Objetos personales de Elton Honores
Reseñas Literarias

Reseña de «Objetos personales», de Elton Honores

Por: Bruno Cueva

Los literatos góticos en el Perú nunca eligen ni elegirán desplazar a Sarah Ellen a un segundo plano, una vampiresa recurrente que reclamaría su corona en cualquier bestiario. Acusada de brujería y ocultismo, le clavaron una estaca en el corazón y transportaron sus restos al Cementerio General de Pisco, Ica. Elton Honores, catedrático, crítico agudo e investigador incansable de la Universidad de San Marcos, había confirmado su devoción por las artes del vampirismo y lo oculto en su libro Nunca seremos nacidos (Maquinaciones, 2024). Además, en ese título demostró, sin escrúpulos, su excelsa admiración por Howard Phillips Lovecraft, Bram Stoker y Edgar Allan Poe, por nombrar a algunos fundadores de lo grotesco. En su nuevo libro, titulado Objetos personales, Honores continúa la ruta de su propio mito vampírico, aunque distribuido aquí y allá. Ahora dilata su universo weird a gran velocidad, le agrega galaxias temáticas. Sé cauto: podrías licuarte en esta espiral de locura.

Objetos personales ofrece doce cuentos cortos rodeados de atmósferas inquietantes. En la mayoría de ellos, la amenaza terrorista limita las acciones de los protagonistas. Lejos de erigirse como un refugio de almas jóvenes, el Liceo —locación estudiantil también recurrente— parece contener secretos que no alcanzan a revelarse. Los adolescentes escritos por Honores osan atravesar las telas de lo desconocido para descubrir los infiernos dentro del mundo. Programas de alta audiencia originados en el siglo pasado, como La dimensión desconocida, Escalofríos, ¿Le temes a la oscuridad? o Cuentos de la cripta, destrozan los filamentos de la realidad y la asaltan: los pobres curiosos tendrán su merecido.

Analizaré los relatos que, según mi criterio, son los pilares que les dan firmeza a los estratos de este compilatorio:

Este volumen se estrena con la narración de Lima Cero. Un grupo juvenil de instinto barrial, que se hace llamar la Célula Negra, retorna a Lima desde Chaclacayo para buscar a un miembro que se quedó en la capital. Sin embargo, el vacío de las calles los alerta. «Una tarde de viernes la plaza (San Martín) no podía lucir así: sin pirañas ni prostitutas ni cabros ni proxenetas ni ambulantes ni empleados públicos recién salidos de sus oficinas», elucubra la voz que conduce el argumento (pág. 13). Aquí Honores va dando pistas de una modalidad discursiva que ratificaremos hasta el final del libro: los personajes, en su complejidad humana, son capaces de atar cabos con ideas brillantes que se contraponen a su lenguaje soez. Y esto comprueba que cada quien expresa sus disquisiciones a su modo, sin maravillosas letras capitales que adornen el fraseo. La mayoría de escritores contemporáneos optan por pensamientos solemnes y diálogos igualmente prearmados. En cuanto a Elton Honores, sus personajes no montan teatralidades; al contrario, dicen lo que les provoca y sueltan palabras que espetan de sus bocas como lobos dispuestos a triturar. En Mientras escribo (2000), Stephen King, el maestro contemporáneo del horror, había manifestado: «El trabajo de construir personajes de ficción se reduce a dos cosas: prestar atención a cómo se comporta la gente real que te rodea y luego decir la verdad sobre lo que ves». Para el autor de El resplandor, la clave de empatizar con el lector se produce cuando el escritor no describe personajes, sino personas de corte común. Por supuesto, Honores asume el riesgo de que esta fórmula no sea tomada en serio por los críticos que orbitan las gravedades del realismo. Suponemos que, para ellos, la solemnidad representa un aspecto inherente al mercantilismo en la literatura.

Por otro lado, Elton Honores rescata una leyenda urbana en este mismo cuento: el portal dimensional de Canevaro, tan mencionado en los programas radiales del ufólogo Anthony Choy. Narran los transeúntes y pasajeros de taxis que, de un momento a otro, a través de Lince ingresan a una Lima futurista, con el cielo crepuscular y rascacielos metálicos. No oyen nada, coinciden en sus declaraciones. Doblan una esquina y vuelven a la época actual. En Lima Cero, en cambio, el grupo Célula Negra enfrenta enemigos desconocidos; a su vez, el pánico generalizado conspira en su constante desintegración. Ramona, «la chica loca y mimada del clan», había predicho el aciago destino con sus cartas de tarot: en todas las tiradas aparecía La Torre, arcano XVI, que en el lenguaje esotérico dirige a las desgracias.

