Cuentos Literatura

Confesión de un fraude literario – Parte 3 – Aarón Alva

Compartimos la tercera parte del cuento escrito por Aarón Alva.

*****

Acordé reunirme con Maelo cerca de su casa, en un punto de Pueblo Libre. Yo no conocía los fondos de ese distrito, solo alguna referencia de la Av. Brasil y Bolívar. El jueves de esa semana tomé un taxi hasta la esquina de Universitaria con Mariano Cornejo y, fumando, lo esperé.

Lo divisé caminando y de lejos distinguí un detalle favorable. Era chato, esquelético y tenía menos culo que una anoréxica. Su voz, ligeramente gruesa, parecía sacada de un parlante averiado y vestía ropa de fulbito callejero. Me dio la mano y al verme fumando quiso reponer una cajetilla. Fuimos a una bodega cercana. Lo dejé hablar, describir su trabajo en la revista Elementos, sus próximos cuentos. Luego de comprar dijo que iríamos al parque Arcoíris, a seguir fumando y conversar.

Doblamos por un pasaje a mitad de cuadra y del otro lado estaba el parque. El Arcoíris. El pasto lucía opaco, gris y arenoso, como el pelo de una bestia oculta bajo tierra. Al centro, el camino en cruz que atravesaba los jardines exhibía roturas, pedruscos derramados. El extremo oeste del parque conectaba a una cancha de fulbito enrejada que, debido a la corrosión y cagadas de pájaro en el metal, parecía una jaula de monos de zoológico. No contaba con juegos para niños. Había dos árboles torcidos y decrépitos y en los techos alrededor la luz del cielo reflejaba su señal en botellas con agua, el truco para ahuyentar palomas. Maelo indicó una banca.

—Este el único parque de Pueblo Libre que todavía pertenece a una barra. A la de la “U”.

Dijo que el programa de renovación de parques no había llegado por aquí. Hasta pocos años atrás, el Arcoíris fue un semillero de barristas, fumones y borrachos del distrito. La nueva generación de chicos, quizá los hijos de esas criaturas fracasadas, habían heredado la costumbre de hacer del parque un bar público. Algunas noches pequeños clanes se drogaban, podía sorprenderse a parejas fornicando en el pasto o bajo la penumbra de un árbol. Abundaba el grafiti en las paredes. Maelo extrajo un cigarro y me acercó el paquete.

Hablé de su cuento, intentando sonar serio. Señalé los puntos fuertes y los que creía admisibles a mejoras, todo desde un ángulo empírico, desvalido de técnicas literarias. Él estuvo atento. Asentía con la cabeza, como expectante de pescar un dato aprovechable. Agradeció, sin notarse encantado por el nivel de mi comentario. Luego empezó a quejarse del contexto literario nacional; que no había gran mercado, que éramos un grano de arena en el mundo real.

Al rato, quizá por mi súbito silencio, Maelo señaló una casa al inicio del pasaje, en el lateral norte del parque. Hasta el momento no me había fijado en ella. Contaba con un extraño tabique triangular despuntando del segundo piso. El techo, blanco arenoso, se empinaba en diagonal, como la cabeza de una flecha. Maelo tenía la idea de practicar exploración urbana en la casa, entrar de noche a solas y experimentar esa práctica juvenil antes de viejo. La casa estaba en venta. Su forma era extraña desde el primer piso, con una puerta asimétrica, ancha a ras del suelo, como la inversión de un trapecio isósceles. Estaba enrejada, sin jardín, y en los tres metros de recibidor había una escalera de caracol, muy angosta hacia el sótano, protegida por una rejilla en forma de jaula de pájaro.

—Esa rejilla no tiene seguro —dijo Maelo—. Lo noto desde aquí. ¿No quisieras acompañarme a entrar una de estas noches?

Maelo estaba delante de mí. Su cabeza era pequeña, el cuello fácil de agarrar y torcer con una sola de mis manos.

—¿Cómo se te ocurrió la idea del cuento que escribiste? —dije.
—¿Qué?

Siguió mirando la casa, calculando los espacios, el cómo y por dónde meterse.

—¿Cómo se te ocurrió? —insistí.

Volteó. Estuve seguro que en sus ojos se precipitó un gesto de alerta. Yo me alerté también. Metí la mano en el bolsillo de mi casaca y acomodé los dedos dentro de la manopla que traía escondida. Él, lo adivinase o no, retrocedió un paso. Su espalda topó con el enrejado de la casa.

—La inventé —dijo—. Bueno, en verdad, le di vuelta a la historia de una película que vi.

