Se dirigían a la última celebración del año nuevo. Victor manejaba por la vieja Panamericana Sur rumbo a Punta Hermosa y mientras avanzaba observó la ruta y notó que no pasaban más vehículos, había demasiado silencio y tranquilidad, le pareció raro siendo víspera del año nuevo y la mayoría de chicos se disponían a salir de fiesta.
En su extrañeza paró el auto en seco, descendió del carro, caminó algunos pasos y se posó en medio de la carretera y en instante divisó un destello fugaz que impactó el cielo. Lo que vio tan vívidamente lo tuvo pensando. La maquinaria de su mente ya había magnificado la visión completa y por su cabeza divagaba la necia idea que no sería posible.
—¡Hey! Avancemos, ya estamos por llegar —Le indicó Claudia, su acompañante.
—Sí, claro —Respondió de inmediato Víctor.
—¿Qué sucedió?, ¿por qué te detuviste y bajaste del auto?
—No es nada, olvídalo.
—No lo creo. Te quedaste callado en medio de la pista. ¿Sucede algo?
—¿No viste nada en el cielo?
—No vi nada raro, solo a ti parado y eso sí es extraño.
Llegaron por fin al local de la celebración, se dirigieron a una de las zonas más exclusivas de la fiesta; ahí solo se oía música, risas, copas. Nada hacía presagiar alguna catástrofe, de pronto cuando la multitud comenzó la cuenta regresiva un nuevo fulgor lo atravesó.
Esta visión le mostró miles de personas moribundas cubiertas con batas y mascarillas, todas en camillas sujetados por respiradores gritando desesperados, estos seres se acercaban rápidamente ante sus ojos y Victor solo atinaba a abrir instintivamente más sus parpados. Esa imagen le quemaba el alma. Los gritos lo acechaban. Esas voces le reclamaban algo y el olor era insoportable. Su mente no podía procesarlo y cerraba sus ojos agotados después de tanto impacto. Victor no entendía que ya su cuerpo se recubría de una sensación que lo dejaba inquieto y no podía alejarse de ese pensamiento. Desde ese día esa imagen lo atormentaría y acabaría con su mente. Dentro de poco todo terminaría.
—Victor, ¿estás bien? ¡Qué pasa contigo!
—No me asustes más!
—No, no es nada, pero vi algo.
—¿Que viste? ¡Dímelo ya! —Le increpó Claudia.
Víctor lo pensó bien y no quería arruinar la noche, había esperado por mucho salir con ella. Pensar que cambiar la sintonía de la festividad por una visión aterradora la mantendría preocupada y bastaba con él para poder soportarlo.
—No es nada, solo fue algo que pensé.
Y tomando su copa brindó con Claudia, que no tan contenta respondió con una media sonrisa.
—Está bien, bailemos entonces. —Le respondió no muy convencida.
Al retorno, el auto avanzaba y vio cómo el horizonte se desangraba lentamente, le quemaba la piel. Sentía que no sostendría esa angustia, pero compartirla parecía una locura, quién creería semejante horror. Lo tomarían por un orate, un loco y ya tenía suficiente con su propia tortura.
Aunque manejaba en silencio, estaba atrapado en esa visión. Su boca respondía con monosílabos a los cuestionamientos de Claudia que cada vez parecía menos segura de la lucidez de su amigo.
Un nuevo resplandor lo impactó, dejándolo mirando quieto al volante.
Esta vez vio ciudades enteras vacías, solo algunas sombras traspasaban las calles. Todos los comercios, fabricas, escuelas, empresas y negocios, cerrados. Todos atrapados mirando desde sus ventanas la clara luz del día. El mundo se detenía ante su mirada.
—¡Víctor! ¡Víctor! ¡Qué te pasa! ¡Por Dios, no me asustes! —Le gritó Claudia.
