Por Mijaíl Otárola
Desde que se dio a conocer este proyecto como el nuevo trabajo de Phil Lord & Christopher Miller —autores de esa cumbre del cine de animación que es The Lego Movie— los cinéfilos más apasionados esperábamos con mucha intriga cómo volcarían todo su talento —prácticamente de autor— en su primera incursión dentro del género de la ciencia ficción. La respuesta es contundente: aprehendieron lo suficientemente bien su material homónimo de origen, por lo que mesuraron todo el imaginario infinito con el que pudieron haberlo barnizado. Confiando en la fuerza de su historia, la dupla decidió un trabajo más «artesanal», pero por la naturaleza de su imaginería bicefálica, inevitablemente muestra en sus diálogos —y principalmente en su delirante sentido del humor— su sello autoral. Es por eso que refrescan tópicos que ya vimos en muchísimos lados, desde la gran odisea espacial al estilo de Interestelar, hasta la problemática de la comunicación con los alienígenas de, por ejemplo, Arrival. Tan radical es su visión que, pese a que la película posee estos elementos y muchísimas ideas, Project Hail Mary podría describirse como un bromance en el espacio. Y uno de los grandes. Su puesta en escena está completamente al servicio de su aventura lúdica, pero sin dejar de tener un fuerte componente dramático —algo que demostraron ya en su obra cumbre—. La película transcurre entre la odisea en cuestión que da nombre a la cinta y una serie de flashbacks llenos de una muy emocionante camaradería que recuerda a The Martian —película dirigida por Ridley Scott basada en el libro homónimo cuyo autor escribió el libro Project Hail Mary—. Pero pronto tomará un rumbo un tanto más deprimente y extraño, que casi no se siente gracias a la increíble cantidad de gags, que parecen ser necesarios para poder ver de otra manera varias de las cosas que plantea la película, principalmente a lo que tanto llamamos hogar y qué tan cierto es si este está necesariamente conformado por nuestra propia especie. La puesta en escena está mucho más controlada que en sus anteriores trabajos, y por eso mismo es efectiva en todo momento, porque recuerda mucho a las mejores películas de aventura naif que entregaban directores de la talla de Spielberg y Zemeckis, salvando ligeramente las distancias. Acá hay un equilibrio finísimo entre el deleite visual que entrega el espacio exterior y el intimismo que radica en la interacción de colegas —sean o no de la misma especie—. Y esto funciona por sus actores, pero claro, Ryan Gosling brilla y aguanta cada plano de la película como pocos actores del momento, trabajando en el registro perfecto para el tono requerido. Sandra Hüller brilla lo suficiente en sus varias apariciones, pero es su sorpresivo coprotagonista con quien Ryan Gosling, y la película, tocan techo —pese a ser otro tópico que ya vimos en muchísimas ocasiones—. Sin embargo, no quiero venderla mal, esta historia tendrá tópicos ya vistos, pero está plagada de ideas nuevas y fascinantes —su final dejará a todos meditando un buen rato— que permiten, junto a la mano maestra de sus directores, elevarla por lo alto y consagrarla como la primera obra maestra y, esperemos así sea, la primera de la tríada de grandes películas de ciencia ficción de este año, junto a Disclosure Day y Dune: Part Three, de Steven Spielberg y Denis Villeneuve, respectivamente.
La solemnidad, y los rostros —como se dice en la película— están sobrevalorados. Un par de los más grandes artistas trabajando para Hollywood de los últimos años lograron elevar un género tan vasto como la ciencia ficción con la más lúdica y emocionante comedia. No la dejen pasar y mírenla en la mejor sala de cine que puedan.
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