A seis décadas de su lanzamiento, Revolver sigue siendo el punto en que los Beatles dejaron de pensar como una banda de escenario y comenzaron a utilizar el estudio como un instrumento más. Entre pop barroco, psicodelia, música india y experimentación sonora, el álbum marcó el inicio de una nueva era para el cuarteto de Liverpool.
Por: Sergio Herrera Deza
Hay discos que resuenan en una época. Sus canciones inundan las radios, son temas frecuentes de conversación y logran tender puentes entre generaciones. Pero no todos trascienden. Muchos terminan olvidados y, con suerte, son reivindicados décadas después como obras de culto por pequeñas tribus de aficionados. Este álbum no es el caso. Han pasado seis décadas desde su lanzamiento, pero sigue asombrando por su madurez lírica y versatilidad de estilos. Cualidades que lo han convertido en una fuente casi eterna de inspiración para nuevas generaciones de artistas.
Hablo, por supuesto, de Revolver, de The Beatles. Lanzado el 5 de agosto de 1966 en el Reino Unido, su propio título encierra un juego de palabras: el revólver como arma y, sobre todo, el disco que gira —revolves— sobre un tocadiscos. Una imagen bastante apropiada para un álbum que terminaría haciendo girar también la carrera de sus autores hacia una dirección completamente distinta.
La evolución del cuarteto de Liverpool había venido in crescendo. Desde la aparición de letras más introspectivas en Beatles for Sale (1964) y Help! (1965), hasta la incursión en un folk mucho más maduro con Rubber Soul (1965). Este último fue un disco bisagra en el que las melodías pop comenzaron a enriquecerse con instrumentos hasta entonces ajenos al universo Beatle, como el clavicordio o el sitar indio.
Pero es Revolver el álbum que expande definitivamente la paleta hacia nuevos horizontes. Puede mirar hacia atrás y evocar el Barroco, acercarse a la música india o impulsarse hacia adelante mediante efectos sonoros que parecían llegados del futuro. Y, sobre todo, representa el momento en que los Beatles que existían sobre un escenario comenzaron a separarse de aquellos que se encerraban en el estudio. La música avanzaba a una velocidad que sus conciertos ya no podían seguir.
El disco inicia con Taxman, la historia del recaudador de impuestos que anuncia una nueva era. George Harrison, el benjamín del grupo, ya era capaz de abrir un álbum y, además, introducir la crítica social en el universo Beatle. Tenemos una sátira mordaz contra los elevados impuestos que afrontaban las grandes fortunas británicas bajo el gobierno laborista de Harold Wilson.
La acidez de la letra se traslada al ritmo agresivo y, obviamente, al magnífico solo distorsionado de guitarra eléctrica. Una cortesía de Paul McCartney, quien dejaba momentáneamente el bajo para demostrar que tampoco se defendía nada mal con las seis cuerdas.
El popular Macca no tarda en aparecer con Eleanor Rigby, una obra maestra del pop barroco que condensa en poco más de dos minutos la historia de una mujer condenada a la soledad. Las armonías de Lennon, McCartney y Harrison resultan fundamentales, pero el gran protagonista instrumental es un doble cuarteto de cuerdas: ocho músicos que sustituyen por completo a la instrumentación convencional de una banda de rock.
A esas alturas, la pregunta resultaba inevitable: ¿cómo tocar algo semejante frente a miles de adolescentes en un estadio?
Esa incompatibilidad entre estudio y escenario reaparece en I’m Only Sleeping, carta de presentación de John Lennon sobre su conocida afición a dormir durante los escasos periodos ajenos a giras y grabaciones. Tenemos aquí otro exponente del rock psicodélico. Su voz somnolienta y las líneas de guitarra reproducidas en reversa delinean una escena sacada de un sueño pesado, aunque extrañamente estimulante.
En 2022, el canal oficial de los Beatles le dio incluso un videoclip compuesto por más de 1300 pinturas al óleo. A lo largo de tres minutos, Lennon sueña escenas cotidianas de su vida con la banda y postales mucho más fantásticas. Cuesta imaginar una recreación audiovisual más apropiada para el proceso creativo que dio origen a la canción. También cuesta ignorar cuánto anticipaba esta clase de experimentación a obras psicodélicas todavía más oscuras que aparecerían poco después.
Luego llega la cuota india de Harrison con Love You To, tema de buenas melodías vocales, aunque, para mi gusto, algo lastrado por el exceso de instrumentación en su recta final. Por suerte, la sutileza regresa inmediatamente con Here, There and Everywhere, una de las composiciones más hermosas de McCartney y bastante devota de los mejores Beach Boys de Pet Sounds.
