Cuentos Literatura

Confesión de un fraude literario – Parte 4 (final) – Aarón Alva

Compartimos la cuarta parte y final del cuento escrito por Aarón Alva.

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Previo al atardecer, el parque Arcoíris no mostraba variación en cuanto a la última vez. Poca gente, silencio en las canchas de fulbito, el polvo extendido a ras del pasto. Me senté al frente de una pareja de colegiales besándose. Traía conmigo una mochila en la que guardaba lo necesario para mi plan, aparte de un cuaderno en blanco y comida enlatada. Me había colocado una visera y lentes de sol. Desde mi posición reconocí la casa donde abatí a Maelo.

Al cado de dos horas los colegiales se fueron. Nadie volvió a tomar la banca y se hizo de noche. El sitio garantizaba un perfecto atraco, con muchas salidas de escape. A eso de las diez comí un enrollado y esperé otra hora despierto. Nada. Saqué una pequeña almohada, la apoyé en el barandal y dormí. A las siete de la mañana me vinieron ganas de cagar. Busqué una cafetería cercana y a cambio de comprar me prestaron el baño. Tomé jugo y café con tostadas. Luego volví al parque y tomé la misma banca, listo a repetir el día. No almorcé porque no sentí la necesidad de hacerlo. Más tarde aparecieron dos colegiales, hombres, en la banca del frente. Hablaban en voz baja, muy cerca, dando indicios de un amor homosexual todavía encubierto. Nunca se besaron, solo jugueteaban de manos, a veces bajo sus vientres. Al irse el parque quedó libre de gente. Por la noche comí atún con galletas y bebí agua sin gas.

Cerca de medianoche se apareció Maelo. Cruzó el lindero de la casa sin prestarle atención. Iba lento, mirando el camino en sus pies. Cuando me dio la espalda saqué de mi mochila un cuchillo y me encajé la misma manopla con que le había roto la cara.

—No te muevas —dije presionado el metal en su espalda.

Maelo movió el cuello despacio. Levantó las manos.

—Baja las manos —le ordené—. Ni se te ocurra gritar. Acá mismo te destripo y me importa un carajo si voy preso.
—¿Qué quieres?
—Primero, te haré un favor. Luego tú lo harás por mí. Y luego ya veremos.
—¿De qué hablas?
—Entraremos a la casa.

Quebré el candado en la rejilla sin esfuerzo, a golpe de martillo.

—Entra—dije—. Si intentas algo, mueres. Iremos al sótano.
Tomamos la escalera de caracol. Alumbré con linterna y allí abajo no había nada extraordinario. Trozos de madera, folios rotos, prendas mugrientas y residuos de cable y plástico. Mi voz producía eco.
—Nada del otro mundo —dije.
—¿¡Qué mierda quieres?!
—Cállate y obedece. Siéntate.

Señalé una esquina y Maelo obedeció. Quedó de espaldas a la pared, cogiéndose las rodillas pegadas al pecho. Apunté mi celular a su rostro e inicié la grabación de video.

—Di tu nombre, a qué te dedicas y dónde vives —ordené.

Lo dijo.

—¿Qué relación tenías con la Rotagresiva?
—Fuimos enamorados.
—¿Por qué terminaron?
—Yo decidí alejarme.
—Detalles.
—Al inicio la cosa iba bien, hasta que empezó a hablar del sadomasoquismo.
—¿Tú la golpeaste o ella te golpeó?
—Nadie golpeó a nadie. Pero dijo que tenía la necesidad de hacerlo.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque no quería hacerle daño. Yo la quería.
—¿Y quiso seguir contigo?
—Sí. Decía que yo era su cable a tierra. Ella sabía que estaba trastornada.
—O sea, para ti, la gente como nosotros está trastornada.
—Ella misma lo decía. Y quiso que la ayudara. Se había enamorado de mí. Aunque, eso no era amor.
—¿Entonces qué era?
—Depender de alguien para que te salve, para que te saque del hoyo, para que seas una especie de héroe.

Oprimí el mango del cuchillo.

—¿Por qué no la ayudaste?
—Lo hice. Me ofrecí a llevarla a terapias, psicólogos, qué sé yo. Buscamos ayuda, pero no funcionó. Un día dormimos y cuando desperté ella se había amarrado la muñeca al pomo de la cama. Estaba desnuda, de espaldas, llorando. Me pidió por favor golpearla. Si se desmayaba por el dolor, mejor. Yo no lo hice.
—No te creo, maldito imbécil. Nunca permitía que algún idiota la golpee. Solo ella se golpeaba a sí misma.
—Para ella yo no era algún idiota, ya te dije. Yo era su salvación, o eso decía. Dijo que la única forma de curarse sería recibiendo una golpiza de mi parte.
—¡¿Por qué?¡

Grité sin importarme el ruido.

