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A través de los géneros por Carmen Ollé

Por Carmen Ollé

Hay libros que desde un inicio nos plantean una pregunta misteriosa: ¿para qué y para quién o porqué han sido escritos? Igual que en el caso del origen de las especies, sabemos aproximadamente cómo y cuándo aparecieron, pero no el porqué.

     Para Rodolfo Agrícola, en el siglo XVI, uno escribe para enseñar, para conmover, para deleitar. En la actualidad, la mayoría de las novelas solo entretienen, son el producto de un gran negocio de las libreras transnacionales. Pero hay autores que escapan al mercado e imponen sus propias reglas.

     En Amberes (2002), por ejemplo, Roberto Bolaño anota en el prólogo: “Escribí este libro para mí mismo, y ni de eso estoy muy seguro. Durante mucho tiempo sólo fueron páginas sueltas que releía y tal vez corregía, convencido de que no tenía tiempo. ¿Pero tiempo para qué? Era incapaz de explicarlo con precisión. Escribí este libro para los fantasmas, que son los únicos que tienen tiempo porque están fuera del tiempo”. Bolaño lo escribió en sus noches de insomnio, cuando todavía era un poeta maldito, y lo publicó 20 años después. Gracias a su fama posterior como novelista, pudo “lanzar” al mercado Amberes, un texto inclasificable, bajo el paraguas de su obra máxima Los detectives salvajes (Premio Herralde de Novela y Premio Rómulo Gallegos), porque Amberes, como Giacomo Joyce de James Joyce, estaban destinados a permanecer en el velador de sus creadores como un símbolo de libertad, que no calza con los fines crematísticos y utilitarios de esta época.

     Amberes difumina las fronteras entre los géneros, tiende puentes entre la poesía en prosa –no la prosa poética que poco o nada dice, salvo a la oreja musical a través de las salvas retóricas– y el microrrelato.

     Las prosas de Amberes cuentan un episodio generalmente biográfico del mismo Bolaño, cuya juventud transcurrió entre los campings –donde trabajaba eventualmente– y las bibliotecas públicas y la de sus amigos.

Tanto “Amberes”, la prosa que da título al libro, como “El vagabundo” o “Gente que se aleja” están construidas a la manera de las Iluminaciones de Rimbaud.  De las Iluminaciones, dice Hugo Friedrich que son “miniaturas” imposibles de articular según su contenido.

Cada frase opera como un verso que rompe la lógica del lenguaje y el sentido común. Trozos de conversaciones, perfiles huidizos de mujeres amadas, la luna llena: “Dijo que quería estar sola”… También yo quise estar solo. En Amberes o en Barcelona. La luna. Animales que huyen. Accidente en la carretera. El miedo”.

Para Friedrich, las Iluminaciones “son un texto que no tiene en consideración al lector. No pretenden que se las comprenda. Son una tempestad de descargas alucinantes, que a lo sumo espera despertar aquel miedo ante el peligro que hace brotar precisamente la afición a éste”. Es más, dice que “son el primer gran monumento de la imaginación moderna convertida en algo absoluto”.

       Amberes y Giacomo Joyce son libros que anuncian una obra innovadora. Amberes a Los detectives salvajes; Giacomo Joyce al autor de Ulises. En Giacomo Joyce, lo que más asombra al lector iniciado, que no busca “entender” sino el placer de entender estos “textos para nada”, es la dimensión poética del universo narrado.

       Giacomo Joyce tiene apenas 16 páginas, en las que Joyce cuenta su atracción erótica por una de sus jóvenes alumnas en Trieste. Fue escrito entre los años 1911 y 1914 y permaneció inédito hasta 1968, cuando apareció por primera vez en Estados Unidos. Según sus biógrafos, Joyce nunca quiso publicarlo, pero usó partes del texto en sus obras más conocidas como El artista adolescente y Ulises.

      Si el lector de narrativa moderna muere por la intriga y se debate por la fábula o la historia, en Giacomo Joyce no las va a echar en falta, pero que no espere una historia lineal al modo tradicional.

Cada párrafo, incluso cada línea, tiene su propia historia e intriga y, como en Amberes, la naturaleza poética es inevitable, porque así están hechos y no son necesarias las justificaciones ni los porqués.

 Giacomo Joyce empieza de este modo:

“¿Quién? Un pálido rostro rodeado de pesadas pieles olorosas. Sus movimientos son tímidos y nerviosos. Usa impertinentes.

Sí: una breve sílaba. Una breve risa. Un breve batir de pestañas”. Son básicos los espaciados, las sangrías, las elipsis para urdir la trama con sutileza. Solo tenemos que ser todo oídos, toda piel, para sentir la embriaguez.

El procedimiento es metonímico; el narrador describe a la joven, sus clases, el entorno, mencionando solo algunos detalles, eso exige que el lector y la lectora se abandonen, no se resistan a la magia de las palabras, que siempre nos cuentan algo, nunca están vacías:

 “Caligrafía de telaraña, trazada larga y finamente con desdén silencioso y resignación: una joven de calidad”.

 “Me lanzo a una fácil ola de palabras tibias: Swedenborg, el seudo-Areopagita, Miguel de Molinos, Joaquín Abbas. La ola se extingue. Su condiscípula, retorciendo el retorcido cuerpo, ronronea en un italiano-vienés deshuesado: Che coltura! Las largas pestañas se abren y se baten: una aguja candente pincha y tiembla en los iris aterciopelados”.

El final de este bello y breve texto se puede revelar sin temor a aguarle la fiesta al lector y es tan fascinante como el inicio; termina como empezó, deleitando:

    “Tornada: Ámame, ama mi paraguas”.

 

Pueden ver el artículo en la versión PDF, publicado en la edición 8

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Edición 8: Conciencias

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