El auge de las biopics musicales revela tanto sobre nuestra fascinación por los ídolos como sobre la dificultad de retratarlos con honestidad. La saga de Sam Mendes sobre los Fab Four supone un reto sin precedentes para acercar al público global a la historia de la banda.
Por: Sergio Herrera Deza
Las biopics musicales no aspiran a contar una verdad absoluta: buscan narrar un mito digerible. Están en el radar nos guste o no y así lo refleja la cartelera de la última década. Incluso los premios Óscar no son ajenos a esta corriente que se nutre de la nostalgia y curiosidad por las leyendas de la música popular. Estas obras son una suerte de telescopios que permiten observar brevemente a los astros y sus detalles. Y así quizás descifrar porque brillan desde tan lejos.
En años recientes, hemos visto biopics exitosas: Bohemian Rhapsody (Queen, 2018), Rocketman (Elton John, 2019), Elvis (Elvis Presley, 2022) son las primeras que se vienen a la mente por el gran trabajo de sus actores protagonistas. Cómo olvidar por ejemplo, a Rami Malek y su interpretación soberbia de Freddie Mercury, abarcando su timbre de voz al hablar, sus gestos escénicos y su vulnerabilidad disfrazada de arrogancia.
Pero también es una recreación que compensa las falencias de la película: un guión superficial, realizado sobre la base de algún artículo de Wikipedia o un brief de ChatGPT para los tiempos actuales. Plagado de clichés que distorsionan la historia de Queen como el ejecutivo ficticio que supuestamente rechazó Bohemian Rhapsody, el antagonista forzado del filme o afirmar que el concierto en el Live Aid de 1985 fue el retorno triunfal de la banda. Cuando en realidad no estaban separados y a pesar del éxito innegable de la presentación, algunos mercados como el estadounidense ya les habían dado la espalda.
Cubrir veinte años de historia en dos horas es un error: obliga a saltarse etapas y a repetir la fórmula gastada de presentar al joven incomprendido que no tarda en callar bocas con su talento innegable y la fama que aparece a la media hora de iniciado el metraje. Y entonces, nuestro asombro sube como la espuma, pero también baja ni bien termina la película. Porque en realidad, no vimos nada sustancial ni diferente.
Claro está que la fórmula puede traer resultados ligeramente más interesantes: en Rocketman también se abarca gran parte de la carrera de Elton John. Aunque con la diferencia que se evidencia de forma más explícita los vicios del artista, lo que a la larga, humaniza más al John interpretado por Taron Egerton. Los números musicales también están cargados de escenas fantasiosas que simulan sueños o pesadillas, lo que le brinda un toque especial a la película.
Pero lógicamente, los resultados más memorables son las obras que rompen el molde. Y lo logran, porque sus responsables tienen claro que a veces menos es más. Love and Mercy (2014), la biopic sobre Brian Wilson, el recientemente fallecido cantautor de los Beach Boys es un claro ejemplo. A lo largo de 120 minutos apreciamos a un genio atormentado que se obsesiona con desafiar a los Beatles al concebir Pet Sounds, uno de los discos cumbre de la década de 1960.
Y en paralelo, lo apreciamos en sus cuarenta, afectado por la fama menguante de su banda, vicios, trastornos y un psiquiatra que busca aprovecharse de su estado vulnerable. Mostrar a un artista en sus mejores y peores momentos, así como establecer nexos entre ambas etapas es clave para entenderlo y obtener alguna reflexión valiosa. De lo contrario, ¿qué de provechoso podemos conseguir si vemos por enésima vez la historia de los hermanos o amigos que cantaban en contra de la voluntad de sus padres?
Ojalá que todas las biopics musicales fueran tan disruptivas como Love and Mercy. Una exigencia que cobra mayor fuerza con la llegada de títulos como Michael (2026), acerca del Rey del Pop y sobre todo, la ambiciosa saga de Sam Mendes enfocada en los Beatles: la banda más influyente de la historia musical. Las expectativas son altas, porque el tiempo del metraje no será un problema: Mendes decidió dividir la historia en cuatro filmes; una por cada integrante.
