El universo narrativo de Cronwell Jara por Helard Fuentes Pastor
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El universo narrativo de Cronwell Jara: nudos y desenlaces en esa aventura llamada “escribir”

Por: Hélard Fuentes Pastor

 

No fue una mañana cualquiera. A decir verdad, fue una de esas típicas mañanas que suelen conservar el eco vibrante de las celebraciones por fiestas patrias en la ciudad de Lima, donde hace más de doscientos años se proclamó la Independencia. En medio de esa atmósfera, todavía festiva, con sus calles decoradas, bien patrióticas, blanquirrojas, nos encontramos con el escritor Cronwell Jara Jiménez para hablar esencialmente de su vida, de su quehacer literario y desmenuzar cada uno de sus recuerdos mientras toma un café ―y en mi caso una infusión―, en un pequeño establecimiento del jirón Ica.

Allí, entre tazas humeantes, comenzó una charla que, desde la primera pregunta, fue desvelando pensamientos, reflexiones y anécdotas de un escritor inmerso en las memorias de su tiempo. Pensar en ello, a menudo, nos remite al nacimiento: nos recuerda que abrió los ojos un 26 de julio de 1949, a las 5:30 de la mañana, cuando su padre rondaba los treinta y tres años y su madre, Carmen, los veintitrés. En aquel domicilio, situado en la calle Ayacucho No. 1085 de Piura, lo llamaron: Cronwell Jorge.

―Yo quisiera conversar de tus inicios, ¿cómo aparece la escritura en Cronwell Jara ―o mejor dicho―, Cronwell en la escritura? ―pregunté.

A los ocho años, se dio cuenta de que podía escribir mejores cuentos  que aquellos que su padre compraba para él. Tenía la sensación de que sus relatos podrían superar la calidad de los clásicos que leía, como Caperucita Roja, Blanca Nieves y los siete enanitos, La bella durmiente o Los tres cerditos, entre otros.

―Desde ese momento, comencé a leer más y a escribir ―sostuvo con mucha nostalgia―. ¡Ocho años! A veces, hasta se me cae una lágrima. ¡Esa edad tenía! Tan pequeñito, tan inocente, y yo ya sabía cómo era un cuento.

―¿Recuerdas cómo fue esa primera vez?

—Los cuentos que leí me dieron el mayor estímulo para escribir y me llevaron a preguntarme por qué me gustaban tanto. ¡Por las aventuras! —respondió a sí mismo—. Yo mismo me hacía esa pregunta. Ahora me sorprende que, a esa edad, ya me daba cuenta de que podía escribir un cuento mejor. Eso quiere decir que tenía la intuición de cómo crear un cuento.

—¿Leías mucho? ¿Tú eras un buen lector?

—De cuentos para niños, de historias que me gustaban y de fábulas. ¿Y por qué me gustan? Por las aventuras. Entonces, un cuento es una suma de aventuras. Esa ha sido mi fórmula hasta ahora.

Así define Cronwell a los cuentos: un concepto auténtico que explora múltiples posibilidades en un tiempo cambiante, como el que le tocó vivir. En su hogar, no tuvo un referente directo en la escritura; nadie leía ni escribía. Él, por cuenta propia, siempre se encontraba en un rincón de la casa, ya fuera leyendo, escribiendo o pintando sus acuarelas, creando sus cuadros, pues también fue artista, aunque solo desarrolló este talento hasta los 28 años.

—¿Alguien te animó o te orientó en tus aficiones?

—Mi mamá me decía “qué bonito”. Me agarraba la cabeza y me acariciaba. O mi abuela [Ruperta Calle Carnero]. Mi padre no decía nada, solo que me iba a apoyar: “no te preocupes”, “¿qué quieres ser cuando seas grande?”, me preguntaba a mis trece años. ¡Quiero ser escritor!, le dije. Él se rió, se alegró.