Miente. Lo sabes. Sé fuerte y ejecuta el plan. No hay nadie alrededor.

Sin pensarlo, elevé mi mano, ya con la manopla encajada en los dedos. Maelo palideció, tieso como un muñeco porfiado a punto de ser vapuleado; parecía un niño arrugado, a punto de mearse o cagarse los pantalones.

—¿Cómo se te ocurrió la historia? Última oportunidad.
—Ya te dije, le di la vuelta a la historia de una película.

Estrellé la manopla en el enrejado. Maelo dio un sobresalto, cerró los ojos, sus labios gambeteaban buscando palabras. No tenía opción ni espacio de correr.

—¿Ella te contó una historia, cierto? —dije.
—¿De quién hablas?
—Lo sabes.
—¡No lo sé!

Cogí a Maelo del pescuezo y retraje mi brazo, alistando el golpe de lleno en su nariz.

—¡Fue una historia que me encargaron escribir! —dijo.

Miente. Miente.

—¿Un encargo de quién y para qué?

—De una chica con la que salía. Me pidió escribirle un cuento con esa historia para enviarlo a un concurso.

Miente. O quizá no mienta. Como sea, la única verdad es que no eres más que un personaje de ficción… un remedo de humano… una ficción al que no solo usan para sacarle la mierda… sé fuerte, golpéalo, ¡golpea, pedazo de mierda!

Lancé el puñete. Maelo recibió el puño metálico directo en la frente, que quedó partida, derramando un velo de sangre en toda su cara. Perdió el equilibrio, chocó de espaldas contra la reja, inerme, flácido como un fantoche de papel. Retrocedí dos pasos y, finalmente, lo vi caer. Luego di la vuelta y escapé, corriendo hacia la avenida, hacia un nuevo yo.

No hubo voz mental. Solo a medias la sensación de haber zanjado una necesidad, de ser otro. Corrí hasta treparme en el primer taxi que pasó y di mi dirección sin negociar el precio. Llegaría a casa, me daría un baño, e incluso pensé en destruir mi computadora y cerrar mis redes sociales o renovarlas desde cero. Todo debía morir allí. Todo yo, todo ella, el vicio de ser golpeado, la doble vida. No volver a ser el saco de carne que gozaba del sadismo.

Sin embargo, todo, sin posibilidad de evitarlo, se desplomó a peor. Se había derramado en mi camino una potencia imposible de suspender. Solo entraba a un breve lapso de pausa para respirar, sentirme alguien normal y, después, volver al foso, volver a caer.

 

*****

 

Al llegar a casa me di un baño y bloqueé a Maelo del Facebook. Eliminé mi cuenta secundaria, salí del grupo de BDSM, borré Parasite in city y extirpé de mi computadora toda la basura tecno digital ligada al sado. Por la noche cené con mi madre en una fonda barata de la avenida Arenales. Le sorprendió el detalle, el cual excusé como celebración por el dinero de tres conciertos la última semana. Todo mentira.

—En poco tiempo pienso dejar ese trabajo —dije—. Es muy matado. Tal vez ponga un negocio de venta de ropa y artículos de colección en Galerías Brasil. Un amigo está animado si lo financiamos entre dos.

Mamá me miró seria, vacía de entusiasmo.

—¿Te sientes bien? —pregunté.
—Sí. Solo es cansancio. Ya vámonos.

Tuvimos un retorno cansado. Las piernas de mi madre iban lentas, su joroba lucía amplia, como una masa nueva y deforme en su cuerpo. Pensé en una enfermedad. Y pensé en el cuento de Maelo. Si la vida se volvía una real puta y a mi madre la destrozaba algún tipo de un cáncer, yo mismo fulminaría a ese imbécil hasta matarlo.

Antes de dormir recibí un mensaje de la Rotagresiva.

—¡Qué has hecho, pedazo de imbécil! ¿Quién mierda te mandó a golpear a Edmund? Te jodiste, ya te jodiste.

Aunque me punzaba el deseo por hablarle, no respondí. La dejé en visto y en el acto cerré temporalmente mi cuenta de Facebook. Quería descansar, ventilar mi espíritu, dormir sin la menor huella de veneno en mi cuerpo.

Tuve un sueño desagradable. Me vi a mí mismo en la piel del personaje del cuento de Maelo, exactamente en el punto que había dejado de leer. Me vi desde un plano elevado. Una voz comandaba mis movimientos.