Si bien los actores elegidos para encarnar a John, Paul, George y Ringo distan de ser dobles de sus personajes, la caracterización sí está bien trabajada: desde los peinados moptop de la Beatlemanía hasta los trajes coloridos y extravagantes del Verano del Amor de 1967.
Comprendo la preocupación de muchos fanáticos que esperaban a un Lennon tan idéntico como el argentino Javier Parisi o a un Ringo menos parecido a Milei. Pero es importante recordar que una cosa es imitar y una muy distinta, interpretar. Puedes copiar la voz y quizás los gestos, pero si no entiendes el contexto o la psicología del personaje, el resultado quedará en la superficie.
Por otro lado, todo apunta a que los actores mantendrán sus roles durante toda la vida joven de los Beatles: una de las filtraciones de imágenes mostró a Paul Mescal interpretando a McCartney en plena adolescencia en Liverpool. Aquí sí espero que la magia del mejor maquillaje o algún modelo travieso de inteligencia artificial logre rejuvenecer a Macca a los tiempos donde conoció a Lennon en la fiesta de una parroquia, allá por julio de 1956.
Si partimos de este evento hasta el anuncio oficial de la disolución de los Beatles en abril de 1970 tenemos unos 13 años. ¿Podrán abordarse en ocho horas de metraje? Creo que la idea no es descabellada. Pueden colarse también flashbacks en torno a la infancia de cada Beatle para comprender su pasado. Retratar el miedo de Lennon al abandono luego de ser obligado a los cinco años a elegir entre sus dos padres. O la ética de trabajo que desarrolló McCartney tras la repentina pérdida de su madre.
Eso sí, debe haber un eje central: si Love and Mercy tenía la dualidad entre genialidad y caos de Brian Wilson. Aquí debería primar un retrato de cómo los Beatles eran una unidad colectiva que aportaba ideas entre sí y lograba superarse con cada disco, así como experimentar y corregir errores sin que un quinto elemento los sometiera. Fue así que por ejemplo, evitaron la trágica suerte de Elvis, quien se estancó persiguiendo una carrera cinematográfica mercantilista.
Pero cuando esta unidad se rompe, los desacuerdos brotan a flor de piel: canciones en que cada miembro va por su lado, los reclamos de independencia de George, la creciente indiferencia de John y peor aún, la intromisión de un quinto en discordia: el infame manager Allen Klein, que terminó de dividir al grupo con sus intrigas y ambiciones personales.
Visualizar en la pantalla grande el ascenso y ruptura de esta unidad es vital para una buena película. Ojalá nos sorprendan. Porque los Beatles cerraron su carrera diciéndonos que el amor que recibes es igual al amor que brindas. Y esta saga de películas no será la excepción.
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Sobre el autor:
Sergio Herrera Deza
(Lima, 2001). Comunicador y periodista, egresado de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Aficionado a la historia, el rock clásico y el periodismo literario, le apasiona expresar por escrito sus puntos de vista, lo que le ha llevado a escribir columnas en medios como Cuenta Artes, El Comercio y ADN Deportivo. Se ha desempeñado como redactor en la revista COSAS, el Diario El Gobierno y actualmente, es analista junior en la revista AméricaEconomía. Durante su etapa universitaria, sus trabajos recibieron galardones como la Mejor Crónica en el UPC Film Festival 2020, el Talento Periodístico 2021 y 2022, así como el Mejor Artículo Deportivo 2023. Ese mismo año fue reconocido como Embajador con los mejores logros de representación por su participación como representante estudiantil en el CADE Universitario 2023. En 2025, ganó el cuarto lugar en el XXII Concurso Bienal Nacional de Cuento Germán Patrón Candela con el relato “Los gemelos de jade”.
