La niña
I
La niña fue a buscar a Ramón. Entró en el bar del pueblo y lo encontró jugando ajedrez en una mesa lejana, junto al candil. Le acarició los cabellos, se lo llevó a casa. Cuando pasaron por la avenida de las flores se encontraron a los cerdos pastando donde crecen los geranios, Ramón se puso a comer con ellos. La niña lo dejó, se fue a jugar la tarde. Ramón prefería las flores de astromelio al ajedrez, el sabor de sus pétalos; se emborrachaba con ellas como si estuviera en un bar —en un bar de verdad.
La avenida Lexington es la avenida de las flores, la calle donde vive la niña no tiene nombre. Después está el mar. Cuando llegan los pescadores beben aguardiente, sus risas inundan el muelle, las carcajadas son cuchillos blancos que apuñalan el corazón de los hombres. La calle no tiene nombre, pero Ramón ha pensado en eso, será tu regalo de cumpleaños: un nombre para ti y otro para la calle. La niña no sabe cómo llamarse. “niña”, le dice Ramón. Se lo escribe en la mano para que se acuerde.
II
En el jardín del fondo hay una casa de madera, cerca del granero. El jardín no es un jardín sino casi un bosque, la niña juega entre los matorrales y las hierbas venenosas, bebe agua turbia del manantial, pero nunca entra a la otra casa. Ramón y Teresa vivían antes ahí, con la otra niña —tuvieron que salir huyendo y clausuraron puertas y ventanas. La niña nunca ha visto a la otra niña, pero a veces sueña que es como la Hidra de Lerna y despierta embriagada de amor y de contento.
Al otro día no quiere ir al colegio. Teresa la espera tocando la guitarra con la camioneta encendida.
- Está descompuesta.
- ¿La niña o la guitarra?
- Las dos…
- Déjemelas, las revisaré en la tarde.
En su habitación de jardinero Ramón ha instalado una pequeña carpintería metálica. Esta es la segunda vez que la niña se descompone y ya está familiarizándose con los mecanismos, los materiales, las partes nobles, las volátiles, las contaminantes…
III
La niña repetía sonidos de viento
Y de raíces
enamorada de ella sola
quizás sus locas melodías amaban la lluvia
o su voz irritaba al mar cuando amanece.
No se ha ido
solitaria y vagabunda
empequeñece su sombra
cuando su corazón se aleja
y dice lo que su boca calla
Aquellas manos imprecisas
tejían abismos donde adentrarse
con premura, con oscuridad
en la desolación de su travesía:
eres como el mar
Un mar pequeño y solo
Una pequeña isla que se hunde
Franco Salcedo
(Fulgor Sedano). Chincha, Siglo XX. Egresado de la PUCP en la especialidad de Lingüística y Literatura. Ha publicado: Como Dulce Trueno (palimpsestos); El Solitario -crónicas de viaje; Homo Demens (novela) El Enemigo (novela), El Retorno (relatos) y Breve historia de la física (novela). Es poeta, narrador, docente de física y matemáticas; enamorado del mar y apasionado de los atardeceres y el ajedrez.
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