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Entrevistas

Memoria, collage y reconstrucción en la obra de Marisela Valdivia

Por Lucía Portocarrero

La artista visual Marisela Valdivia presenta Manifiesto de la Memoria, una exposición donde el collage, la instalación y los textiles se convierten en herramientas para explorar los recuerdos, la identidad y la reconstrucción personal. En esta entrevista nos habla sobre la memoria como un proceso vivo, el poder sanador del arte y el diálogo creativo con la curadora Darinka Kihalich.

 

“El collage nos enseña que, aunque la vida nos fracture por momentos, poseemos la capacidad creativa de tomar esos fragmentos, reorganizarlos con nuestras propias manos y transformarlos en algo lleno de volumen, texturas y belleza. Es la prueba física de que siempre podemos reconstruirnos”.

 

¿Cómo nació la idea de “Manifiesto de la Memoria” y qué experiencias personales dieron origen a esta muestra?

 «Manifiesto de la Memoria» nace de una necesidad profundamente íntima de mirar hacia adentro; es una suerte de arqueología personal donde utilizo el arte para escarbar en los recuerdos y la identidad. La idea surgió tras confrontarme con mi propia historia a través del collage analógico, una práctica que desarrollo desde hace seis años.

Para mí, el collage no es solo cortar y pegar papeles, fragmentos o intervenir objetos; es un lenguaje de autoanálisis e introspección. Trabajo a partir de la investigación material de archivo, rescatando papeles antiguos, patrones de costura, texturas gastadas y objetos encontrados. Creo firmemente que hay una belleza única en la imperfección de lo antiguo. Cortar y reorganizar estos elementos es mi manera de traer el tiempo al presente, de darle cuerpo a lo que ya no está y construir un nuevo relato.

A nivel conceptual, el collage es el arte de la fragmentación y la reconstrucción. Para crear, primero hay que romper, rasgar o cortar; hay que aceptar que algo se ha quebrado. Es ahí donde radica su poder sanador: nos enseña que, aunque la vida nos fracture por momentos, poseemos la capacidad creativa de tomar esos fragmentos, reorganizarlos con nuestras propias manos y transformarlos en algo lleno de volumen, texturas y belleza. Es la prueba física de que siempre podemos reconstruirnos.

Esta muestra es el destino de ese viaje; la certeza de que somos el eco de nuestro pasado. En estas piezas habita la inmensa fuerza de reinterpretar lo vivido, donde la memoria —lejos de ser un proceso estático— se revela como una construcción constante y el pilar fundamental de nuestra identidad.

 

En esta exposición expandes el collage hacia la instalación y el ensamblaje. ¿Qué descubriste al llevar tus obras fuera del plano bidimensional?

Descubrí que la memoria no es plana ni se queda estancada en el papel; los recuerdos tienen volumen, peso y texturas que se interceptan según el ángulo desde el que se miren. Al llevar el collage hacia la instalación tridimensional, sentí que liberaba los fragmentos de su encierro. El espacio transformó por completo la experiencia: el espectador ya no solo observa la obra desde afuera, sino que la habita. Al caminar por la sala y detenerse frente a la instalación, su presencia física se vuelve parte de la pieza.

Y es que la identidad tampoco es una línea recta ni algo que construimos en solitario: la identidad es, en sí misma, un collage. Estamos hechos de fragmentos; de las historias de nuestros ancestros, de los dolores de nuestra sociedad y de los objetos que heredamos. Por eso, al suspender estas telas e intervenir el espacio, busco crear un lugar donde las memorias individuales se trenzan. Mi identidad se completa en la mirada del otro: no existe un ‘yo’ sin un ‘nosotros’, y el arte es el pegamento que une esos fragmentos para recordarnos que compartimos una misma historia colectiva.

Tus piezas trabajan con capas, fragmentos y texturas textiles. ¿Qué significado tienen estos elementos dentro de tu exploración sobre la memoria y la identidad?

