Por: Bruno Cueva
A estas alturas, ya nadie tendría los argumentos suficientes para refutar la versatilidad de Jorge Casilla Lozano como un potente hacedor de historias con tonalidades disímiles entre sí (body horror, ciencia ficción, neonoir, situaciones fantásticas). Asfixiado por una tradición estática que superdestaca el realismo crudo por encima de cualquier credo, Casilla es una de las voces nacionales que demuestra su rebelión ante esa tiranía, la de saberse un demiurgo único que explica la decadencia del Perú. Y esto se confirma en una entrevista a Correo Arequipa (11/01/26): “Mi producción oscila entre diferentes géneros y me siento muy cómodo porque me permite publicar de manera constante”. Colmena Editores lanzó, en la 29.ª Feria Internacional del Libro de Lima, el cuentario llamado El viajero onírico. El libro reúne ocho piezas de ficción. A continuación, les daré mis impresiones de este título.
El libro El viajero Onírico, publicado en mayo del 2025, abre sus puertas a los lectores con una ficción que va a caballo entre la leyenda oral y el ensayo: De lo que le sucedió a Quijote en el bosque de Roque Guinart. Precisamente, con este homenaje al popular personaje de Miguel de Cervantes Saavedra, Jorge Casilla formó parte de los finalistas de la XIX bienal de cuento Premio Copé 2016 (pág. 227). El Manco de Lepanto se encuentra furioso porque se entera de la existencia de El Quijote apócrifo, firmado por Alonso Fernández de Avellaneda. De inmediato, Cervantes se reúne con “los creadores del Quijote” para proponer teorías sobre quién pudo haber adoptado ese “seudónimo” en perjuicio de la novela salida a la luz desde 1605. Casilla integra aquí el fuerte rumor de que Cervantes requirió de unos cuantos socios en afán de culminar la obra perfecta. A fin de darle mayor credibilidad, el escritor peruano agrega pies de página a ciertos pasajes. Aquellos detalles técnicos al pie —fechas, nombres, acotaciones o fuentes primarias— funcionan como paraderos que acentúan la sensación de empatía con un Cervantes plagiado por un hombre sin escrúpulos. Luego caeremos en cuenta de que dos Quijotes podrían coexistir en el universo de las humanidades. Pero adelantarles la conclusión de la historia carecería de moralidad.
La salmodia borgeana de Yo soy los otros se reitera en Anónimo, el tercer título. Casilla Lozano difunde una teoría (¿de la conspiración?): ¿Y si los libros sin firma, es decir, los de autor desconocido, en verdad sí tienen autor y su seudónimo es “Anónimo”? Sin embargo, él va unos pasos más allá: ¿Y si “Anónimo” fuera la firma compartida por un clan? Subimos al nivel de lo fantástico. ¿Existirá alguien tan prolífico? Se trata de una extraña visita entre amigos. Bajo la coartada de que no tenía quién le ayude a ordenar su estantería, Filippo Cavalieri invita a su amigo al departamento al que se acaba de mudar. Más adelante, el visitante resbala a una espiral que lo va licuando en la locura. Mientras conversan sobre literatura, Cavalieri le ilustra (pág. 48): “En el cuento Tlon, Uqbar, Orbis Tertius se menciona un planeta en el que las personas no entienden la autoría como nosotros, sino que creen en un autor único (…). Si esto fuera cierto, tal vez ya impactó en nosotros, tal vez todas las obras anónimas son productos de una sociedad secreta”. Las obsesiones acerca de las personalidades fragmentadas también se tocan en El vagabundo, el segundo relato, dedicado, además, al maestro José Güich Rodríguez. Un cazatalentos de San Francisco convoca a imitadores de Charlot (quien usaba los bigotes más icónicos del cine mudo), el querido personaje del actor y cineasta británico Charles Chaplin. ¿Puede alguien usurpar la identidad de un personaje proyectado en la pantalla grande?
Para finalizar, comentaré Soneto XXIII de Garcilaso, el quinto cuento de esta colección. Aquí Casilla confiesa su ansiedad por la investigación profunda. Para él, los embrollos cotidianos no se deben analizar jamás desde la perspectiva filosófica —la cual adora redundar en la belleza de la pregunta, tal vez un tanto pasiva—, sino desde una mirada que llame a la acción ipso facto. Todo el caos explosiona con una duda de un estudiante en una clase de Literatura Española. El profesor, un alterego de Casilla, recita la poesía que le da nombre al cuento en cuyo cuarto verso se lee: “clara luz la tempestad serena”. Entonces interviene Roger K., destacado por el profesor como “una rara flor entre tanta espina” (pág. 77), y pronuncia la separata de la clase. En esa edición (Crítica, 1995), el cuarto verso no coincide con el leído: “enciende el corazón y lo refrena”. A partir de allí, se libera una lucha implícita entre la efigie del aprendiz y el educador. Casilla manifiesta así las luchas implacables por torcerle el brazo al egocentrismo. Bajar a los peldaños del estudiante, de acuerdo a la trascendencia del debate, inspiraría el desarrollo de la intelectualidad. Aunque absorber críticas de los alumnos sea un tabú en el Perú, el autor de El viajero onírico se despoja de cualquier investidura o privilegio y destruye el paradigma a través de la línea argumental. Una suerte de exorcismo que le permite liberar sus temores por intermedio de la literatura. Y sí, el conocimiento previo está permanentemente expuesto a ser refutado, puesto que los procesos humanos evolucionan.
Me limito a comentar solo estos cuentos para no arruinarles la experiencia. Recomiendo El viajero onírico, un libro con calidad equilibrada, que, a pesar de la densidad de sus tropos, está apto para ser consumido por cualquier clase de lector.
