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Reseñas

Reseña: «Cuerpos ajenos» libro debut del escritor Yasser Zola

Por Bruno Cueva

Hagamos el ejercicio rápido de recrear en la psique la imagen de un volcán. ¿De dónde proviene el temor que sentimos ante estos respiraderos de la corteza terrestre? Ensayemos la respuesta: es un gigante en siesta indefinida que al despertar provocará una sucesión de tragedias. Y de tan solo presagiar el fin de su largo descanso damos automáticamente unos pasos atrás. En Cuerpos ajenos (Dendro, 2025), libro debut del escritor Yasser Zola, las erupciones de los personajes resultan inminentes. Como una nueva ira del Vesubio, aquellos artilugios literarios amenazan con cubrir de cenizas a las masas de Pompeya: la sociedad que se opone a sus voluntades.

Catalogadas por el mismo autor como guadañazos de horror queer, las historias de esta colección desnudan las pieles superficiales del homo sociabilis solo con el afán de describir hasta qué grado el revanchismo toma posesión de las personas vulnerables. Ahora, los invito a sumergirnos dentro de unas cuantas capas del libro:

Desde el primer relato, titulado Celda, Zola pone de manifiesto que la liberación de la identidad unitaria se opaca en familias conservadoras. Esta crítica hacia los prejuicios de quienes nos acompañan en nuestro crecimiento busca dinamitar, en especial, a la figura paterna, expuesta bajo el sol como portadora de autoridad exacerbada.  Y este será el gran leitmotiv: la masculinidad distorsionada por sesgos que en conjunto se volverán el gran escollo a tumbar.

En Celda, el hijo trabaja manipulando a las abejas para ayudar a su padre apicultor. El autor chiclayano subraya el paralelismo entre las abejas africanizadas y las «normales». «No las puedes diferenciar por su aspecto. Tienes que poner atención en su comportamiento» (pág. 13). Líneas atrás, coloca: «Mi jefe me dijo una vez que mejor ya no hablara con mis clientes. Les molestaba el sonido de mi voz. (…) Antes de que se fuera mi hermano, papá le dijo a mamá que estarían bien sin mí». En cuanto a la fotografía completa del padre, las pistas que se lanzan son escasas. «Este trabajo no es para maricones», dice él. Y luego viene la interpelación al hijo: «¿Vas a pasar tres años dibujando en una computadora? Ganarías más como mecánico» (pág. 12). El desarrollo de la trama también marca una línea de lo que vendrá en los siguientes relatos: la sed de venganza contra el agresor, traducida en patear el tablero de lo preestablecido, o las leyes escritas porque sí. Llegamos a detectar el rechazo extremo a los tabúes del conservadurismo.

Al igual que en Celda, el relato Marca —en mi opinión la estrella cenital del libro— insiste en castigar los comentarios inoportunos del padre. Al personaje principal, llamado hombre tímido, le gusta tatuarse el cuerpo. «Tápate esas huevadas cuando estés en mi casa» (pág. 29), le inquiría su progenitor. Sin embargo, esta vez la ira no se verterá encima de la figura paterna, sino en un acosador del pasado. Entonces, por circunstancias que ustedes mismos deberían leer, cobrará vida la serpiente de tinta que reposa en el torso del hombre tímido para ponerle fin a los abusos. En otras reseñas de colegas, han encasillado a este clip en los lindes de lo fantástico. Pero nosotros le damos un valor todavía mayor: estamos ante una metáfora redonda. Basta con analizar la madurez de esta sentencia para comprobarlo: «Los animales más vulnerables son los más venenosos» (pág. 31). La tinta animada con forma de serpiente proviene del dolor de las entrañas, un malestar expulsado desde una persona a la que se le hace complicado comunicarse con el lenguaje oral.

Zola explora el mundo esotérico con el cuento La mano. Y esta oscura historia respeta la tradición del libro: la emancipación del influjo paternal. Perturbado en sus odiseas catárticas, el protagonista de La mano desea saber por qué su padre no encuentra el descanso eterno: por algún motivo, permanece anclado al plano físico; muchos, inclusive, juran haberlo visto deambulando cerca de casa. La familia decide, después de ciertos reparos, recurrir al contacto metafísico. Cuando el hijo se ve obligado a recordar a su padre para abrir el canal de comunicación con el más allá, Zola dosifica la entrega de datos escondidos y ya podemos sospechar cómo se cerrarán los círculos: «(…) me exigía que los movimientos de manos fueran más de hombre. Luego, padre me preguntaba si había tocado a otro hombre. Padre se preocupaba por el tamaño de mi pene (…). Padre me remedaba con gestos femeninos. Padre quería saber si ya me masturbaba».

En el cuento Los otros, una comunidad de mujeres humildes entiende que la solución para castigar a violadores sexuales (o a cómplices por su inacción) es juntar pedazos de cuerpos exhumados —a modo de monstruo de Frankenstein— y convocar así a Santa Rita, la patrona de las abusadas. Santa Rita reptará entre rincones sin luz para vengarse o darles lecciones a los culpables. Al final del relato, uno de los personajes confiesa en sueños que su padre cometió una bajeza en el pasado.

A Yasser Zola, en conclusión, le interesa subirle el volumen a las voces sofocadas por la introversión. Su estilo de prosa corta y depurada —dotes que se creían exclusivos de periodistas como Ernest Hemingway o el mexicano Juan Villoro— brilla junto con su tono poético basado en imágenes que se descifran pronto.

Las denuncias sociales mediante la literatura siempre estuvieron presentes. Como zanja el autor, nunca sabremos cuándo los animales vulnerables inyectarán su veneno.

Por otro lado, consideramos que se debió ajustar la selección de cuentos porque, en ciertos casos, dos o tres piezas narrativas parecían un reflejo casi exacto de las anteriores. Es decir, la reiteración de los desarrollos causaba un efecto: adivinábamos demasiado rápido hacia dónde conducía el hilo argumental. Le restaba sorpresa.

Al igual que sucede con los volcanes, las lavas en reposo multiplican su carácter letal con el pasar de las generaciones. Quizás Yasser Zola ya esté planeando nuevas venganzas en códigos de ficción. Quedamos atentos. Cuiden sus espaldas.

 

 

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