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Giacomo Roncagliolo: «No pienso que la actualidad esté empeorando u oscureciendo nuestros vínculos.»

Por: Aarón Alva

Hace unos días el escritor y músico Giacomo Roncagliolo presentó El fantástico sueño de aniquilar esto, su segunda novela, publicada bajo el sello Literatura Random House. La obra, cuyo eje narrativo es el extravío de una adolescente, explora diversos temas, entre los cuales destaca el riesgo y posible alcance de la tecnología moderna, cada vez más desconcertante. Mediante personajes de tres distintas generaciones (adolescentes, adultos, ancianos) el autor recrea un escenario plagado de angustia, dudas y posibles culpas a raíz del hecho central y otras causas, introduciendo hábilmente al lector en un juego de extrañas dimensiones virtuales. La secuencia inicia con Jaime, un adicto a la pornografía, quien se ve envuelto de modo indirecto en la repentina desaparición de Lucía, prima adolescente de su novia Paula. A partir de allí aparecen una serie de personalidades, familia y amistades, y hasta “gurús” cibernéticos que calibran realidades contrapuestas, donde la comunicación íntima y personal ha sido desplazada en favor de dudosas opciones de salvación; todo ello decorado por manifestaciones propias de la pantalla digital, como los famosos creepypastas, mención a youtubers, ventanas de chat, la Deep web y un largo etcétera.

Roncagliolo es también músico guitarrista y ha integrado bandas de la escena rockera peruana, como Santa Cachucha, Gomas y actualmente Luis Guzmán. Al respecto, conversamos con el autor sobre su novela y la movida musical.

Tu novela plantea una realidad paralela, una especie de más allá tecnológico. Coméntanos sobre el origen de esta idea.

Creo que el origen más lejano es «Serial Experiments Lain», serie anime de 1998 que seguramente yo vi alrededor del año 2002. Un amigo me prestó el VHS con los tres primeros capítulos, y en ellos se contaba la historia de una escolar que entraba en contacto, a través de una sala de chat, con una compañera que días antes se había suicidado. No supe cómo continuaba la historia porque hasta ahí nomás llegaba ese VHS, pero la idea se me quedó.

Es una idea que aparece de distintas maneras en muchas ficciones. Quizás no específicamente ese más allá después de la muerte, pero sí ese más allá tecnológico como un espacio que podemos habitar. Está «Tron» (1982), la película con Jeff Bridges; «Neuromante» (1984), la novela de William Gibson; «Matrix» (1999); incluso una novela relativamente reciente, como «Los cuerpos del verano» (2012), de Martín Felipe Castagnet, en la que la muerte traduce la existencia/identidad a una especie de archivo que puede quedar flotando los años que haga falta en internet, a la espera de un cuerpo donde volver a quemarse.

No es una idea nueva y pienso que quizás responde a la necesidad que tenemos de darle imagen a eso que llamamos «internet». Así como en nuestros mitos y fantasías extraterrestres les damos cuerpos antropomorfos a dioses y aliens, la forma en que intentamos explicar internet hace que lo imaginemos como lugar. En la novela lo que traté fue de emparentar todos esos espacios que no son espacios pero que así imaginamos: internet, el más allá, el mundo de los sueños, los viajes con sustancias… Nos gusta pensar que en esta realidad no se acaba todo, que en paralelo existen otras dimensiones, con vías distintas de acceso. Calculo que es nuestra inconformidad con el mundo que nos tocó. La idea fue surgiendo un poco por ahí.

Es interesante cómo el narrador central va construyendo su otro yo mediante una culpa dilatada, incluso casi venerada en contra de sí mismo. ¿Propio del tiempo actual y su propensión a juzgarlo todo?

No veo que la culpa esté tan vinculada a una actualidad (sea cual sea su configuración, que, me parece, aún está en debate). La entiendo más como parte de la angustia que conlleva estar vivo, simplemente; la angustia de existir y de existir en sociedad.