Cada material en mi obra es una metáfora de la psique y de la experiencia humana. Las capas representan los estratos del recuerdo: hay vivencias nítidas en la superficie y otras que quedan veladas u ocultas debajo, pero que siguen sosteniendo lo que somos. Los fragmentos simbolizan la forma exacta en que recordamos; la memoria es selectiva y rota, no evoca una vida de corrido, sino a través de retazos e imágenes sueltas. Por último, lo textil —los hilos, los patrones de costura y las telas— carga con un significado ancestral y doméstico muy fuerte para mí. El acto de coser y unir texturas es, en el fondo, un acto de reparación; la forma en que entrelazo mi propia historia con la de las mujeres que vinieron antes que yo, sosteniendo una identidad que a veces amenaza con desmoronarse.

Como lenguaje, el collage posee una carga política y poética bellísima porque trabaja con el tiempo depositado en la materia. Al utilizar papeles antiguos, patrones gastados o textiles, hago una suerte de arqueología: cada elemento viene con una historia y una energía de alguien que lo habitó hace décadas. Mi labor es rescatar ese susurro del pasado, intervenirlo y traerlo al presente, honrando la imperfección y la nobleza de lo que ha sobrevivido al olvido.

Llevar este concepto a la materialidad de la tela me permitió darle cuerpo y movimiento a esa memoria. Mientras el papel posee una fragilidad íntima, el textil tiene una escala humana: cae, genera transparencias y nos envuelve. Al final, el tejido es la metáfora perfecta de cómo nos habitan los recuerdos: no de forma rígida, sino como capas flotantes que se superponen unas a otras, cobijando nuestra identidad colectiva.

 

“Quisiera que se lleven la certeza de que no somos menos valiosos por estar hechos de fragmentos o por tener grietas; al contrario, es precisamente en esas fisuras donde radica la belleza de nuestra verdadera identidad”.

 

La muestra transmite una sensación de arqueología emocional. ¿Sientes que crear estas obras también fue una forma de reconstrucción personal?

Totalmente. Para mí, el proceso creativo es siempre un acto terapéutico; concibo mi taller como un laboratorio de autodescubrimiento. Hurgar en archivos viejos, rescatar materiales olvidados y decidir dónde encajaba cada pieza fue, en realidad, una forma de ordenar mis propias vivencias y emociones. Cada collage e instalación se convirtió en un espejo. Sí, fue una reconstrucción personal: implicó aceptar las grietas, abrazar las pérdidas y celebrar la imperfección, entendiendo que las cicatrices del tiempo también forman parte de nuestra belleza.

En ese sentido, intervenir un objeto es un acto de arqueología y de respeto. Tomo elementos cotidianos que perdieron su valor utilitario para el mundo moderno y, a través del collage o la pintura, los transformo en objetos poéticos. La materialidad de lo antiguo posee una resistencia y una honestidad brutales. Al intervenir estos soportes, altero su destino: ya no son algo olvidado en un cajón, sino piezas que detienen al espectador y lo obligan a preguntarse por su propio pasado. Es, en el fondo, una reconciliación con la materia a través del afecto.

­Aunque el punto de partida es mi propia historia, esta muestra busca ser un espejo colectivo. Aquí entra con mucha fuerza el concepto de la otredad: la certeza de que nos construimos y nos reconocemos a través del otro. Cuando el visitante camina por la sala, la obra activa sus propios recuerdos; mi memoria personal se vuelve un puente para que explore la suya. Al final, el arte nos demuestra que nuestras nostalgias, vacíos y búsquedas no son individuales, sino que forman parte de una identidad compartida.

 

¿Cómo fue el diálogo creativo con la curadora Darinka Kihalich durante el desarrollo de la exposición?

 El proceso junto a Darinka fue una hermosa experiencia de complicidad, respeto y traducción visual. Cuando trabajas con un universo tan íntimo y sensible como el mío, necesitas a alguien que no solo entienda de arte, sino que sepa escuchar los silencios de la obra. Su mirada curatorial fue un pilar fundamental en tres momentos clave del proyecto: la edición, la palabra y el espacio.

