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Cuentos

Cuento La casa de los Seminario de Alina Gadea

En ese tiempo nos parecía mucho mil kilómetros. Recuerdo que el camino al Norte fue largo y árido. Algarrobos cada cierto trecho y cada tanto un pedacito de mar entre las dunas de una curva del desierto. Doce horas después habíamos llegado finalmente a lo que sería nuestra casa por los próximos años, la que nos alquilaron los Seminario.

Era una mañana fresca con unos leves rayos de sol en un invierno tímido. Había que bajar por una trocha asentada. Las casas habían sido corroídas por el maretazo de unos años antes. Detrás de ellas todo era chacra y chocitas de aldeanos descalzos, a los que no les gustaba trabajar, sólo tomar. Practicaban esto a pie juntillas, como una religión.

A nuestro paso, las gallinas se espantaron y las mujeres curtidas por el sol y con los pies enormes a fuerza de no llevar zapatos, salieron asustadas por el inusual sonido del motor del auto.

La casa estaba apartada de las demás de la hilera, por un fantasmagórico farallón, formado después del fenómeno del Niño. Entramos por la puerta de atrás y mi primera impresión fue estar sobre el mar. Crucé la sala hasta llegar a la terraza y una ráfaga de aire fresco me dio la bienvenida pero al mismo tiempo, vi con disgusto que unos gallinazos negros venían aleteando a recibirme.

A partir de ese día, Renzo comenzó a trabajar en el puerto, a varios kilómetros de la playa. Mi único vecino era el mar; la gente sólo venía durante los meses de verano. A parte, había en realidad otro vecino, Emiliano, un guardián taciturno. Un hombre solitario, curtido por el silencio obligatorio de la playa.

Ya eran los últimos días del siglo veinte, pero la luz eléctrica recién había llegado a esa playa olvidada. De cualquier forma, no servía de mucho porque ni la televisión ni la radio podían ser sintonizadas. Tampoco había ningún teléfono, ni con quien comunicarse por celular de haberlo habido, ni mucho menos una computadora. Era imposible adquirir un periódico ni una medicina, ni algo de comida; no había ni siquiera una bodega ni menos aun un mercado.

La gente del caserío vivía de lo que pescaba durante el día en sus chinchorros y de lo que plantaban durante el año en las chacras. En una de las casuchas del pueblo había una panadería improvisada que tenía por toda seña, un pedazo de cartón donde decía: “pan”, escrito con un plumón gastado. Era un pan pequeño y duro, con un olor ahumado. Lo hacían en un horno precario, alimentado con troncos de algarrobo. Poco a poco fui descubriendo que así era todo. Fue difícil entender ese modo de vida y hacerse a él. Y después lo fue más, con un hijo por nacer y con Renzo trabajando hasta muy tarde, en el puerto.

Me daba miedo vivir. No sabía cómo hacerlo en esa soledad. Pero me planteé enfrentar la situación día por día, de manera que al despertarme, me preguntaba cómo hacer  para vivir ese día. Trataba de hacerlo lo mejor que podía, sin grandes resultados.

Meses después de largas caminatas, de interminables monólogos internos, de enloquecedoras puestas de sol, descubrí para mi suerte, otro vecino más: un pescador noruego que vivía al extremo opuesto de la enorme playa.

El mar embravecido golpeaba las fachadas de las casas fantasmas. Alguna vez me decidí a entrar a una de ellas y no encontré sino un tamarindo guardián de nadie, ensimismado en un patio vacío, lleno de salitre. En esa parte de la playa las casas estaban retiradas del alcance del mar. Me acerqué. El noruego estaba sentado en la terraza, oyendo una extraña melodía. Leí un libro, bajo un sombrero de paja. Me hizo pasar con su áspero pero cordial acento nórdico. Desde ese día, decidimos no cerrar las puertas de nuestras casas. Disfrutaba oír alguno de sus discos  e intercambiábamos libros.

Busqué entre las casas de los pescadores una señora que me ayudara y encontré a la vieja Trinidad, que descubrí que no lo era tanto, sólo que las arrugas le arañaban la cara en todas direcciones. No sé si por el sol, la inclemencia de su vida o los catorce hijos que fue teniendo desde niña.

El silencio era de locos a partir de las dos de la tarde; todos esos hombres bebían y las mujeres dejaban sus quehaceres para meterse con sus harapos a sus catres y ahí se quedaban hasta que el sol bajara.

Sería que nada lograba refrescar el sopor de esas tardes y las casas se volvían una hoguera, que ni los vientos ni la sombra de los tamarindos podían mitigar.

Las olas golpeaban con más violencia que en ninguna otra parte de la playa, el ya derrumbado y lúgubre malecón. Había que darle el encuentro a algún chinchorro para recoger el almuerzo que consistía en un pez vivo que nos miraba despavorido, retorciéndose, aún suplicante. Trinidad los fileteaba en la arena y las gaviotas venían gritando y peleándose por las tripas y los pellejos que ella iba desechando.