Cronwell todavía recuerda a su padre. Era un hombre blanco, alto, de ojos verdes, nieto de alemanes. Su papá, de origen alemán, provenía de una familia de ojos azules, rememora. Y precisamente, el autor tiene cuentos que tratan sobre los ojos. Uno de ellos se titula: La luna y el arcoíris, y abordan justamente ese tema. Su abuela, en cambio, era de la sierra de Piura, y por eso su niñez transcurrió en ese departamento hasta aproximadamente los seis años. Sin embargo, siempre ha regresado: “Piura siguió en la familia, en el hogar, con sus costumbres, sus historias”. Él creció en ese ambiente tradicionalista desde que nació, hasta la muerte de sus padres y de su abuela. Doña Ruperta, la mujer en quien encontraba el arraigo piurano, falleció a los 84 años en el Hospital Cayetano Heredia, ubicado en la localidad de Castilla, Piura, el 28 de enero de 1987.

—La gente cree que Piura está allá, pero en realidad, Piura puede estar aquí, con mi mamá o con mi abuela. Piura nunca se alejó de mí. Creen que porque estoy en Lima, soy menos piurano, pero no es así.

Cronwell Isaías Jara, su padre, era militar y trabajaba en Sanidad. Su puesto llevó a la familia a trasladarse a Lima a finales de los años 50, donde trabajó en la Fundación del Hospital Militar de la capital. Una vez establecidos, el pequeño Cronwell cursó la primaria en el Colegio 4523 y la terminó en Ricardo Bentín, donde también estudió la secundaria antes de ingresar a la Universidad Mayor de San Marcos.

—¿Recuerdas algún profesor de esa época?

—A Víctor Mandujano Bullón, en la parte final de la primaria, y a Rosa Fernández Paredes, mis dos únicos profesores de primaria.

De ese periodo, Cronwell recuerda que lo felicitaban. Rosa Fernández le preguntaba: “¿Qué estás haciendo?”. Él estaba dibujando chivos, chanchos, caballos. “¡Qué bonito!”, le decía, animándolo a escribir un cuento sobre sus paseos o viajes. Naturalmente, dibujaba el paisaje que observaba en Piura. En cuarto o quinto grado, Víctor Mandujano M. les dijo: “Hagan un cuento”. Era un profesor singular, de la vieja guardia, que paraba dando coscorrones a todos. De pronto, Cronwell escribió un texto sobre la vida de Túpac Amaru, y lo representó junto a su compañero de carpeta. “¿Eso has escrito?”, le preguntó, asombrado. Entonces, dejó de pegarle cocachos y le recomendó lo siguiente: “Tienes que ir a investigar en la Biblioteca Nacional”. Desde ese momento, comenzó a visitar el establecimiento para indagar sobre los esclavos, lo que sirvió para que en un futuro inspirara su novela Enkríkamo.

—En Bentín hubo un concurso importante de cuentos y gané el primer premio —comentó con entusiasmo—. Fue entonces cuando me di cuenta de que debía continuar con la literatura.

En ese momento, Cronwell hace una pausa para contar que una vez, en el colegio, realizaron una protesta contra las autoridades educativas. Durante más de 20 o 30 años, les habían prometido una piscina que nunca se construyó, presuntamente porque la directiva se robaba el dinero. Entonces, un grupo de estudiantes apristas se rebeló, y entre todos los escolares tomaron las instalaciones. Fue como la toma de Troya: piedras, palos, las carpetas en el patio, los rochabuses intentando entrar, las trancas, los gases lacrimógenos… ¡Era un infierno! —como él mismo describe—, recordando que casi una de esas bombas le cae en la cabeza. En ese instante se asustó y decidió irse a su casa. Ya era el final de toda esa trifulca, y la policía entró para poner orden. Hubo un enfrentamiento: el colegio tenía cerca de dos mil alumnos enfrentados a unos quince policías. Los alumnos llegaron a quitarles cascos y balas, incluso salieron con bayonetas a hincarse entre ellos. El autor vivió muchas cosas, vio a uno de sus compañeros caer desde lo alto. Este escenario de agitación inspiró su novela Molotov.

Lo curioso es que en la universidad las experiencias fueron similares. En 1975, Lima pasó por momentos de grave crisis política y social. El 5 de febrero, la ciudad fue testigo de lo que se conoció como la “toma de Lima”, un levantamiento que se produjo en las Fuerzas Armadas, liderado por oficiales descontentos con la gestión de Juan Velasco Alvarado, que desencadenó una serie de enfrentamientos y caos en las calles. Los estudiantes universitarios se sumaron a las protestas contra el régimen, acelerando el proceso de desestabilización de dicho gobierno. En ese contexto de incertidumbre y violencia, Cronwell, como muchos jóvenes de la época, testimoniaron un momento clave en la historia contemporánea del Perú.

