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Cine Crítica de cine

Identidad y terror en el cine de Schoenbrun

Por: Mijail Otárola

El título no miente. Y su secuencia de créditos probablemente sea la mejor del año. El punto de partida de la película es alucinante: a una joven directora de cine que acaba de tener éxito en el festival de Sundance (con una película cuyo tercio final es Psycho desde el punto de vista de la cortina del baño) se le encarga revivir la franquicia slasher de la saga Camp Miasma. En su visión (totalmente cinéfila y quizá caprichosa) decide contratar a la actriz de la primera entrega, quien después de estelarizar la primera salió del mundo del cine y se recluyó en el campamento donde se filmó la misma, y ahí habrá una exploración de personajes y cine sin igual. Suficiente.

Es genial, y no tan común, encontrarse con películas así: no solo piezas complejas que reflexionan mediante sus personajes sobre (cierto tipo de) cine —y en consecuencia, sobre sí mismos—, sino también hacerlo accesible, porque la directora Jane Schoenbrun decide barnizar todo con humor y violencia (esta última, en general autoconsciente e irreal… ¿o no?) demencialmente divertida. Y es que Teenage Sex and Death at Camp Miasma es una película profundamente cinéfila, pero que podría servir como puerta de entrada a los más neófitos e interesados en una serie de tópicos y temáticas algo complejas con mucha frescura: su vertiente de metacine (podríamos considerar a esta pieza como el Scream del siglo XXI, y como una potencial película de culto) avocada al slasher  —subgénero del horror caracterizado por sexo adolescente y sangre en un campamento—: parte sátira, parte carta de amor. Pero Schoenbrun no se limita a eso, sino que decide explorar —como ya hizo en I Saw the TV Glow— la identidad y nuestra relación con el cine (aunque en su cinta anterior, era con un programa de TV: ambos sobre un fenómeno cultural y la relación que desarrollaban con este los jóvenes millennials), y lo problemático que puede resultar. Aquí siendo más interesante por las diferencias y similitudes de dos generaciones diferentes a la hora de percibir y apreciar una película slasher. Ciertamente una barbaridad de temas y reflexiones que, increíblemente, caben en sus 110 minutos de duración.

Además, es el descubrimiento (al menos en pantalla grande) de la maravillosa Hannah Einbinder, quien es algo así como nuestra nueva Sissy Spacek, aquí encarnando a un personaje que sería un tanto patética y nerd si no fuera porque en ella prima la ternura, mientras que en el enigmático personaje de Gillian Anderson, prima la empatía y la amabilidad, y es un acierto. Nunca nos encontramos distantes de ellas, nunca dejan de emocionar cada una de sus interacciones, resulta facilísimo empatizar con ellas y rozar cierta tristeza que hay en la médula del filme. La relación que desarrolla su personaje con el de Gillian  Anderson es una de las más locas, preciosas y divertidas del año, algo así como el contrapunto cinephile (con calentura y sangre) a la también maravillosa —y naif— relación Rocky-Grace de Project Hail Mary.

Pido perdón si me desvío un poco, pero es que esta película, al menos para mí, me pareció harto compleja y mentiría si dijera que entendí todo lo planteado, mas no impide apreciar sus tópicos y la exploración alucinante de un subgénero ya olvidado con mucha emoción, pues su impresionismo y hermetismo lynchiano es directamente proporcional a lo emocionante (por divertida y dramática) que resulta, como también lo fueron las películas de David Lynch. Sus referencias son deliciosas de ver, pero las imágenes que crea con ellas son mérito propio: las secuencias en la sala de cine son magia; las recreaciones de la saga Camp Miasma, una gozadera; y los juegos visuales, insuperables. Entiendo que la parte hermética pueda asustar un poco, me pasó con I Saw the TV Glow, a la que le debo un revisionado, pero esta película es un regalo que podemos disfrutar sin necesidad de unir todas sus aristas: para eso están los revisionados, y pocas películas del 2026 dan tantas ganas de volver a ver como Teenage Sex and Death at Camp Miasma.

 

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