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Reseña: “TÁR”. Cate Blanchett y nada más

Imagina ver al inicio de una película la larguísima secuencia de créditos por alrededor de ocho minutos. Fundido negro, sin más imagen que los textos en blanco y una música tribal de fondo sostenida por una voz entonando tres notas prolongadas como un mantra. Si esa es la declaración de intenciones del director Todd Field para el resto del filme, entonces no engañó a nadie.

Field, a su vez escritor del largometraje, nos presenta a Lydia Tar (Cate Blanchett), una maestra de música clásica, tan genial e intelectual como arrogante, a quien llega la solemne misión de dirigir una sinfonía de Mahler, la cual quedará registrada en grabación para una prestigiosa disquera. Lydia es una absoluta celebridad. Ha ganado todo el acervo de premios que cualquier aspirante a director de orquesta soñaría (llámese Grammys, Oscars, etc) y es considerada una de las mujeres más influyentes en el cultivo artístico. Vive en Berlín junto a su esposa Sharon (Nina Hoss) -quien también es violinista en su orquesta- y su pequeña hija adoptiva de ocho años. Trabaja con su leal asistente Francesca (Noémie Merlant) y enseña dirección musical en la prestigiosa Juilliard School.

Lydia es vista como una mujer empoderada en una industria tradicionalmente dominada por hombres. Es por ello que despierta tanta admiración en aficionados y jóvenes músicos aspirantes. Muy paulatinamente, la película nos entrega pinceladas de la personalidad narcisista de Lydia, quien ostenta un buen patrimonio, maneja autos deportivos de lujo y viaja en jets privados adquiridos gracias a su innegable talento al dirigir con carácter y perfeccionismo obsesivo una orquesta con decenas de músicos. Hasta que un fantasma del pasado amenaza con pulverizar su impecable reputación.

Pese a que el filme es firmado por Todd, Cate Blanchett ES la película. Todo gira alrededor de ella y su favoritismo para llevarse el Oscar este domingo 12 está más que justificado. A sus 53 años, la australiana domina la escena con la misma maestría con que dirige la orquesta y es gracias a ella que la película, aún en sus puntos más flojos, no flaquea tanto, pues su interpretación sobrepasa la impericia de su director. Su personaje Lydia Tar sufre de todas las manías y obsesiones que puede padecer una artista genio; sin embargo, Blanchett representa el papel de una forma tan convincente que parece desaparecer tras el personaje.

A favor del filme, puede decirse que conecta con aquellos interesados en la teoría musical como ciencia y disciplina, más no con un público general. Recordemos que el cine de autor no siempre ofrece entretenimiento, sino también historias que buscan desafiar al espectador por medio de narrativas no convencionales. No obstante, muchas de estas películas ofrecen un gran despliegue visual e imaginería metafísica, como algunas firmadas por David Lynch. Pero este no es el caso de Todd Field.

Noté una dirección muy plana, sin demasiada inventiva visual, más allá de algunos momentos oníricos alusivos a la psique de Lydia. Abusa de un metraje excesivo, con tiempos muertos, de diálogos verborreicos sobre música clásica -la primera secuencia es una larga entrevista donde ella habla sobre la técnica de la dirección orquestal- y poco interés en desarrollar un conflicto dramático que cautive a la audiencia, y lo más frustrante, recae en la posibilidad perdida del personaje para realizar un filme redondo.

Temas tan peliagudos como el abuso de poder, el acoso sexual, la “cultura de cancelación”, la locura y el machismo dentro de la industria, son abordados con mucha superficialidad; empero, de haber sido desarrollados con mayor profundidad, habríamos tenido un filme mejor logrado, exento de la única intención de complacer a los críticos. Ni siquiera funciona como un vehículo para recordarle a la audiencia sobre la belleza atemporal de la música clásica. Todd se enamora tanto de su propio intelectualismo que absorbe el narcisismo de su propia criatura.

Sin embargo, hay secuencias fascinantes -sin spoilers- como aquella en la que humilla a un alumno por no agradar de Bach, debido a que él era un “blanco misógino”. Es una escena importante, ya que dibuja al personaje de cuerpo entero. Queda para la anécdota la referencia al Perú a través del canto “íkaro” de una pobladora de la tribu shipibo-konibo, estudiado por la conductora como parte de una investigación musical en su estancia de 5 años en Ucayali, según su biografía ficticia.

A ratos fascinante, a ratos aburrida, a ratos pretenciosa, a ratos interesante, “Tar” es un “quiero y no puedo” que, pese a abusar de la paciencia del espectador, nos deja la positiva sensación de lo poderosa que es la Blanchett como interprete, al punto de apropiarse de la película de su propio director. En conclusión: Blanchett > Field.

Puntuación: 3 de 5.

 

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