cabeza. Entreví una oportunidad, o debo decir que una clase de voz en mi cerebro me alertó de ella. Hasta entonces, no había leído un texto del tal Maelo y, naturalmente, tampoco tendría que hacerlo si acataba el orden del plan. Pero la noción de alerta continuó.

—Te lo está pidiendo a ti, imbécil, no a ella.
—Pero, ¿qué gano leyéndolo? Yo no sé nada de literatura.
—¿Acaso no te dijo que él copiaba su vida y la transformaba en ficción? ¿Y si encuentras cómo él se la tiraba mientras ella le pedía que le sacara la mierda?
—Cállate…no debo romper nuestro pacto. Todo lo que este tipo me diga debo reportárselo a ella. No la traicionaré ¡No!
—Sí lo harás. Lo haremos.

Acepté leer el cuento de Maelo. Descargué el archivo y empecé a leer. La voz me lo ordenó.

La magia en mi sangre:

“Bastará una gota de tu sangre en comunión con mi cuerpo, dijo Rosalba, el día después al accidente de su padre. Estaba tirada en la cama, abstraída, sosteniendo como un artefacto blasfemo la correa enquistada con navajas de afeitar, nuestra reliquia fetichista. Cogió su cabeza en señal de pánico y mencionó una sospecha sobre mi cualidad profética. Es mi culpa, dijo, por revelarme a mi padre y rechazar los caminos del Señor.

La verdad, a mí me daba igual su padre, el Señor y su repentina vuelta de tuerca a una manía religiosa que ella misma juraba haber superado. Yo se lo había creído. Nos conocimos en una pantalla digital, en el secreto patológico de un grupo de Facebook y en la primera cita no hubo café ni coloquios delicados, sino sangre y golpes. Alquilamos un cuarto a un sujeto como nosotros, donde morir no estaba prohibido ni sería reportado a ninguna autoridad. Repartimos los roles (yo ponía la piel, ella golpeaba) y esa noche brotó de nuestras bocas y del corazón mismo una especie de clamor liberador. Sentí que se derramaba en mí un estado de limpieza espiritual.

Al tercer encuentro, Rosalba estaba rara. Antes de la acción tuve que tragarme cinco inservibles minutos oyéndola hablar de su pasado. Después de años su padre le había escrito pidiéndole perdón por haberla abandonado. Deseaba volver a su vida y enterrar por siempre un ciclo de vicios y putas, alejado del Señor. Éramos muy religiosos, dijo Rosalba, papá, mamá y yo. Cuando mi madre murió, papá se desmoronó y cayó en la corrupción de las mujeres. Cállate y pégame de una vez, pensaba yo, pero comprendí que a lo mejor debía aumentar su odio y frustración, de modo que los descargase en mí. Así lo hizo; sin embargo, al acabar me pidió abrirle la cara de un puñetazo. Golpear otro cuerpo no iba conmigo. No encarnaba mi sistema de limpieza espiritual. La golpeé sin usar las manos. Rosalba necesitaba un castigo escrupuloso, algo que pueda destrozar el odio por su padre. Opté por reventarle el pómulo de un rodillazo, y para añadir cierto dramatismo y tal vez religiosidad, le estampé mi rodilla ensangrentada, la que ella había abierto con tachuelas y un martillo. Agradeció, sin llanto, y luego preguntó: ¿Cómo crees que deba pagar mi padre? No sé, que lo aplaste un carro, respondí. Y al día siguiente, según me contase después, las ruedas de un microbús pirata trituraron las piernas del padre de Rosalba, a la salida de un puterío barato en Lince.

Al siguiente encuentro vino con toda esa bazofia religiosa de mi sangre en su cuerpo. No quiso golpearme, por lo que le exigí pagar el cuarto y largarnos de una vez. Dijo que estábamos a tiempo de arrepentirnos, y que lo sucedido era una prueba del poder del diablo pudriendo nuestras vidas a través de un vaticinio maldito; que, de prolongar nuestro vicio, seríamos nosotros los triturados por el garrote del Señor castigador. No aguanté tremenda basura moral y me largué. Después no supe de ella.

Mi vida era sencilla, de corto alcance. Buscaba la purificación en el dolor, precisamente para eludir la onda de vivir con una persona atrapada en la religión: mi madre. Sí, esa vieja que, con la excusa de un cáncer a la teta, había descuidado hasta el esfínter de su ano y vivía a mis expensas. Luego que le amputaron la teta derecha, llenó, según ella, su cuerpo con la gracia divina, entregada a Dios. Ocupábamos una pieza que el retrasado de mi padre pagó antes de morir. De no ser por ello, hace rato hubiese embalado a mi madre como carne de corral y lanzado su cuerpo corrupto al fondo de un pantano. Yo cubría su manutención, rompiéndome el espinazo como cargador de equipos en un estudio de música.