—He caminado sobre muertos. He visto los saqueos en todas las tiendas: joyerías, de ropa, de telas. Eso he vivido.

—¿Te sirvió de proyección narrativa para recrear dichos escenarios?

—¡Es como mi biografía! Pero no como la que escriben los biógrafos, sino como una novela, porque hay un personaje central que quiere ser escritor. Él quiere evolucionar, no hacer lo que hacen los demás. ¿Por qué es bueno Ciro Alegría? ¿Por qué es bueno Arguedas? ¿Por qué es bueno Borges? ¿Maupassant? Yo me propuse ser bueno. Todo es una poética de poéticas, de novelas, de obras de arte, de literatura. Por eso siento que mi obra es mejor que Rayuela de Cortázar. Lo que pasa es que no soy tan conocido, pero espera que pasen cuarenta años… Yo no hablo de Vargas Llosa, ni de Arequipa, hablo específicamente de la calidad de las novelas. Esas novelas son pura perversidad, morbo… En mi caso, hay toda una exploración del arte, una teorización, un replanteamiento. Al final, el personaje va evolucionando y acaba transformado en otro, tal como ocurre con la sociedad. Sale Velasco y entra Belaúnde, luego Alan García, Fujimori, Sendero Luminoso… entre otros eventos.

—¿En tu novela hay un contenido histórico?

—Sobre todo eso, aunque de forma poética —respondió.

—¡Con sentido social! —interrumpí.

—La poesía y la música en la novela son clave. En Molotov hay una violencia de bombas musicales.

Cronwell vivió momentos caóticos y entrañables que inspiraron varios de sus títulos. Cuenta que, antiguamente, San Marcos era un alboroto. —“En esa época se decía que vivíamos en el medioevo, porque el piso estaba descascarado, las paredes también. Che Guevara, ¡Viva la revolución!, ¡Muera el APRA!, todo eso era”—. Ahora, percibe que la universidad ha cambiado: es pulcra, una joya, con alta tecnología y todo tipo de exquisiteces. Antes, las ratas caminaban por los pasillos, los baños no tenían agua ni luz; de alguna manera, los estudiantes eran maltratados. Durante la presencia de Sendero Luminoso, muchos desaparecieron, y él fue testigo de ello. Los recuerda apuntando con la bayoneta. Decían: “O entras a la lucha o te vas de la universidad”, amenazándolos.

Ningún profesor le habló de teoría, salvo el crítico Tomás G. Escajadillo, a quien recuerda hablando de Hemingway, de literatura norteamericana. Cuando aquel maestro explicó nuevas técnicas, Cronwell se sintió estimulado. Aprendió sobre los vasos comunicantes, una vuelta de tuerca, etcétera. Tan interesado estaba en su cátedra que se matriculó varias veces en el mismo curso, para reforzar y profundizar los conocimientos.

—Todo el mundo quería salir de la universidad, odiaba la universidad. Yo la adoraba. ¿Por qué la adoraba? Por esta razón: me metía dos o tres veces a las clases del profesor Wáshington Delgado, que eran conferencias magistrales; también asistía a las de Antonio Cornejo Polar, quien me adoraba. Por esa época, apareció Escorza, que me quería.

También se ganó el afecto de Eleodoro Vargas Vicuña, destacado cuentista y poeta del siglo XX, quien lo buscaba para conversar. Por esos años, escribió Montacerdos y permaneció en la universidad hasta finales de los 80. En ese universo de anécdotas, recuerda que cuando Sybila Arredondo —esposa de José María Arguedas— fue detenida y lo mandó a llamar. Además, comenta que Arguedas era cercano a él y que adoraba a los cerdos. La universidad le permitió proyectarse como escritor. Vivía rodeado de sus amigas como Liliana Prado, y de sus pocos amigos: Paco Merino en Arqueología, Jorge Manco en Economía, Víctor Hugo Velasquez Cabrera en Filosofía, Juvenal Ramos, entre otros.

—¿Qué dificultades enfrentaste en ese tiempo para el desarrollo de tu escritura?

—No había editoriales para los cuentos ni las novelas. Cuando yo comencé, solo existía, como dicen, la «dictadura de los poetas». Las revistas eran exclusivamente poéticas. En esa época, estaba Ómnibus, allá en Arequipa; también Mapa de sueños, Auqui. Nadie recibía cuentos. Por eso, a mí mismo me publicaron poemas.