Es una maravilla pop de armonías vocales casi cincuenteras sobre la importancia de una mujer en la vida de su pareja. Siempre lamenté que los Beatles no se decidieran a incluirla en el repertorio de sus últimas giras. Quizás tampoco habría resultado sencillo hacer justicia sobre el escenario a una canción tan delicada.
Seguimos con Yellow Submarine, la simpática canción infantil interpretada por Ringo Starr y poblada de efectos que nos sumergen en la ambientación surrealista de un submarino amarillo y su travesía por aguas desconocidas. Los coros del final nos hacen sentir parte de una enorme tripulación de marineros. En medio de crítica social, introspección, psicodelia y romance, rescatar al niño interior tampoco viene mal.
No sorprende que, un par de años después, aquel submarino terminara inspirando la única película animada protagonizada por versiones ficticias de los Beatles.
El retorno a temas más adultos se manifiesta en la ácida She Said She Said. La pesimista línea “She said: I know what it’s like to be dead” se remonta a unos comentarios del actor Peter Fonda sobre un disparo accidental sufrido durante su infancia. Podría haber quedado como otra de aquellas composiciones de Lennon llenas de frases excéntricas, pero el riff de guitarra y las armonías vocales le otorgan una personalidad difícil de confundir.
Como nota curiosa, McCartney no participó en la grabación final después de una discusión durante aquella sesión. Fue además una de las últimas canciones completadas para el álbum. Y la verdad es que la improvisación no se nota en absoluto.
Damos la vuelta al LP original de 1966 y abrimos con la optimista, aunque algo repetitiva, Good Day Sunshine. El ritmo de music hall y los buenos juegos de voces la salvan de ser una canción mediocre, pero su acompañamiento siempre me ha parecido demasiado simple. Por momentos, la voz de Paul se siente muy sola en la mezcla. Afortunadamente, un año después sabría rendir un homenaje bastante más memorable a la música que escuchaba su padre Jim con When I’m Sixty-Four.
El usualmente más pesimista Lennon parece contagiarse del ánimo de su compañero con And Your Bird Can Sing, poseedora de algunas de las mejores guitarras que hayan aparecido en una canción Beatle. Puede ser breve, pero sus dos minutos desprenden una energía irresistible.
Como suele ocurrir con Lennon, abundan las teorías sobre su letra. Que si era una respuesta a la prensa conservadora, una burla hacia Mick Jagger o simplemente una colección de frases crípticas que encajaban bien en la melodía. Quizás ni siquiera él habría sabido explicarla del todo.
El mensaje sí queda mucho más claro en el siguiente tema: For No One.
Una joya del pop barroco en la que McCartney describe una relación que ha llegado prácticamente a su fecha de vencimiento. Ya había abordado el desgaste amoroso en You Won’t See Me, pero aquí el desencanto alcanza otra dimensión. No hay grandes reproches ni dramatismo exagerado: solo la dolorosa constatación de que una persona dejó de necesitar a la otra.
Todo viene acompañado por un precioso solo de corno francés y un clavicordio que aporta una elegancia casi antigua. Cuesta creer que un ser humano de apenas 24 años pudiera condensar en tan poco tiempo la frustración de una relación fallida y hacerlo con semejante belleza.
Aunque pasen los años, sigue siendo mi canción favorita de Revolver. Representa el equilibrio perfecto entre comercialidad y arte. Una virtud que muy pocos músicos, más allá de los propios Beatles, han logrado dominar.
Para mí, el disco ya no vuelve a alcanzar semejante cima melódica, pero los Fab Four siguen estando en muy buena forma.
Doctor Robert es la oda de Lennon a un médico dispuesto a proporcionar toda clase de sustancias a sus ilustres clientes. Antes de que su arranque relativamente convencional pueda aburrirnos, aparece un puente psicodélico que recrea con bastante soltura esa sensación de bienestar artificial provocada por un alucinógeno.
Volvemos a terrenos más emocionales con I Want to Tell You, la tercera composición de Harrison y una de las piezas más infravaloradas de toda su carrera. El piano y la percusión de Ringo adquieren protagonismo entre cada sección, mientras las armonías de McCartney vuelven a recordar la fascinación del grupo por la música india.
La letra recupera aparentemente la temática amorosa de los primeros Beatles, pero con un concepto bastante más universal: la dificultad de expresar lo que uno siente. Afortunadamente, George la rescataría décadas después para sus conciertos, como puede comprobarse en el altamente recomendable Live in Japan de 1991.
Llegamos a la recta final con Got to Get You Into My Life, homenaje de McCartney al soul estadounidense y a los sonidos de Motown. La letra parece hablar de un enamoramiento repentino, aunque el propio Paul terminaría reconociendo que aquel flechazo estaba dirigido en realidad a la marihuana.