—Porque así sentiría que yo era su dueño. Ella deseaba someterse a mí, porque sabía que yo no volvería a golpearla. Con una vez le bastaba para curarse.
—¡Qué disparate!
—Lo sé. Es lo que ella pensaba. Por eso me alejé. No cortamos la comunicación. Aún la quería y deseaba ayudarla. Fui dejando de verla, nos comunicábamos por chat o llamadas.
—¿Y tus putos cuentos? Ella dijo que hasta habías ganado concursos usando su vida para tus historias basura.
—No eran solo sus historias. Eran las nuestras.

Pausé la grabación, me acerqué a Maelo y le revolví el estómago de un puñetazo. Esperé a que dejara de toser. Reanudé el video.

—¿Cómo supiste de mí? —pregunté.
—Ni ahora mismo sé quién eres realmente.

¿Quién carajo era yo en este juego de enfermos? ¿Qué era yo? Aún contra mi voluntad, hablé:

—Soy el personaje de tu último cuento.

Maelo no evitó reírse. Volví a golpearlo, esta vez con un puntazo en la canilla. Luego confesó:

—Ella me contó tu historia. Dijo que había encontrado a un tipo, a ti, con quien conectaba a la perfección. Disfrutaba golpearte porque significaba su venganza por haberle malogrado el sonido en uno de sus conciertos. Pero en el fondo te odiaba. Te veía como el continuismo de su perversión.

—¡No es cierto! Ella quería vengarse de ti por… por…
—Quería volver conmigo, que expiaras mi vida. Saber si yo estaba saliendo con otra, stalkearme. Se vengó de ti por haberme golpeado.
—¿Y cómo carajo sabes eso?
—Me lo dijo. Y me envió el video. Tu video, en el que te clava alfileres en las tetillas y el pene. Dijo que lo publicaría. Yo le dije que no lo hiciera.
—¿Por qué?
—Porque se haría más daño a sí misma. ¿Para qué continuar con eso?

Detuve la grabación.

—¿Por qué escribiste esa historia?
—Porque soy escritor.

De pronto, todo se reveló. Entendí mi rol en el juego, en el mundo. Yo era un muñeco de carne, un personaje, el maniquí sobre el que arropan una historia y la venden. Y entendí que aquel tipo en el suelo me comprendía mejor que yo. Matar a mi madre, tener la cualidad de predecir el futuro dañando mi cuerpo… soy, debía ser un personaje escrito por otro. Nunca por mí mismo.

Eres un desperdicio. Siempre dejarás que el mundo te pisotee, que sientan placer y orgasmos a costa de tu sangre y dolor. ¿Quieres ser un personaje? Lo serás. Serás un héroe, niño. Yo te salvaré. Haz lo que te ordeno. Abre tu mochila, saca el cuaderno y dáselo. Pon el cuchillo en su cuello y oblígalo a escribir lo que yo te dictaré.

—¿Y después de me dejarás ir? — dijo Maelo.

Dile que sí, solo díselo. Luego comprobaremos si es verdad que tu sangre tiene el poder de ver el mañana. Tu sangre y su sangre.

—O sea, vas a golpearme otra vez.

Sí, porque él es culpable de todo. Él escribió el cuento, a él le pegaste, por él se vengaron de ti. Si no lo hubieses conocido nada habría pasado. Sin embargo, le debes un favor. Él reafirmó tu papel en el mundo, hizo real el deseo de matar a tu madre. Tu odio. No lo mataremos. Él publicará el texto, sabrán de ti, de nosotros. Y vendrán a golpearte, a darte placer. Ordénale escribir, nosotros dictaremos:

“Debo empezar con un punto a mi favor: puedo probar con elementos de infalible modernismo, la falsedad que representa el nombre de Edmund Maelo y lo referido a su premiación con el trofeo de Oro. Por supuesto, me refiero al concurso al cual envío esta declaratoria, y del que sus jurados —lo considero así— están en obligación de abrir un folio tan grande como la mentira que el tal Maelo representa en la literatura de este país.
No me malinterpreten. No pretendo escamotear el menor detalle de mi vida pública ni privada. El testimonio que aquí presento es dependiente y análogo a mi propia intimidad. Tengo treinta años, desempleado, vivo con mi madre. Es lo necesario para el arranque…”

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