Primero, en la selección de las piezas, Darinka fue ese ojo externo y generoso que me ayudó a ordenar el caos creativo. El taller estaba desbordado de años de producción, y ella supo identificar qué obras dialogaban mejor entre sí, ayudándome a soltar y a seleccionar los fragmentos exactos que mejor narraban este «Manifiesto».

Segundo, en la escritura del texto curatorial, el diálogo fue bellísimo. Darinka logró traducir mis emociones y la complejidad conceptual de la arqueología de la memoria en palabras precisas, dándole una voz teórica y poética a la muestra que conecta de inmediato con el espectador.

Finalmente, su rigor fue clave para el diseño museográfico. Lograr que las instalaciones de tela sublimada y los objetos intervenidos convivieran de manera armónica y respetuosa dentro de un espacio con tanta carga histórica y arquitectónica como el Centro Cultural de la Beneficencia de Lima fue un reto inmenso. Darinka entendió cómo hacer que la fragilidad de mi obra dialogara con la monumentalidad del lugar. Fue un diálogo donde mis impulsos creativos encontraron un eco maduro, riguroso y profundamente empático.

 

En tu trabajo conviven lo íntimo, lo doméstico y lo espiritual. ¿Cómo logras transformar esos elementos en una narrativa visual?

Lo logro a través de la elevación de lo cotidiano hacia lo sagrado. Para mí, el espacio doméstico —los roles que habitamos, los objetos que nos rodean día a día— no es mundano; es el escenario donde ocurre la vida y, por ende, el lugar donde se asienta el espíritu. Transformo esto en narrativa visual mediante el ritual del proceso. Mi taller no es solo un lugar de trabajo; lo concibo como un espacio de recogimiento, un laboratorio de bienestar donde cada acción tiene una intención.

El uso de elementos que rozan lo místico o lo introspectivo otorga a los objetos simples una dimensión sagrada. Por ejemplo, hay un diálogo directo con el azar y la intuición —casi como ocurre al consultar un oráculo— al momento de elegir los recortes y dejar que las imágenes se encuentren. En las piezas donde decido incorporar la costura o el bordado, el acto de unir los hilos se vuelve una práctica puramente meditativa: cada puntada es un rezo, un acto de atención plena que une el cuerpo con la mente.

Por su parte, el uso de patrones de costura antiguos va más allá de evocar lo doméstico o el linaje femenino; los utilizo como una analogía de los caminos de la vida y de los patrones sociales que nos imponen. Esos moldes preestablecidos que heredamos, pero que, al final, tenemos la capacidad de intervenir, romper y reconfigurar a lo largo de nuestra historia, adaptándolos a la medida de lo que realmente necesitamos para construir nuestra propia autonomía.

Al final, busco que un trozo de tela sublimada, un objeto encontrado o un papel gastado dejen de ser lo que son para convertirse en símbolos universales. Lo íntimo se vuelve colectivo cuando cualquiera que mire la obra puede reconocer en ella su propio hogar, sus propios altares personales, sus búsquedas o sus propios dolores.

 

¿Qué esperas que el público se lleve consigo después de recorrer “Manifiesto de Memoria” de Marisela Valdivia?

No busco que el público se lleve únicamente una impresión estética o que solo admire la técnica del collage; mi mayor deseo es que la muestra funcione como un detonador o un espejo para sus propias vidas. Me gustaría que, al salir de la sala, las personas sientan el impulso de revisar sus archivos personales, de mirar sus entornos y objetos familiares con otros ojos, y de reconciliarse con su pasado.

Quisiera que se lleven la certeza de que no somos menos valiosos por estar hechos de fragmentos o por tener grietas; al contrario, es precisamente en esas fisuras donde radica la belleza de nuestra verdadera identidad. Al final del recorrido, espero que se vayan con el corazón un poco más ligero y con una mirada mucho más compasiva y esperanzadora hacia sus propias historias.