Al margen de la anécdota, es una composición en la que McCartney vuelve a desplegar ese registro vocal poderoso que ya había utilizado en canciones como She’s a Woman o Long Tall Sally. La sección de vientos le brinda además una fuerza inusual dentro del catálogo del grupo hasta entonces.
Y llegamos a Tomorrow Never Knows.
Probablemente ninguna canción explique mejor por qué Revolver era incompatible con los Beatles que todavía recorrían el mundo ofreciendo conciertos de media hora.
Cintas reproducidas al revés, loops, voces procesadas, percusión hipnótica y una letra inspirada en la idea de la “muerte del ego” que Lennon asociaba a sus experiencias con LSD. Para 1966, aquello debía sonar como una transmisión procedente de otro planeta.
Reconozco completamente su enorme valor histórico y la influencia que ejercería sobre incontables músicos posteriores. Sin embargo, nunca ha estado entre mis favoritas. Su dependencia de prácticamente un solo acorde termina resultándome monótona y, si retiramos buena parte de los efectos de estudio, la estructura queda bastante limitada.
Sé que para muchos beatlemaníacos decir esto roza la herejía, pero habría preferido que el disco cerrara con Rain, la extraordinaria cara B de Paperback Writer. Cuestión de gustos.
Entonces, ¿qué podemos concluir?
Primero, lo más trillado: Revolver es una obra maestra y un álbum que cualquier melómano debería escuchar al menos una vez con atención. Tiene momentos de fácil escucha y otros mucho más densos, pero encontrarse con él representa una excelente oportunidad para eliminar prejuicios sobre aquella imagen excesivamente comercial que todavía algunas personas mantienen de los Beatles.
Más aún si recordamos que cuando grabaron este disco seguían luciendo los icónicos peinados moptop, símbolos máximos de la Beatlemanía.
Y, más importante todavía, seguían saliendo de gira.
Ese mismo verano de 1966, los Beatles continuaban presentándose ante estadios repletos con repertorios breves donde predominaban canciones compuestas varios años atrás. Ninguna pieza de Revolver apareció en aquellos conciertos.
Simplemente no era posible.
¿Cómo subir al escenario a ocho músicos de cuerda para interpretar a Eleanor Rigby? ¿Cómo reproducir noche tras noche las cintas de Tomorrow Never Knows con la tecnología portátil de 1966? ¿Qué pensarían los adolescentes del público al ver a Paul McCartney sentado frente a un clavicordio después de haberlo escuchado gritar la rocanrolera I’m Down?
Los Beatles públicos, aquellos que todavía interpretaban prácticamente los mismos setlists de treinta minutos que rara vez alguien podía escuchar entre los gritos, comenzaban a separarse de los Beatles privados que se divertían en el estudio superponiendo cintas, invirtiendo guitarras, convocando músicos clásicos y experimentando con instrumentos orientales.
Unos seguían perteneciendo a la Beatlemanía. Los otros ya estaban construyendo el futuro.Habían encontrado sus propias columnas de Hércules, los límites de aquel mundo conocido. Y no pensaban mirar atrás.
Puntuación: 9/10
- Taxman (9/10)
- Eleanor Rigby (9,5/10)
- I’m Only Sleeping (9/10)
- Love You To (7/10)
- Here, There and Everywhere (10/10)
- Yellow Submarine (8/10)
- She Said, She Said (9/10)
- Good Day Sunshine (7/10)
- And Your Bird Can Sing (9/10)
- For No One (10/10)
- Doctor Robert (7,5/10)
- I Want To Tell You (8,5/10)
- Got to Get You Into My Life (8/10)
- Tomorrow Never Knows (7,5/10)
Sergio Herrera Deza
Periodista y escritor nacido en Lima el 5 de septiembre de 2001. Licenciado en Comunicación y Periodismo por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), donde ocupó el primer puesto de su promoción y fue valedictorian de la Facultad de Comunicaciones. Ha sido ganador del UPC Film Festival, Talento Periodístico UPC y el premio ADN UPC al Mejor Artículo Deportivo. Ha trabajado en medios como COSAS y AméricaEconomía y actualmente es productor y redactor de contenidos en Sectoriales, plataforma de Semana Económica y Seminarium Perú. Es columnista de Cuenta Artes, donde escribe sobre música y cultura. Es autor del perfil periodístico Y no podrán matarlo, dedicado al actor Reynaldo Arenas, y de los cuentos “Estrella fugaz” y “Los gemelos de jade”, este último reconocido con el cuarto lugar en el XXII Concurso Bienal Nacional de Cuento “Germán Patrón Candela”.
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