Al poco tiempo de irse Rosalba, conseguí otro socio de tortura en un grupo de Facebook. Un tipo activo que me abría la piel reventando vasos de vidrio en mis brazos y piernas. En medio del acto tenía la costumbre de gritar sus recientes percances. Hablaba de un socio suyo al que habían secuestrado, implicado en un asunto de drogas con mafias venezolanas. Le daba igual si hacían sopa con los huesos de su amigo, pero dio a entender que él tenía las bolas amarradas a ese negocio y, de aparecer su nombre, chau mundo. Estaba tan iracundo que, antes de zurrarme, estrelló el pomo de una botella contra la pared y sin querer se abrió la palma. Me lanzó el trozo de vidrio ensangrentado y entonces volvió a suceder. Al recibir el impacto grité que la tarde siguiente su socio aparecería repartido en cinco distritos de la periferia: un brazo en Comas, una pierna en Lurigancho, otro brazo en Lurín, la pierna restante en Pamplona, y la cabeza flotando en una pileta pública de Ate. Y eso, tal cual, sucedió.

No volví a ver al sujeto. Tres días después, lo extirparon del mundo. Descuartizado.

Debía atender el asunto. Si la cosa en verdad funcionaba, requería otra prueba, una tercera y definitiva de mi cualidad. Contacté con una mujer ciega, algo mayor, a la que pude sonsacar su historia en la primera reunión. Había perdido la vista por un baño de ácido muriático que su conviviente le arrojó dormida. No entró en detalles de la relación, solo dijo que el juicio contra el tipo seguía abierto porque aquel llenaba el bolsillo del juez asignado y por la flagrante asistencia del machismo.

La mujer hacía mierda mi cuerpo chillando el nombre su ex pareja. Se montaba en mi espalda, lijaba mi piel con tapas de gaseosa hasta abrirme largos pedazos de llaga. Costó trabajo y suciedad conseguir un poco de su sangre. Aunque ciega, guiaba bien sus movimientos, complicando asestarle un golpe sorpresa. Hasta que un día vino quejándose de dolores menstruales. Luego de golpearme, se encerró largo rato en el baño. Yo entré después, me aventé sobre el basurero y palpé la sangre manchada en su toalla higiénica. Unté con ella la llaga de mi espalda.

-En tres días tu verdugo intentará huir del país -aseguré.

Y en tres días, el hombre no huyó del país. La ciega lo detuvo en el aeropuerto, acompañada por periodistas pagados para cubrir el caso, que transmitieron en vivo vía redes sociales. El sujeto fue expuesto y sepultado cibernéticamente. En nuestra próxima cita, la ciega llevó una botella de champán que descorchó apuntando a mis tetillas.

—Quiero saber de nuevo el futuro —pidió.
—Solo la primera vez es gratis.

Si el capricho de Dios o la bondad del Diablo me habían dotado, ¿por qué no explotar mi cualidad? ¿por qué no comerciar con mi cuerpo? Empecé mi nuevo, mi propio camino, con gente del grupo de Facebook. Todos sabían que para activar mi cualidad debían cercenar su propia piel y empalmar su sangre con la mía. Lo mejor de todo: era una clase de negocio subterráneo. Nadie lo divulgaba en sociedad. Ellos mismos se quemarían por sádicos. Atendí a hombres, mujeres, gays, lesbianas, enanos, ciegos, inválidos, entre los que descubrí putas, matones, cafichos, narcos y hasta políticos.

Al cabo de unos meses tuve ahorrado lo suficiente como para irme del país y abrirme a ligas mayores. Sin embargo, quedaba un bulto por despachar. ¿Qué hacer con el bodrio viviente de mi madre? A decir verdad, sabía qué hacer. Yo no me atrevía siquiera a rasgarle un solo centímetro de piel. Pero, ¿qué tan difícil sería encontrar a una criatura ansiosa por destrozar a combazos un cuerpo remachado de operaciones, camino a la putrefacción? Nada complicado. Oferté el asunto en algún la Deep web y el mismo día se apareció un interesado. Bastó la mitad del dinero adelantado para comprar el boleto al extranjero. Luego, con embustes tan corrientes como ofrecerle un chupetín a un niñato para ultrajarlo, llevé a mi madre al sitio de acción. Lo que sucedió ahí…”

Corté la lectura. No pude continuar. Mi mente empezó a ligar cabos. De mis tripas emergía un derrame de vómito que se disparaba hacia mi boca. Corrí al baño sin llegar a tiempo y descargué la chorrada en el suelo. Embarré mis pies, mis manos. En vez de sentir liberación, me zurraba la idea de estar pariendo un engendro por la boca; un engendro que al construirse abriría su jeta de rana y con la voz de mi mente diría: ella le contó tu vida y él te hizo cuento. Eres ficción; una ficción extraordinaria. Él te dio un poder, una cualidad magnífica. Y, ¿sabes qué es lo mejor? Sí, lo sabes. Te hizo capaz de matar a tu madre, de liberarte de ella. Deberías agradecerle. Deberías amarlo. Sí. No lo odias. Lo amas.

El vomitó concluyó. No hubo engendro. Oí la orden de estrellar mis nudillos contra el espejo. Y la cumplí. Enseguida, otra orden. Regresa a la computadora. Teclea.

—Edmund, tu cuento es realmente exquisito. Tengo varias cosas por decirte, pero por chat tomaría tiempo. ¿Qué te parece si nos encontramos esta semana? De paso nos conocemos en persona.
—¡Claro! —escribió Maelo.

Bien, ahora escucha lo que harás.

Y escuché.

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