Por: Bruno Cueva
La incontrolable proliferación de ejes temáticos en la ciencia ficción reparte por el globo nuevas reglas para realidades alternativas. Con una diferenciación cada vez mayor del clásico cyberpunk o las sociedades regidas por una mano dictatorial, la comunidad de la literatura de género ha ingeniado las bases del solarpunk, el retrofuturismo o la resistida utopía (contraria a la idea de que el conflicto por sí mismo debe prevalecer en el sistema).
Ayllupunk (Speedwagon, 2025), libro compilado por Dai Castillo, asimila la reivindicación de la riqueza ancestral. Acostumbrados a mirar las progresiones del futuro con lamento y desgano, este libro inyecta al lector la fascinación por redescubrir un pasado latinoamericano ligado al desarrollo tecnológico, siempre hermanado con la naturaleza como el agente-motor. Aunque el ‘monopolio’ de las distopías llene de imágenes abrumadoras a la sociedad que consume historias de apocalipsis, el ecofurismo inmerso en el sentido completo de Ayllupunk —entiéndase a Ayllu como la organización rural de redes familiares en la etapa pre y poscolonizadora en el Perú— dicta una verdadera antítesis de lo producido en la materia desde la impresión de las revistas pulp.
En la primera etapa de la pandemia, entre los años 2019 y 2020, el recurso del negativismo estuvo presente en la ciencia ficción de este rincón del continente. Se ideaban distintas formas en que la humanidad sucumbía ante un patógeno: el coronavirus. Sin embargo, pocas editoriales se animaron a darle un giro de tuerca con cuentos o novelas que nos ayuden a colocarnos una válvula de oxígeno para no caer sofocados frente a la muerte inminente.
Una de las primeras aproximaciones que leí acerca de una ciencia ficción contada desde un pasado remoto para los lectores contemporáneos fue Persistencia, un cuento magistral del escritor peruanoalemán José B. Adolph, cuya novela Mañana las ratas ya es considerada canon del mainstream nacional. En aquel cuento, un hombre navegante se rinde cuando acepta la inmensidad del mar como un nuevo hogar del ser humano que busca, precisamente, independizarse de la barbarie europea. Al final, el protagonista dice estas palabras, cita concreta en que nos revela de quién se trata: «La nave cruje y se mece, la inmensidad es cada vez más aplastante, pese a esos signos que desde hace un par de días, nos aseguran que no hay error, que mis cálculos son correctos. Debo anotar, pues, que ojalá se cumplan los pronósticos favorables antes de que el temor termine totalmente con la confianza. Rogaré al Señor para que tal cosa no ocurra. Danos, pues, Señor, la gracia de poder cumplir nuestra misión antes de que finalice este octubre de mil cuatrocientos noventa y dos». Y ese es el momento exacto en que Cristóbal Colón llegó a América. Nótese cómo se considera ciencia ficción a las ansias antiguas de conquistar nuevos conocimientos.
Otra muestra reposa en el cuento El año del planeta rojo, de Iván Loyola, publicado en el 2019 en la antología Noticias del futuro, selección propuesta por el catedrático Elton Honores. En ese relato, el protagonista ingresa a la llamada Huaca Vieja para profanar tumbas y saquear oro. Pero los lugareños habían advertido que, de hacerlo, «se conjuraría la catástrofe última, la destrucción total del mundo». En efecto, la profecía se cumple, el saqueador ve aproximarse a unas embarcaciones en el año 1527, la expedición al Perú de Francisco Pizarro.
Uno de los cuentos que más me sorprendió de la antología Ayllupunk fue Germinación de la energía, que desde el análisis superficial del título nos remite a la fuerza de la naturaleza al servicio del hombre. Katay, el protagonista, descubre una semilla mágica anticipada por visiones de Ayahuasca. Él, como curandero, conecta sus manos a la raíz de las semillas para conectarse con el universo. El cuidado del lenguaje no está exento. La ciencia ficción es un lienzo indispensable para plasmar cualquier clase de argumentos. Esta sutil frase ya adelanta lo que podremos sentir al leer las demás líneas: «Gracias a la raíz, que es compatible con sus gruesos cabellos lacios, ahora su oído agudo puede interpretar el rugido felino. Incluso puede escuchar desde una lejana distancia la burbuja de un pez en el agua al asomar la cabeza».
Un segundo cuento que ha sido guardado en mi inconsciente es La visita de Vilcanota. Allí el inca piensa en invadir al Reino de los Colla para anexarlo al imperio. La realidad parece fragmentarse en dos y se le presenta un ser con traje de buceo y el inca cree que es un Supay. el dios de la muerte. El ser, quien se presenta como Hanan, le advierte al inca de que el imperio caerá tarde o temprano porque extranjeros lo invadirán. Así, se repite en su interior que el Cuzco no es el verdadero ombligo del mundo. Cuando se enfrentaron a los invasores españoles, los incas ya montaban a caballo y habían construido navíos de ultramar. Entonces consiguen defenderse. Y eso no es todo: pasados los años, los incas reciben desde el satélite Europa fórmulas matemáticas para construir naves espaciales y reunirse con quienes serían los peruanos del futuro distante.
Quién sabe si este conjunto de relatos disparará una ráfaga de publicaciones en las que lo esperanzador se interponga entre marañas condenatorias. Solo el tiempo lo dirá.
