Por: Aarón Alva
La visita de un artista de primer nivel siempre permite medir algo más que la calidad de una interpretación: revela también el estado de una escena cultural y las prioridades de su público. Eso ocurrió la semana pasada con la llegada a Lima del guitarrista español Rafael Aguirre, una de las figuras más sólidas de la guitarra clásica actual.
Aguirre ofreció dos actividades en la ciudad. La primera fue su concierto en el Teatro Municipal de Lima, junto a la Orquesta Teresa Quezada, donde interpretó el Concierto de Aranjuez y la Fantasía para un gentilhombre de Joaquín Rodrigo. La segunda, un conversatorio en la Universidad Nacional de Música. En ambas ocasiones dejó la misma impresión: técnica impecable, musicalidad madura, dominio escénico y una cercanía poco frecuente en artistas de su nivel.
Quienes lo escuchamos en vivo confirmamos lo evidente: se trata de un músico plenamente consolidado en el circuito internacional. Su virtuosismo nunca aparece desligado del sentido musical; cada obra encuentra en sus manos una lectura personal, equilibrada entre rigor estilístico y libertad expresiva. A ello suma una comprensión contemporánea de la carrera artística: presencia inteligente en redes sociales, comunicación directa con el público y disposición constante para compartir experiencia con nuevas generaciones.
Sin embargo, la visita de Aguirre invita también a otra reflexión. Desde que se anunció su llegada, la expectativa entre guitarristas, estudiantes y aficionados fue considerable. Resultó llamativo, por ello, que la noche del miércoles el Teatro Municipal de Lima mostrara varias butacas vacías. No ocurrió lo mismo en recientes presentaciones organizadas por la misma productora, como las de Yuja Wang, James Ehnes o Steve Hackett, aunque este último convoque a un público distinto.
No parece existir una sola explicación. Más bien, la asistencia probablemente respondió a la coincidencia de varios factores. En esos mismos días Lima recibió conciertos masivos de Dream Theater, Sebastián Yatra, Megadeth y Mac DeMarco. En una ciudad con presupuesto cultural limitado para gran parte del público, la simultaneidad de ofertas siempre influye.
En lo referente a publicidad, sí la hubo y bastante. Al menos en redes como Instagram y TikTok, muchas cuentas anunciaban el concierto de Aguirre y se promocionaban sorteos de entradas. También hubo notas y entrevistas de medios como El Comercio, Caretas, La República, revista Cosas, entre otros, y, por supuesto, la entrevista que le realizamos en Cuenta Artes. Pueden leerla aquí.
Si pensamos en la acostumbrada agitada situación política, podríamos apuntar que esa noche el Centro de Lima recibió a dos manifestaciones: una en la Plaza 2 de mayo; y la otra en el Jurado Nacional de Elecciones. Aun así, estas no convocaron a multitudes. Recordemos que la noche del concierto del violinista James Ehnes, el congreso movía sus fichas para vacar a Dina Boluarte, hecho que se supe desde la tarde, pero… de igual modo el Teatro Municipal se llenó.
Me animo a considerar otra hipótesis. No hace mucho, en septiembre del año pasado, el guitarrista español Pedro Mateo interpretó el Concierto de Aranjuez en el Teatro Mario Vargas Llosa de San Borja a auditorio lleno. A los pocos días, escribí aquí mismo un artículo sobre las tantas veces que dicho se había presentado en Lima. Hay que decirlo en claro: si bien Rafael Aguirre es un guitarrista mucho más conocido que su colega y paisano Pedro Mateo, no creo que lo sea por TODO el público que asiste a este tipo de recitales. Sabemos que al hablar de guitarra clásica la frase Concierto de Aranjuez es quizá el soporte más famoso para ofrecer y vender un concierto, pero, ¿Qué tan seguido puede funcionar?, ¿más todavía en Lima? Por más que la frase para promocionar a Rafael Aguirre haya sido “la sensación mundial de la guitarra clásica”, tal vez gran parte del público local no músico que, repito, desconocen al guitarrista español nacido en Málaga, sintió que iría a ver una repetición del concierto. No quisiera pensar que la guitarra clásica no es capaz de llenar conciertos tal como otros instrumentos. A decir, verdad, no creo que el motivo vaya por ahí. Sin embargo, y esto a título personal, ya que ahora se conoce más a Rafael Aguirre en Perú, qué maravilloso sería verlo de nuevo por aquí, (o a otro guitarrista de su mismo nivel) interpretando, por qué no, un concierto peruano y/o latinoamericano de guitarra y orquesta. ¿Tan difícil sería vender aquella propuesta?
No se trata, desde luego, de cuestionar la vigencia de una partitura inmortal, sino de pensar la programación local. La guitarra clásica posee un repertorio vastísimo, y América Latina cuenta además con conciertos y obras de enorme valor que rara vez se escuchan en nuestras salas. Sería estimulante que futuras visitas de artistas de esta categoría incluyan también música peruana o latinoamericana para guitarra y orquesta. No solo ampliaría horizontes estéticos: también ayudaría a construir identidad. ¿Sería tan difícil vender y promocionar dicho evento?
Dos días después del recital, Aguirre ofreció una charla en la Universidad Nacional de Música que resultó tan valiosa como el concierto mismo. Contra lo que algunos podrían pensar, una charla también puede aportar mucho a una comunidad. Habló sobre los cambios en la carrera musical contemporánea, donde los concursos ya no representan el único camino al reconocimiento y donde la tecnología ha abierto nuevas formas de proyección profesional. Mencionó también el avance de la escuela guitarrística en cuanto a los maestros, quienes ya no solo enseñan desde su silla y escritorio en el salón de clase, sino principalmente desde su actividad musical, sea como concertistas, compositores o gestores. Finalmente, Aguirre deleitó a los asistentes con dos excelentes piezas del repertorio para guitarra: El último trémolo, de Agustín Barrios, y Torre Bermeja de Isaac Albéniz. Escuchar la música en sus manos, no hizo más que reafirmar las palabras de Andrés Segovia: “Creo que la guitarra es el instrumento más bello que la humanidad ha creado”. Puede que la frase obedezca a un gusto personal, pero al menos durante los minutos que oímos a Aguirre, la música alcanzó su estado sublime de arte por excelencia. Gracias por eso, Rafael Aguirre. Ojalá no pasen otros quince años para volver a escucharte por aquí.
