Por Mijaíl Otárola
O Agente Secreto: Vivir durante la crisis y revivir en la memoria
Kleber Mendoça Filho es uno de los cineastas latinoamericanos más interesantes, y mejores, del momento. Su cine parece no solo distanciarse de los excesivos retratos de la miseria propia de nuestra región, sino también de los sobreesfuerzos pretenciosos de algunos cineastas por hacer el mal llamado «cine de arte». El cine del potencial maestro es algo mucho más complejo y fascinante, al menos en sus dos últimos largometrajes de ficción, puesto que en «Bacurau» ya era contundente la estructura de relato costumbrista sobre un poblado que se sobrepone ante una crisis causada por acciones que buscan el exterminio de una población, claramente con muchas más capas, pero sin dejar de lado un genial componente popular comprometido con momentos, un tanto extraños y fascinantes, de espectacularidad y humor innegable. Con «O Agente Secreto» estos componentes llegan a su cénit y otros cambian ligeramente. De pronto la crisis no se genera sino que ya está establecida; ya no peligra un pueblo remoto, sino ciudades enteras —aunque el relato esté relativamente centrado, esto se infiere con facilidad— o, incluso, de pronto parece ya no haber forma de sobreponerse, solo de resignarse.
Pese a que hay tristeza y crudeza en su contexto y médula, la película casi siempre se percibe como una comedia costumbrista. El sentido del humor, los personajes y los tiempos muertos —generalmente de ocio— adquieren un valor emocional fortísimo, y mejoran respecto al genial campo de pruebas que fue «Bacurau». Ver películas, dibujar pósters, escuchar música, tener sexo o hacer un brindis, son parte innegable de nuestra humanidad, y la verdadera tragedia sería perderla. El director afronta con aplomo lo difícil que es manejar tanto hangout y metraje gracias a su talento para extraer humor de todas esas circunstancias, más o menos divertidas, más o menos tristes, más o menos jodidas. Pero también sería una tragedia olvidar, no solo a la gente que está más o menos vinculada con los actos terroríficos llevados a cabo, sino también a quienes sufrieron dichos actos. La película tiene un optimismo tan sobrio que incluso sabe cómo introducir a la tecnología como aliada que nos permite recordar —o incluso conocer— lo que se perdió. Pese a su compromiso con la superación, no duda en mostrar momentos realmente escalofriantes —como un cadáver en ininterrumpida putrefacción—, ni en mostrar cierta ambigüedad moral en ciertos personajes —como aquel jefe de policía que oscila entre lo burlesco y lo jodido—, ni en la toma de decisiones dolorosas para ciertos personajes —pero siendo siempre respetuosa, porque hay diferencias entre cómo narra los azotes de la víctima y del victimario—, ni mucho menos en recrear a manera de comedia absurda una leyenda local que va de lo ridículo a lo patético.
En cuestión de cine, no se queda atrás. Claramente hay una vindicación por el mismo, pero la película también muestra destreza formal. Aquí hayamos encuadres cuidadosos —principalmente de cuadro dentro del cuadro y de reencuadre— , dolorosos primeros planos, precisos planos generales —uno particularmente hermoso de la bella ciudad de Recife en los 70—, muchos zooms reveladores, y un absolutamente genial uso del split diopter. Las actuaciones son todas prodigiosas, pero lo que hace Wagner Moura con su mirada es digno de aplauso, podemos sentir su cansancio, su indignación, su tristeza y su risa frente a situaciones tan preocupantes que terminan siendo patéticas y absurdas por el hecho de que existan; una gran actuación, al igual que el último trabajo interpretativo del recientemente fallecido Udo Kier, cuya pequeña aparición en el mejor tiempo muerto —y quizá el cénit humorístico de la película, sin dejar de ser una secuencia algo jodida— no hace más que elevar a una película que ya habitaba en la grandeza; junto a los secundarios la película se deja ver como un desfile alucinante de buenas y grandes interpretaciones. A nivel de estructura el relato se deja ver como una bella forma de entrelazar dos tiempos distintos, sin dejar de depender uno del otro; incluso podríamos decir que el denominador común de estas películas es el de un hijo y el recuerdo que conservará —o no— de su progenitor(a), que permite a la película tener una bella y melancólica coda. La música se lleva todas las palmas que le podemos dar, no solo por el buen gusto que tiene el director, sino por el uso de esta, ya sea diegético o extradiegético —este último en un alucinante clímax— .
Finalmente, la recreación de la ciudad de Recife es exquisita, desde los preciosos coches, barrios y plazas enteras, hasta las cabinas telefónicas, y la película se mesura al mostrar estas virtudes. Todas las piezas funcionando como debe de ser para entregar lo que sin duda alguna es uno de los hitos más grandes del cine latinoamericano reciente, una de las mejores películas del año y, por qué no, una obra maestra —pese a que a veces un par de antagonistas parecen de trazo grueso, algo aún más visible en «Bacurau», pero para nada deleznable— que vivirá en nuestra memoria tras un glorioso primer visionado.