Pero Victor ya no respondía, se quedó en ese trance. Nunca había llegado a ese punto. Desde niño había tenido estas visiones y aunque otros dirían que es una fortuna saber el futuro, lo que veía era lo más trágico para la mente de un niño. Siempre ocurrían: una visita inesperada, una llamada insólita, una muerte repentina. Por un tiempo se apagaron, se esfumaron en la neblina del tiempo y vivió tranquilo sin esas imágenes repentinas que cambiaban su rumbo, sin embargo, solo hace un tiempo, volvieron y fueron aún más reveladoras. Un choque, un conflicto, una enfermedad, una ruptura. Las señales eran claras, pudo haberlas evitado; no obstante, seguía sin intervenir y asumía las consecuencias con impotencia. Era como si el universo le advirtiera y en muchos casos él lo dejaba pasar, no lo detenía, solo esperaba que ocurriera para confirmar su visión, pero en esta ocasión había sido lo más fuerte que había experimentado. Solo que esta vez distinta. Esta vez, la tragedia era mundial.
Se cuestionaba nuevamente. No sabía si su mente lo creaba o si era el desafortunado futuro. Comprendió entonces que la visión no era advertencia sino una condena. Esas voces plegadas le reclamaban ayuda y lo atormentarían si no hacia algo.
Desde ese día la imagen lo perseguiría incluso despierto. La veía al abrir una puerta, al pararse de su asiento, al echarse a descansar. La imagen lo acechaba. Cada sombra, una multitud agonizando lentamente aguardando su turno.
Al llegar la noche, el cuerpo le pesaba y solo deseaba descansar, pero cada vez que lo intentaba las voces lo atormentaban: miles de gritos aunados pidiéndole ayuda. Escuchaba cómo esos cuerpos se quebraban lentamente bajo la quietud de su cuerpo inmóvil. Las voces adulteraban su razón. Lo peor de todo es que no era la destrucción, sino que no podía detenerlo. Tenía la fuerte convicción de que dentro de poco todo se acabaría. Lo que veía no era una visión delirante, sino un evento esperado, un castigo inminente listo para manifestarse y destruir a la humanidad.
Claudia intentaba recuperarlo, le gritaba, lo sacudía con firmeza y violencia. Pero Victor ya no estaba aquí, se hallaba en otra dimensión, en una que no vería más esas visiones, una donde el tiempo era lineal, pero el futuro se tornaba desolador y este aprisionaba lentamente su mente. Los cuerpos que observaban no eran desconocidos, podía distinguir a personas de su entorno, incluso logró distinguir entre la multitud a un hombre parecido a él, no estaba seguro. Pero ver un no muerto en la misma escena, le parecía una locura, aunque ya no creía que estaba bien, lo creía posible en esas circunstancias.
—Víctor, por favor, ¡respóndeme!, ¡despierta!, ¡ya basta!, esto es demasiado para mí. Vamos, por favor, ¡reacciona! —Las súplicas y gritos desesperados de Claudia se filtraron en la mente frágil de Víctor y, este, dando un ligero suspiro, despertó, abrió los ojos y de inmediato vio a esa mujer preocupada y la abrazó para calmarla.
—Oh Claudia, tranquila, ya estoy bien.
Mientras la carretera seguía ahí, impasible, y la noche estallaba en fuegos artificiales celebrando el nuevo año 2020, algo dentro de Víctor se desmoronó sin hacer ruido. La revelación lo destruyó, ya no fue él mismo. Víctor sintió cómo vería esto pasar, aunque se negara, solo dejó que lo envolviera y observaría cómo el mundo se desplomaría frente a él y solo quería estar allí entre los cuerpos. Porque su mente ya se había adelantado. Porque hay siniestros que no destruyen ciudades: abaten la mente del quien las observa. Y cuando la mente se manifiesta, no queda nadie para apagar sus voces.
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Sobre la autora
Diana Pérez Gamboa
Lima (1983) Es docente y escritora peruana dedicada a la literatura infantil y a la formación lectora. Estudió Educación Primaria en la Universidad Nacional Federico Villarreal y posteriormente realizó la Maestría en Lengua y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Comparte su vocación pedagógica con la creación literaria y la mediación de lectura, participando activamente en proyectos educativos y culturales orientados al fortalecimiento del hábito lector en niños y jóvenes.
En 2024 publicó su primera novela infantil, La agenda de Paula, obra que ha sido bien recibida por la crítica y el público por su narrativa cercana, reflexiva y emotiva. Actualmente se encuentra corrigiendo su poemario «Viajes de ensoñación», proyecto que revela una faceta más íntima y lírica de su escritura. Asimismo, cursa la Maestría en Docencia Universitaria en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle.