Montacerdos fue su principal creación. Lo escribió a pedido de un amigo que le solicitó cuentos breves para una revista, sin embargo al terminar se dio cuenta de que tenía veintisiete páginas. Luego vino Hueso duro, con veintidós. “No se puede publicar así, pero son buenos, hermano, ¡guárdalos!”, le decía. Le prometió crear una editorial para publicar libros. “Va a salir el tuyo”, le juró. Y efectivamente, Montacerdos se publicó con Lluvia Editores en 1981. El otro título tuvo un mejor destino: ganó un concurso que llevaba el nombre de José María Arguedas, organizado por el Peruano Japonés, que hoy en día se denomina Premio José Watanabe.

¡Es un diálogo extenso! —pensé mientras llegaba a mis preguntas finales, siempre  invasivas: ¿cuál es la situación más complicada que has tenido que enfrentar en tu vida? Cronwell, antes de responder, solicitó a una señorita que le preparara un jugo.

—¡Todos los días son difíciles! —afirmó con justicia propia y ajena—. Pero el momento más tenso fue cuando le dije a mi papá que iba a ser escritor, y él me apoyó. Nunca me dijo: “Oye, carajo, deja de escribir”. Aquí me permito una licencia personal: ojalá todos tuvieran padres como los de Cronwell. Lo normal es encontrar que nuestros principales referentes, papá o mamá, desmerecen el arte, la música, la literatura como profesión. Creen erradamente que es solo un entretenimiento, que uno se morirá de hambre si se dedica a ello. Es probable. De igual manera, es ampliamente cierto que aquello que se lleva con pasión, que no se abandona, puede ser altamente provechoso y productivo en la vida.

Hablar con Cronwell Jara es fascinante. No tenía ganas de terminar la entrevista, así que pasamos a conversar sobre su última obra, que, en realidad, fue el motivo de este diálogo: Enkríkamo. Batallas de un rey congo en el señorío de Huachipa (2024), recientemente editado por Quimérica de Macckeey Soto Aguirre.

—¿Realmente tiene que ver con la esclavitud o hay algo más? —le increpé.

—A los cuatro o cinco años, le pregunté a mi papá en Piura por qué existían esos “negritos”, esas “negritas”, que eran mis amigas. “¡Han sido esclavos!”, me respondió y me interesó el tema.

Al llegar a Lima, en una esquina, una negrita que vendía chicharrones le dijo: “Dile a tu papá que te dé plata para comprar esto”. “La vi negra, como las de Piura”, recuerda. Su padre, bondadoso, le dio el dinero, y él, pequeñito, le volvió a preguntar: “¿Por qué son negros?”. Su papá le respondió nuevamente: “Porque son esclavos”, y le explicó al respecto. Fue por eso que, a los 13 años, en la Biblioteca Nacional, se interesó por temas relacionados con el mundo de los esclavos, y le dieron una especie de Decálogo de los esclavos de San José del Carmen de Chincha. A los 14 ya tenía información sobre la hacienda San Sebastián. Rememora nítidamente aquellas lecturas que causaron un fuerte impacto en él.

—¿Esta obra logró cumplir con sus objetivos?

—Cuando te hablan del tema, por ejemplo, en Matalaché, se refieren a un mundo salvaje, se ve lo animal, lo brutal de los negros. Es decir, los preparaban para que fueran salvajes, como tú puedes preparar a una persona para que sea choro, asesino, criminal, explotador, estafador. Tú lo guías. Pero los negros que llegaron aquí, de África, eran espirituales, respetuosos, hospitalarios. Tenían por costumbre, si llegaba alguien de otra nación o territorio, ofrecerle alimentos, servirlo. Eso lo he comprobado yo. Esa era la hospitalidad, tal vez influida por una religión mahometana. Yo me meto en esta novela, sin tocar a Mahoma, en el mundo espiritual de los africanos, y veo la filosofía africana, el mundo africano.

—¡La manera de presentar a las personas es un asunto delicado!

—Esta novela es distinta. Logra lo que no ha hecho Albújar. Aquí entras a una visión antropológica, filosófica, gnoseológica, histórica, porque yo me baso en documentos históricos, y en el sentimiento de ellos cuando son capturados.