En el caso específico de Jaime, la culpa que siente parece preceder los actos por los que podría, quizás, ser juzgado. Es un tipo que sufre por la sensación de estar fallándoles a todos, quiera o no reconocerlo. Y que encuentra en internet una manera de anclar esa culpa a algo material (aunque, como todo en internet, probablemente tampoco lo sea). Allí el catálogo es amplio y sus impulsos, sean naturales o contaminados por una cultura actual, le dibujan una trayectoria donde se difumina aquello que desea de aquello que aborrece: ese otro yo que comienza a salir a la superficie y que no sabe si existió desde siempre (en él, en nosotros) o a partir de un punto cronológico que pueda señalarse con exactitud.

Más que pensar en una culpa «propia de estos tiempos», siento que nuestra actualidad (dentro y fuera de la digitalidad, si acaso existe esa frontera) nos va dando nuevas formas de darle nombre a esa angustia. Las puertas gratuitas hacia la pornografía, por ejemplo, ofrecen un campo abierto para mediar y negociar nuestra sexualidad y sus límites. ¿Y dónde encuentra uno más culpa que en eso?

Tu obra atiende tres generaciones: adolescentes, jóvenes y adultos mayores. En el caso del padre anciano y enfermo, su mayor tragedia no es la muerte, sino la desconexión con su hijo, quien prefiere recurrir a una especie de gurú del ciberespacio. ¿Cómo percibes la conexión y comunicación moral entre generaciones? ¿Se ha debilitado?

No tengo una lectura sobre si de verdad se ha debilitado la conexión entre generaciones diferentes. Es de esas preguntas que solo hallan opiniones y versiones, o a lo mejor estadísticas que poco se vinculan con lo que en realidad sentimos. María José Caro anotó con gran ojo que la generación a la que pertenece el narrador, Jaime, es una generación de adultos que, incluso ya entrados en sus treintas, siguen definiéndose en gran medida «por ser hijos». Creo que hay mucho de eso en la novela: un tipo de treinta años que sigue comportándose como un adolescente caprichoso, torturado por la relación con sus padres, con su hermano con el que alguna vez compartió habitación y casa. ¿Pero eso qué quiere decir? ¿Hay mayor o menor conexión? Ni idea.

A mí me interesó pensar en qué consiste ser un hijo de clase media alta en Lima, en qué consiste ser un joven «independiente» aquí, y en general en cómo se vincula una familia blanca que tiene esas coordenadas. Determinar si ese vínculo está debilitado en comparación a lo que sucedía una o dos décadas atrás me excede. Aunque por supuesto rema en mí el mismo pesimismo que a veces queremos sentir todos. Pero también hay cosas buenas, pienso, sentimientos que nos conmueven, conexiones inesperadas. La novela, espero, también explora en cierta medida esas áreas más luminosas.

Al respecto, en la novela aparecen muchas ventanas de chat, pero estas no traslucen una comunicación emocional, íntima, ni de ayuda entre los personajes. Más conectividad, pero menos conexión personal. ¿Gran ironía de la modernidad?

De nuevo, no pienso que los tiempos actuales estén empeorando u oscureciendo nuestros vínculos. Quizás solo evidencian, en nuevas maneras, una incomunicación que es muy propia de los humanos. Por supuesto que los chats traslucen diálogos fríos, prácticos, de pocas palabras, enfocados en objetivos claros, emocionalmente parcos. Así solemos usarlos, incluso en situaciones que ameritan mayor sentimiento (como las que ocurren en la novela). Quería plasmar ese contrapunto entre lo que los protagonistas sienten y lo poco que expresan cuando escriben por WhatsApp o Instagram. Pero es algo muy parecido a lo que sucede con el trabajo de diálogos en general. El personaje piensa A pero dice B, y además lo dice de esta forma o la otra, dependiendo de si habla, si chatea, si escribe una carta. Me gusta que por ratos los personajes digan las cosas como las dirían. Y aunque a veces haya en eso una emoción censurada, no significa que no se estén muriendo por dentro, enviando una señal del humo a ver si la ayuda llega, probando al otro también: «¿realmente te importo?, ¿Cuánto me quieres?, ¿acaso no entiendes lo que te quiero decir?».