 

¿Hay alguna pieza de la muestra que sientas especialmente cercana o significativa? ¿Por qué?

Todas tienen una carga muy fuerte, pero le tengo un afecto y un respeto muy especial a dos de las grandes instalaciones de la muestra: «Arqueología Personal» y «Manifiesto de lo invisible». Desarrollarlas significó un verdadero reto para mí: salir de la seguridad de la mesa de trabajo y del formato tradicional del papel para volcarme por completo a la escala y tridimensionalidad del espacio.

Por un lado, «Arqueología Personal» es una instalación conformada por una constelación en la pared de 23 pequeños collages y objetos antiguos intervenidos que están físicamente unidos por hilos rojos. Aquí busco narrar mi propia historia a través de recuerdos importantes; sin embargo, al intervenir los objetos y transformar su utilidad original, transformo también la memoria de los mismos. Ya no son piezas estáticas del pasado, sino fragmentos vivos que reconfiguro en el presente. En esta propuesta convive también una pieza modular en forma de cuadrado que funciona como la representación misma del azar: una cuadrícula donde las texturas de antiguos patrones de costura y las imágenes fragmentadas de miradas se tensionan por pequeños engranajes, recordándonos que la reconstrucción de nuestra identidad no es lineal, sino que está profundamente atravesada por la intuición, lo fortuito y lo inesperado.

Por otro lado, en «Manifiesto de lo invisible», realicé una profunda investigación de la materialidad textil buscando la transparencia y la yuxtaposición como una analogía directa a cómo operan los recuerdos. En esta instalación a gran escala, las imágenes y las palabras flotan suspendidas, jugando con las luces y las capas translúcidas del material. Al ver cómo el textil cae, respira con el viento de la sala y deja entrever elementos tan íntimos como un corazón, una brújula o frases que actúan como susurros, logro materializar lo que siento sobre la inatrapabilidad del tiempo; los recuerdos aquí se superponen y se vuelven casi etéreos.

Sentir que el público puede aproximarse y ver de cerca este mapa vivo —deteniéndose ante la delicadeza de las piezas, la riqueza de los detalles y la tensión o sutileza de los hilos rojos que habitan en «Arqueología Personal», mientras desvelan las capas veladas de «Manifiesto de lo invisible»— genera una atmósfera de vulnerabilidad y liberación única. Toda la sala se transforma, finalmente, en una topografía de la memoria compartida.

 

Futuros proyectos

Vienen proyectos enfocados en la expansión del soporte y, sobre todo, en el trabajo con la comunidad. Por un lado, quiero seguir investigando a fondo la materialidad, la conservación de archivos y la arqueología de los materiales, rescatando esas narrativas visuales que nos otorgan identidad. Además, me interesa muchísimo continuar tendiendo puentes entre el arte, el bienestar y el autoconocimiento, expandiendo mis talleres y laboratorios creativos donde el collage se activa como una herramienta de sanación colectiva.

Un hito fundamental en este camino es la publicación de mi libro, La poética de la reinvención. Como escribo en su prólogo, este libro es un mapa de un viaje hacia adentro donde «el fragmento deja de ser herida para volverse lenguaje», y donde planteo que reinventarse es, precisamente, el arte de recoger los pedazos de la memoria para construir una nueva mirada. Es la base teórica y testimonial de toda mi práctica.

Finalmente, tengo el gran anhelo de descentralizar esta experiencia. Me encantaría llevar parte de esta muestra a provincias; creo firmemente que el arte contemporáneo y las reflexiones sobre la memoria colectiva no deben quedarse solo en la capital. Quiero que este «Manifiesto» viaje fuera de Lima para generar nuevos diálogos y tejer redes con las historias de otras regiones, recordando que, al final, todo cierre es un umbral donde algo se extingue y, al mismo tiempo, algo nuevo florece.

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