—¿Estos personajes se inspiran en algún documento?

—Aquí hubo más de quinientos palenques, que eran los reductos por donde escapaban los esclavos. Ahí estaban los libertos, los cimarrones, que ya no eran esclavos. “Cimarrón” en alusión al caballo salvaje de las montañas. En cada uno, había palenques flotantes, que son los que desaparecen de un día para otro, y palenques fijos. Uno de ellos era el de Huachipa, que en antaño se extendía desde San Cristóbal hasta Huachipa. Yo quise estudiar el territorio. Después me enteré de que estaba cerca de mi casa, y era un lugar de matorrales, árboles, lagunas, pantanos. Ahora todo está transformado. Hay estudios, crónicas y trabajos. Yo me baso en una tesis de Luis Enrique Tord y me documento con otros textos sobre las culturas africanas.

—¿Qué recomendaciones nos puedes ofrecer para leer a Cronwell Jara?

—Que vean mi proceso con  los cuentos que salieron al inicio: Hueso Duro, Montacerdos, Las huellas del puma. Yo diría que empiecen a leerme con Patíbulo para un caballo —declara, fiel a su estilo, ofreciendo una recomendación—. Hay que leer Oda a la zona tórrida de Andrés Bello.

En ese momento, tras haber explicado la naturaleza de sus personajes e historias, también reflexionó sobre la realidad novelística actual:

—En lugar de cerrar el camino, deberían abrirlo. No para mí, sino para todos. La cosa es que todos tengan la oportunidad. A mí me la cortan siempre. Pregunten por qué no estoy en Crisol, en Planeta, por qué no me llaman. Yo he ganado los premios. Ellos se inventan premios para ganarlos ellos mismos.

—Ya tienes un lugar en la literatura peruana.

El destacado escritor que conocí en el 2019, cuando presenté mi obra en la Feria Internacional del Libro en Lima, figura en diversos estudios y antologías. He visto algunos comentarios en los volúmenes de Roland Forgues (1988), Carlos Milla Batres (1994), César Toro Montalvo (1995), Ricardo González Vigil (1997), Sigifredo Burneo (1997), Maynor Freyre (2000), Estuardo Núñez (2001), Mariana Eguren (2005), Gesine Müller y ‎Benjamin Loy (2022), Jorge Marcone y Alberto Portugal (2023), Marcela Croce (2024), entre otros, que se aproximan a ese espíritu combativo, a esa mirada que contempla el paisaje, a esa escritura que habla de lo cósmico, del amor a la tierra y del enigma de la existencia.

Siendo las once de la mañana, Cronwell se pone de pie y se despide con gesto de cordialidad. Un dato interesante es que la gente dice que él leyó a Juan Rulfo desde pequeño, pero en realidad no llegó a comprar un libro tan costoso. Recién lo hizo de mayor. En ese momento, supe que ambos iríamos en sentido contrario: él hacia el Rímac, yo al centro de Lima. Mientras me despedía con un “hasta pronto”, pensé que él era tan aventurero como había descrito a su padre, quien, siendo hijo de hacendados ricos de Huánuco y ganando un buen sueldo, quiso vivir cerca de sus amigos del 41, aquellos que combatieron en Ecuador e invadieron unas tierras al fiel estilo de los provincianos. No había agua ni desagüe, y la primera casa que construyeron en la zona fue la suya. Él era feliz corriendo entre los árboles, jugando en las acequias, cazando ratas. Muchas de esas experiencias aparecen en su inolvidable Montacerdos.

 

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Helard Fuentes Pastor rHélard Fuentes Pastor

(Arequipa, 1990) Historiador, escritor y docente. Ha sido columnista del diario Correo y El Pueblo de Arequipa. Autor de diferentes libros de carácter histórico y narrativa: Viaje al interior: cuentos y relatos (2014), Diccionario biográfico de escritoras, maestras y artistas (investigación, 2019), Voces de la poesía peruana: antología poética (2021), La noche de los mil carajos (relato, 2021), Mis días con Raúl (novela, 2022), La sombra del camino (poesía, 2022), entre otros. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Municipalidad Provincial de Arequipa, la Alianza Francesa de Arequipa, el Colegio Nacional de la Independencia Americana, el Congreso de la República del Perú y el Gobierno Regional de Puno.

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