A su vez, sociólogos como Giles Lipovetsky, consideran que la juventud ha desplazado el caos existencial que genera la muerte, gracias a la sobreestimulación producida por el placer y la interconexión. ¿Consideras esto dañino? ¿O es más bien un mecanismo de defensa ante la nada?

Muchas dudas sociológicas para las que no tengo respuesta. La sobreestimulación, el placer y la interconexión me parecen conceptos neutros. Solo puedo hacer mi lectura de ellos a partir de lo que me tocó a mí: un niño que tuvo cierto acceso a internet desde los nueve años y que muy pronto pudo ver y experimentar cosas para las que tal vez no estaba listo. ¿Chatear con gente anónima en LatinChat ayudó a desplazar mi angustia? ¿Acaso lo hizo entrar todas las noches a Messenger, desde una cabina, para hablar con mis amigos y con la chica que me gustaba? Si lo hizo, muy bien. Hay que enfrentar el abismo de vez en cuando, pero también vale recordar que es imposible vivir 24/7 de cara a él. Así que gracias por la interconexión, las drogas, lo que sea que nos distraiga. Si hablamos del consumo de pornografía, su versión actual nos define y seguramente también nos ayuda a desplazar: Xvideos está en el top 10 de páginas más visitadas en el mundo; Pornhub, en plena pandemia, hizo gratuito su contenido premium, casi como ayuda humanitaria para la cuarentena. Pero también imagino que a cada época le correspondió algún «mecanismo de defensa». Hay daño pero, también hay soporte. «¿La cura resulta más mala que la enfermedad?». Cero respuestas. Y también me importa poco, quizás justamente porque lo veo como un ida y vuelta que solo revela nuestra urgencia por recibir un diagnóstico. Pero ese diagnóstico probablemente nunca llegue. Además, yo sí le tengo miedo a la muerte. El porno ayuda, pero no tanto.

Coméntanos sobre tu faceta musical. Por más de una década has integrado varias bandas de pop rock e indie. ¿Consideras que el rock pop peruano ha conseguido una identidad marcada?

Mi primera banda la tuve antes de aprender a tocar; era más la idea de tener una banda. Teníamos doce años y queríamos ser famosos. Nuestro nombre: La Tanguita de Chubaka. Después se fue haciendo más real todo, aunque tocábamos solo en el colegio. En 2005, a los 15 años, ayudé a Santa Cachucha –una banda de chikipunk– en su presentación de disco en El Florentino de Barranco. Y poco después entré como miembro oficial. Desde entonces tuve conciertos casi todos los fines de semana durante 13 años en distintos proyectos; entre ellos, Luis Guzmán y Gomas. En 2018, cuando publiqué mi primera novela, «Ámok», pensé que necesitaba un descanso y no toqué con nadie por cinco años. Hasta que en diciembre del año pasado volvimos a juntarnos con Luis Guzmán y ahora estoy de nuevo en la escena. Ese ha sido más o menos mi recorrido.

Sobre la identidad del rock pop peruano, presiento que esa búsqueda puede ser un ejercicio inútil Está bueno el esfuerzo por crear canciones que sean buenas y diferentes, la reflexión sobre qué las hace ser eso, el diálogo para entender por qué… Imagino que allí también sucede una búsqueda de identidad, pero no veo que aquello necesariamente apunte a encontrar «lo que nos hace peruanos». Creo que basta con cantar en español, escribir letras que solo tú puedas escribir y ver qué sonido sale cuando juntas a gente en cuya sensibilidad confías. La identidad nacional a mí me suena como un concepto excesivamente vacío que se usa para llamar la atención, muchas veces desde un marketing que tiene muy poco interés en la música en sí. No encuentro ahí ningún valor que me interese. En todo caso, prefiero que la lectura sea en retrospectiva: mirar atrás, avanzar a través de las décadas y decir: «oh, esto fue el rock pop nacional, estuvo bueno, estuvo malo»… Tratar de construirlo y diseñarlo a priori me parece inútil. Todo esto para decir que a mí me gusta el rock peruano: Rafo Raez y Los Paranoias, Turbopótamos, La Mente… Me parecen bandas únicas que probablemente solo pudieron salir de este país. Pero tampoco te podría decir si en ellas está encarnada la identidad peruana.