Excelente. Te deshiciste de tu madre cancerosa. Ya eres libre. Ahora invertirás los papeles, dejarás de ser el muñeco al que todo el mundo golpea. Tu poder será un nuevo poder. Ahora tú golpearás. Golpearás hombres, mujeres, niños, inválidos, vagos, enfermos. Unirás su sangre con la tuya. Te obedecerán. Los manipularás. Serán tuyos.

Luego la voz se tornó delicada y vieja. Ahora hablaba mi madre:

Ya eres mi orgullo, hijo. Por fin lo eres. Por fin pudiste deshacerte de mí. Deseabas hacerlo ¿verdad? Tener las agallas, cogerme del cuello y torcerme la cabeza hasta desprenderla y lanzarla a un nido de moscas. Puedes hacerlo, hijo. Hazlo en la vida real. Hazlo cuando despiertes. ¡Hazlo!

Sentí mis hombros samaqueados. Cuando abrí los ojos tenía a mi madre al frente, turbada, quejándose de haber oído voces distintas gritando en mi cuarto.

—Una se reía y la otra gritaba que no.

Traté de calmarla. La abracé, sentí su jadeo en mi pecho.

—Fue solo una pesadilla por algo que vi en Internet —dije.
—Yo no sé de esas cosas, hijo, pero he oído que te puede arruinar la mente.
—No pasa nada, madre. Todo está bien.

Me abrazó, besó mi frente y volvió a su habitación. Yo, en cambio, estuve insomne, con la mente atribulada hasta las cuatro de la madrugada. Dormí y no volví a soñar. La mañana siguiente salí hacia el estudio de música sin desayunar, falto de hambre. Rafo, el dueño, estaba sentado en su escritorio, atento a la pantalla de su computadora. A penas me vio alzó su mano para que me detuviera en el pasillo. Se acercó.

—Tenemos que hablar.
—¿De qué? —dije—. ¿Otra bandita de novatos te ha escrito para quejarse de mi servicio de sonidista?
—Bueno fuera, pero no.
—¿Entonces?
—No puedes seguir trabajando aquí. No preguntes por qué y míralo tú mismo.

Rafo viró los ojos hacia el monitor. Me acerqué dando largas zancadas, y entonces lo vi. Un titular de Xvideos:

“Sonidista de estudio Acústica me pide clavarle jeringas en la pichula.”

Accioné el video. Lo vi completo. Cinco minutos. No cerré los párpados, no tragué saliva, perdí la noción del peso de mi cuerpo. Ella y yo en nuestra sesión de sado. Mi cara, torcida de dolor y placer, transitaba el éxtasis. La cara de ella estaba pixeleada, borrosa, irreconocible. Lo había grabado, sin decírmelo, desde una cámara oculta en su bolso sobre la mesa. Alta fidelidad de imagen.
Rafo habló. Su voz me reintegró a la realidad.

—Me llegó un correo con ese link y nada más. No indican qué hacer ni con quién contactarse.

Abrí la aboca, agité mis labios buscando expresarme, sin éxito.

—Supongo que tú sabes quién es —siguió Rafo—. A mí no me interesa. Lo único que me interesa es quitar el nombre de mi estudio del video. Le ofreceré tu sueldo de ese mes o qué sé yo. Sea como sea, tú te vas hoy mismo.
—Rafo, yo…
—Lárgate, enfermo.

*****

La Rotagresiva borró todo rastro digital. Desapareció de Facebook en todas sus páginas, la de su banda, su colectivo literario. Desconocía su dirección y, lo peor, su nombre real. Al salir del estudio de Rafo caí en un trance de paranoia. Los ojos de la calle, clavados en mí, expelían asco y repudio. Carcajadas, burlas. Encolaban en mi frente la etiqueta de vicioso del sadomasoquismo limeño. Caminé hasta el parque Castilla, busqué asilo en la sombra de un seto, lejos de la gente. Mi vida pública se hundía en un pantano, cuyo fondo reservaba el presagio de ver a mi madre observando el video. Cogí un puñado de tierra y me la tragué. Luego lancé al árbol un puntapié. Maldije su dureza, su fácil presencia en el mundo. Elevé mi mano y, acompañado de un grito, le estampé con todo un puñetazo. Volví a gritar y hundí mis huesos en la corteza. Quería que el árbol sangrara, que palpase el dolor que yo, a pesar del golpe, era incapaz de sentir. Pujé y pujé sin poder abrir la corteza, desahogando mi mala ventura. Entonces, vi un fluido amarillento enlodar mis huesos. Salía del árbol, en grumos densos que, al resbalarse junto a mi sangre, concebían una mezcla rojiza. Oí la voz de mi cabeza, diciéndome nuevamente lo que tenía que hacer.

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