Me fui olvidando de hablar. Las palabras desaparecían de mi cabeza. Sin ellas las imágenes más bellas no tenían mucho sentido: el mar más azul que se ha visto, la arena compacta de la mañana, la arena fofa de la tarde volando por los aires, el atardecer ámbar, la luna gigantesca; el cielo como un manto de terciopelo negro tachonado de un camino de diminutas estrellas: la vía láctea.

Renzo se iba al amanecer a trabajar al puerto y regresaba de madrugada. Permanecía en casa unas pocas horas, durmiendo. Así que se puede decir que estaba sola, al menos desde las dos de la tarde en que Trinidad se marchaba con sus pies de pato y su cara más vieja de lo que ella era. No bien se iba,  comenzaba ese viento feroz. Las puertas que estaban abiertas se cerraban con tal fuerza que había que tener cuidado con los dedos.

Las arenas comenzaban a cambiar de lugar misteriosamente, formándose a lo largo de la tarde unos médanos pegados a la casa que llegaban a tapar las ventanas. Cuando se calmaba el viento, Emiliano llamaba a un chiquillo para que los removiera con la ayuda de un piajeno que jalaba una pala.

Una tarde, me propuse salir: volé por los aires como una cometa humana.

Junto con el viento y la arena, las olas se encrespaban y la marea subía de tal manera que  la casa frente al mar se convertía en una casa sobre el mar. Los pilotes sobre los que estaba construida desaparecían bajo el agua. Mientras el fuego del horizonte me bañaba con su ámbar, divagaba ¿Habrá un nuevo maretazo? ¿Hasta cuándo podré inventar una vida? ¿Me olvidaré del todo de hablar?

Un día envuelta en la soledad de la playa y seducida por el color naranja de la tarde, cuando el viento había amainado, decidí saltar al mar por la ventana de mi cuarto. Parecía un globo aerostático cayendo al agua. Esa vez comprobé que era un mar hondo y tibio, de gigantescos tumbos envolventes y blandos. Me sujeté de los pilotes para no irme debajo de la casa. Fue divertido y al mismo tiempo extenuante, más en mi condición. Desde ahí, tomé la costumbre de darme el lujo de ver la puesta de la naranja gigantesca que teñía todo de ese color.

La casa, el mar y yo. Eso era todo. El mundo estaba compuesto únicamente por nosotros. Así entraba nadando por las escaleras del zaguán cubiertas por el mar y llegaba hasta la hamaca retorcida por el viento. Me recostaba y me balanceaba ahí un buen rato. Anochecía y el mar se ponía por unas horas cada vez más lento y se aproximaba despacio hacia la orilla como cansado de un largo y caluroso día. Entraba. La casa sola, silenciosa, la oscuridad de la noche afuera. No se veía una sola luz en la noche porque las del puerto iluminaban el otro lado del morro, lo que daba la sensación de que delante no estuviera el mar sino la nada. La marea subía nuevamente y remecía los pilotes de la casa que parecía venirse abajo en cualquier momento. No sé si feliz o inútilmente había dos estampitas, una en cada puerta que prometían cuidarnos a mí y al hijo que esperaba. Pero creo que el único peligro en esas tierras de gente ociosa y buena era la soledad que se metía a la cabeza y al cuerpo para no salir más.

Algunos fines de semana venían a la casa más próxima de nosotros y del farallón, los hijos de los Santibáñez que eran más o menos de mi edad. Creo que tenían otra percepción del mundo que la mía porque venían de juerga y por pocos días. A veces desde lejos me hacían “salud” amigablemente, con unas copitas y yo les devolvía el saludo con la mano vacía, con mi barriga y mis pies descalzos mirando la inmensa circunferencia naranja en el horizonte de colores.

Una noche de plenilunio, la casa se alumbró con una luz azul plateada y me desperté creyendo que era de día. Era una luna redonda y enorme, algo amarilla. Estaba tan cerca que la podía tocar con la mano. Un dolor agudo me hizo pensar que se acercaba el nacimiento. ¿Qué haría? La casa del noruego  Dan estaba tan lejos de la mía. No tenía cómo comunicarme con Renzo.

Sola en mi cama, el mar me arrulló con violencia hasta que logré dormir ya entrada la madrugada cuando la marea bajó. A la mañana le pregunté a Emiliano dónde encontrar una empleada que se quedara a dormir en la noche.

-Acá no la vamos a encontrar pero hay un pueblo en el desierto donde la gente necesita trabajar.

Y me explicó como llegar. Tenía que ir por la trocha, llegar a la subida y arriba en vez de ir por la carretera hacia el puerto, tomar el camino opuesto hasta el fondo. El noruego nos prestó su auto, trepé en la camioneta a Emiliano y me acomodé con la barriga entre el timón y yo.