Hacer música y literatura y pretender vivir de ello es todavía complejo en nuestro país. ¿Percibes mejoras al respecto? ¿Qué nos falta como sociedad para impulsar y solventar aquel mercado?

En el campo de la música encuentro mejoras, sí. Con Luis Guzmán, hoy podemos cobrar lo que nos parece justo, montos que diez años atrás parecían delirios. Y usar ese dinero para contratar a un equipo técnico que nos acompañe. Armar una caja chica para grabar un disco sin que eso implique organizar un pro-fondos. En absoluto da para vivir, pero está bueno recibir de vez en cuando un pago que no se te acabe en el taxi y la chela de esa noche. A quienes están del lado de la producción de conciertos, venta de merch, management, también parece irles bien. Incluso el público se ve contento. Pero todas esas «mejoras» (si queremos entender así este asunto) han ocurrido dentro de la escena a la que yo pertenezco: una escena donde siempre primó la autogestión y donde poco a poco se ha instalado un horizonte de profesionalización y formalización. Bandas que manejan contratos, que trabajan con agencias de management y booking, que tienen siempre un sonidista que las acompaña. Pero aún es un campo mixto. En un mismo concierto encuentras bandas que trabajan así y otras que todo lo hacen entre los integrantes que las conforman. Y también a veces esa escena emergente, mixta, aún en formación, tiene puntos de encuentro con artistas que llevan más de treinta años de carrera y que manejan paradigmas completamente distintos. Para ellos, por ejemplo, no sabría decir si el panorama ha mejorado. Quizás lo vean al revés: se acabó la venta de discos, se acabó MTV…

En la literatura, no sé. Todavía me siento como «el nuevo» en ese circuito. Aunque mi impresión es que mucho más factible es vivir de hacer y tocar música que conseguirlo escribiendo libros. Lo que a mí me pasa es que vivo de distintos trabajos vinculados a escribir. Pero por supuesto la escritura y la literatura a veces pueden ser cosas muy distantes. Deprime un poco. Igual, gracias y un abrazo a todos los amigos que me dan trabajo.

Finalmente, si pensamos en bandas o solistas peruanos de pop rock con importante repercusión internacional, premios incluidos, quizá tendríamos que retroceder hasta la primera década del 2000, ¿Qué pasó después?

Esa fue una realidad que yo nunca viví y con la que tuve poco contacto. Recuerdo a Líbido recibiendo la lengua de MTV en 2002… a Ádammo recibiéndola en 2009… pero todo eso siempre me pareció excesivamente lejano. Hasta 2011, mi única ambición era ver público en los conciertos en los que tocaba, que muchas veces estaban vacíos. Y además no encontraba ningún vínculo con bandas como esas. Pensaba que nuestros proyectos eran de naturaleza opuesta; demasiado distintos de saque como para que importara qué cosa estaba pasando con ellos. Supongo que ahora no sería tan raro que coincidamos en el escenario de un festival con Líbido, por ejemplo. Si eso significa que las cosas empeoraron para ellos y mejoraron para nosotros, bueno… ¡bien por nosotros! Además, medir la buena salud de la música peruana a partir de que Ádammo haya triunfado en MTV en esos años… Dudoso.

Para cerrar, tus próximos proyectos.

Nada muy concreto todavía. Y también prefiero no hablar tanto del futuro. A veces uno dice que ya está terminando algo y solo muchos años después salen las cosas. Y en el medio: mucha ansiedad por haber hablado de proyectos que no estaban listos. Así que nada. Quedémonos aquí.

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