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Las segundas partes pueden sorprender: los 50 años del Aladdin Sane de David Bowie

Un repaso canción por canción de un disco famoso por su portada, pero incomprendido por su música.

Por Sergio Herrera Deza

Una secuela puede ser el sueño cumplido de los fanáticos y el blanco fácil de los críticos. Sin embargo, los años pasan y el tiempo transcurrido puede despejar las dudas iniciales. Este es el caso de Aladdin Sane, el sexto disco de David Bowie: un trabajo que cumplió 50 años este 13 de abril. Es recordado por su icónica portada que muestra a Bowie con un rayo pintado en el rostro: el signo de los tiempos extravagantes que atravesaba el rock. 

Fuera de este detalle, sus canciones no son tan conocidas por el oyente promedio y muchos fanáticos lo ven como una obra menor, eclipsada por el éxito universal de The Rise and Fall of Ziggy Stardust & The Spiders From Mars, su laureado antecesor. Pero, en realidad, estamos frente a un disco ambicioso que orienta la experimentación hacia estilos poco explorados por Bowie como el blues, la música de cabaret o el doo wop de los 50s.

El lado A

Así, iniciamos con Watch That Man, un tema rockero que va directamente al grano con un riff potente del recordado guitarrista Mick Ronson. De inmediato, encontramos ciertas innovaciones en el sonido de Bowie como una mayor presencia del piano y la aparición de coros femeninos. Recuerda a los Rolling Stones, quienes acababan de finalizar una hilera de obras maestras del rhythm and blues. Este inicio carece de la mística de Five Years o el gancho de Changes, pero tiene fuerza suficiente para alegrarnos el día. Aunque por alguna razón, la voz de David está enterrada bajo los instrumentos, un detalle que no han solucionado en las remasterizaciones de este álbum.

A continuación, tenemos a la canción que titula el disco. Aladdin Sane es una joya vanguardista donde el pianista Mike Garson se luce en todo su esplendor. Durante cinco minutos, la voz desesperada de un Bowie cantando sobre la afición de la gente por los tiranos se alterna con los arreglos y florituras de Garson. A la mitad de la obra, el resto de la banda únicamente se limita a acompañar un solo de piano caótico, pero emocionante. Y único. 

Cuando el caos finaliza, nos encontramos con Drive-In Saturday, un homenaje a los años cincuenta: aquella década tan idealizada por los estadounidenses. Los coros estilo doo wop y un animado saxo nos trasladan a la América de James Dean y Elvis Presley. Pero lo sorprendente es que allí quedan los paralelismos. Porque la letra habla de un futuro lejano donde las parejas han olvidado cómo amarse por la influencia de las máquinas en sus vidas. Incluso, llegan al extremo de recurrir a ver películas antiguas para aprender a interactuar. Resulta cómico y a la vez intrigante la visión que tenía Bowie del futuro y cómo se asemeja a los vínculos distantes y superficiales que vemos en las redes sociales hoy en día. Fuera de la curiosidad, este es uno de los mejores temas del disco: con excelentes melodías y unas bellas armonías vocales, cortesía del propio Bowie.

La guitarra de Ronson recupera el protagonismo con Panic in Detroit: un tema enérgico que recoge las impresiones de Bowie sobre los Estados Unidos en su primera gira por el país. Protestas, revolucionarios y frustración social aparecen en su letra. Mientras que en lo musical, los acertados punteos de guitarra eléctrica y los coros femeninos le dan vida a una melodía algo repetitiva. Algo parecido sucede con Cracked Actor, canción que retrata a un actor hollywoodense en decadencia. Nuevamente, la base instrumental es potente y cuenta con una armónica como elemento diferencial, pero su parte vocal es tan breve que da la impresión de estar inacabada. Cabe destacar que en vivo cobraba mayor impulso.

El lado B

El lado B del vinilo original se abre con Time, un interesante duelo entre Ronson y Garson por el protagonismo musical. Es una canción teatral, de estilo cabaretero donde los músicos pueden desplegar su talento para improvisar melodías cada vez más osadas. Por momentos, pareciera que Bowie fuese a pasarse a las filas del rock progresivo, tan en boga por aquel entonces.

Mientras que la vocación por la nostalgia regresa con The Prettiest Star, una nueva versión de una canción más antigua que David escribió en 1970 para su esposa Angie. Si bien la original tenía unos grandes punteos de guitarra, la nueva se adapta bien al estilo de los años cincuenta. El saxo y los coros le dan un aire de inocencia que la original no tenía. Es uno de los grandes aciertos del disco. 

A continuación, presenciamos una ironía: Bowie apela a la nostalgia y, como ya vimos, sale victorioso cuando recurre a canciones propias. Sin embargo, se da contra la pared al tratar de recrear una obra ajena. Hasta el momento, los covers siempre habían sido lo más flojo de sus discos, pero la versión de Let ‘s Spend The Night Together de los Rolling Stones toca fondo. Bowie le acelera el tempo a la canción y la convierte en un despliegue de efectos especiales y líneas apresuradas de piano. El resultado es un desastre: convierte a una obra maestra en una mera improvisación de estudio.

Por suerte los verdaderos genios se tropiezan y regresan con mayor fuerza. Y para finalizar el disco, Bowie nos regala dos joyas. La primera es The Jean Genie, un animado blues devoto del sur estadounidense: bajo prominente y una armónica incisiva que mantiene el pulso. Fue un sencillo exitoso en el Reino Unido; no así en Estados Unidos, su público objetivo. Sea como fuese, la segunda canción ratifica a Bowie como miembro del Olimpo musical. Lady Grinning Soul es una genialidad de inicio a fin: David llevando su registro vocal al límite; Garson adornando la postal con unos bellos arpegios al piano y Ronson interpretando un tremendo solo de guitarra española. La dama del alma sonriente finaliza con ambos instrumentos fundiéndose en un clímax emocionante que solo pueden producir los maestros. 

Y así culmina un disco que deja un buen sabor de boca. Algunas canciones no tienen melodías tan elaboradas, pues fueron escritas para cobrar vida en escenarios donde los músicos pudieran improvisar con libertad. Pero salvo el cover fallido de los Stones, todas son buenas composiciones. Se agradece el acierto de homenajear a los años cincuenta con estilo y a la música de cabaret con colaboradores tan virtuosos. Y si bien, Aladdin Sane termina siendo inferior a Ziggy Stardust, no deja de ser un trabajo osado. Y es mejor equivocarse experimentando que repitiéndose a sí mismo. 

Calificación: 8/10


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