El sol todavía está alto, qué suerte, pensé. Por el retrovisor veía al guardián haciéndome señas desde la tolba. Anduvimos un buen trecho, por espacio de media hora, cuando el camino terminó y debíamos entrar por la arena del desierto de Sechura. Me pareció que íbamos a atascarnos y así fue. Salió de una casita lejanísima, a penas lo podía ver, un hombre fornido y curtido por el sol. Caminó hasta nosotros y cabó con una pala hasta que salimos. Después de un trecho volvimos a quedarnos atollados. El hombre caminó desde donde se había quedado otra vez hasta nosotros y volvió a cabar. Por más que hice no me aceptó que le pagara.  Así logramos llegar ya con el sol arriba, hasta una mínima plaza de armas donde nos estacionamos.

  • ¿Qué la trae por acá señora?- me preguntó con un mohín cansado. Era uno de los muchos hombres aletargados que habían parados como hongos en las esquinas.
  • Necesito una mujer que quiera trabajar en mi casa. Es en la playa. – le dije secándome el sudor como pude.

Entró a una casucha y salió con un megáfono. Su voz retumbó en el aire polvoriento, denso y caliente del pueblo fantasma.

-Las mujeres que quieran trabajar, que salgan.

Y salieron de las casitas, decenas de todas las edades y aspectos pero todas teñidas por el sol y extremadamente delgadas.

-No hay mucho que comer aquí-  me dijo una de ellas- y el único mes que trabajamos es en julio, cuando pañamos algodón.

            -¿Y después?- le pregunté.

            -Después nada- me contestó con la voz y el rostro de alguien acostumbrado y resignado al hambre.

Me quedé sentada frente al timón, respirando el polvo caliente. Por la ventana vi unos ojos húmedos, grandes y negros, en los que no se distinguía la pupila del iris. Había venido caminando descalza y cimbreante con un vestido mínimo y tan pegado como un papel mojado. Su moño coqueto tenía una flor que le asomaba del pelo azabache y brillante.  Me vi a mí misma caminando con un niño en la barriga y a ella acinturada, con su andar sinuoso frente a Renzo. Pensé que sería mejor irme como había venido y evitarme más problemas.

Al día siguiente me desperté convencida que tenía que ir a buscarla fuera lo que fuera y a cualquier precio porque no pasaba una noche más sola en esa oscuridad y ese silencio. Me fue más fácil volver. Zocorro me estaba esperando descalza, con una maleta pequeña, con el vestido del día anterior y el moño con una flor más grande. Traía a su hermana Micaela, una niña de quince años, para que cuide al bebe desde que nazca, me dijo. El padre me hacía adiós desde una casa de barro, tan pequeña como él, cuídemela bien señora, no se preocupe. Me las llevé a las dos.

Las oía canturrear todo el día mientras limpiaban la casa y preparaban un ceviche que los limeños, no sé porqué, no podemos hacer.

En la mañana el mar se retiraba tanto que podía correr por la arena húmeda; tan solo unas horas antes el agua había estado durmiendo debajo de nosotros. Quizás por eso me era tan familiar.

Fue una lástima que la cintura de Zocorro fuera desapareciendo poco a poco conforme comía con regularidad en mi casa.

Trinidad en su covacha, lavaba nuestra ropa y le daba palizas a su marido borracho, que llegaba zigzagueando a subirse a una hamaca como podía.

Micaela se enamoró del muchacho que rastrillaba los médanos y se ponía a pasear con él en su piajeno, vestida con encajes de pésimo gusto. Pero esas dos mujeres me quitaron el miedo a las noches de marea brava. Ya no me daba cuenta que la casa se remecía sobre sus pilotes y que la espuma del mar se colaba furiosa entre las listas del piso machihembrado.

Unos días después, los dolores volvieron. Ellas trajeron al noruego para llevarme al puerto. El camino fue más soñoliento y caliente que nunca. Hasta que llegué al arrabal con sus casas dormidas desde la guerra, sus paredes vencidas, sentadas sobre el suelo, sus puertas medio sepultadas en el piso ablandado por el paso del tiempo. Su olor a rancio, a fantasmas, a pescador y a pobreza, a chingana, a navegantes que venían de otros mundos.

Al día siguiente que mi hijo nació, Renzo volvió a su trabajo y a mí, de regreso a Lima,  mil kilómetros me parecieron pocos.

 

 

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Sobre la autora

Alina Gadea

Alina Gadea nació en Lima. Es abogada de profesión y escritora por vocación. Autora de las novelas Otra vida para Doris Kaplan, Obsesión, La casa, Destierro, Todo menos morir y El norte ya no existe. Premio Copé Bronce en la XIV Bienal de Cuento de Petroperú 2006 por el cuento La casa muerta. Mención honrosa en el concurso de poesía Scriptura. Sus cuentos han sido recogidos en diversas antologías, entre ellas Disidentes, El cuento peruano, Como si no bastase ya ser, Durará este encierro, Cuentos de la pandemia, entre otras.

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