El siguiente cuento del volumen se titula Cariátides. Disfrazada como una historia policial, esta pieza literaria versa sobre una joven que escribe un poemario y ocasiona el suicidio de quienes lo leen. También contiene sombras terroristas que acechan las bocacalles. Resulta sumamente atrayente cómo Honores desnuda la falta de aptitud de las fuerzas del orden cuando se enfrentan a casos enigmáticos (o no). Entre líneas, el autor condena, además, que el hambre de lectura de las masas solo se vea encendido por la polémica. Y es cierto: el burdo espectáculo vende. La gente se desvive por adueñarse de los secretos del otro; resbalan al bulbo consumista de The Truman Show (1998), filme protagonizado por Jim Carrey en el que la vida privada había pasado a ser un hábito desfasado. Nos encontramos, más adelante, con tropos lovecraftianos, pero será trabajo del lector relacionarlos con la trama.

Las ratas, el tercer relato, complace a los adeptos a las rarezas de José B. Adolph, un autor peruano-alemán de culto. Se juega con la posibilidad de que la segunda parte de Mañana, las ratas (1984) esté escondida en un punto específico de la ciudad, una especie de Tacora donde se cuidan tesoros preciados de papel. Hay muchísimas referencias a la primera parte, así como una carga política delirante.

Honores vuelve a colocar a los hoteluchos como refugios de paso. Estas locaciones desagradables permiten al lector presagiar un final nada alentador. Precisamente, Lovecraft las utilizó con pureza artesanal en La sombra sobre Innsmouth. Como para no dejar dudas de que el guiño al príncipe barroco de Providence existe, citamos estas líneas: «Subí por esas escaleras de madera podrida a la habitación. El olor marino ingresaba hasta mis pulmones como si estuviera mar adentro» (págs. 53-54).

Por último, quisiera destacar Polvo de hechizos, sexto cuento de Objetos personales. Ya a partir de la cuarta historia —y esto lo confirma Elton Honores— se desglosan otras tonalidades que incluyen dramas adolescentes en el llamado Liceo, tránsitos en la calle Excomulgados, fantasmas y más referencias a series de miedo emitidas por cable o programación local (a veces).

Aconsejada por su abuela Medea, Amalia se somete a un viejo tratamiento colonial: se empolva la piel con cemento de camposantos para que en el Liceo la vean hermosa. A primera impresión, el truco funciona, pero se diluye. Impulsada por esta decepción, Amalia decide variar un tanto la aplicación del cemento. ¿Qué efecto creen que este ritual de belleza tendrá para ella?

Honores se une a las corrientes de advertencias acerca del uso indiscriminado de “inventos mágicos” que ahuyentan el deterioro del cuerpo. La publicidad actual —online y en medios clásicos— nos bombardea con productos milagrosos, técnicas de cirugía facial y presuntos descubrimientos que retrasan el desgaste celular. Estas multinacionales han hecho énfasis en que las masas deben rechazar las arrugas y amar con desenfreno las pieles tersas. En El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro, la introvertida Stacey, del capítulo Por fuera, se aplica una loción popular a fin de ser aceptada en el trabajo. Sin embargo, tarde o temprano pagará las consecuencias. Polvo de hechizos, del mismo modo, aclama a La sustancia (2024), el drama de ciencia ficción con Demi Moore y Margaret Qualley como un dúo perfecto al borde del body horror por subestimar los efectos secundarios de las inyecciones.

En suma, Elton Honores invita a sus lectores a un viaje personal por las épocas crueles del terrorismo. Demuestra su afición extrema por el legado de escritores reconocidos en todo el globo, cuyas ramas crecieron firmemente en Latinoamérica. Podrás identificar referencias a series juveniles lanzadas el siglo pasado. Mezcla lenguajes coloquiales —a veces vulgares— con disquisiciones alturadas, lo que refuerza la complejidad de los personajes, a pesar de tratarse de cuentos. Recomendado para aquellos afines al ocultismo y a los dilemas underground.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.