Claudia Rivarelli b
Cuentos

Edición 15: Cuento «El renacer del ruiseñor» de Claudia Rivarelli

Una potente ráfaga me hizo perder la noción de mi vuelo. Sentí como mis alas se negaban a obedecer. Me precipité en una caída libre, desorientado, atravesando ramas que me golpeaban como finos látigos y follaje que se desgarraba contra mi plumaje, hasta quedar atrapado en un matorral tupido. Cuando intenté moverme, el impacto final fue contra un colchón de musgo húmedo y gélido. En un instante, pasé de ser el rey del cielo a ser un súbdito de la tierra fría, inmovilizado y vulnerable.

Sentí un peso caliente y pegajoso que se esparcía entre mis plumas. La brisa ya no fluía entre ellas; solo se sentía un punzante y agudo dolor. Mi ala derecha permanecía inmóvil sobre las hojas mojadas. El color pardo oscuro de mis plumas se oscurecía, se tornaba un rojo intenso.

Mi pequeño corazón golpeaba tan fuerte que temía que el ruido delatara mi presencia ante algún depredador. El miedo me invadió al sentir la inmensidad del bosque en el suelo frío. Ese territorio desconocido, lleno de sombras alargadas y peligros ocultos, parecía un abismo lejos de la seguridad de las alturas.

El cielo se abrió y comenzó a diluviar intensamente. Las gotas frías se mezclaban con el líquido caliente que emanaba de mi pequeña herida, creando una sensación de frío que llegaba hasta los huesos. Me acurruqué entre algunas hojas, intentando crear un refugio precario para cobijarme del frío y la lluvia.

Extrañaba mi pequeño nido de ramas finas y musgo seco, construido en un lugar donde el viento me escuchaba y yo podía cantar libremente. La Reserva Natural de Hoces del Cabriel, en España, repetían los humanos infinidad de veces con voz extraña cuando pasaban cerca de mi árbol. Era mi dulce hogar.

Pero ya no podía cantar como siempre. Estaba herido. A pesar de mi diminuto tamaño, mi canto solía ser poderoso, sonando en toda la reserva, una canción que había conquistado a mi bella compañera. Con ese trinar tan sublime me había ganado su amor. Ahora el silencio me rodeaba.

Pero de repente los matorrales comenzaron a moverse. Escuché crujidos de hojas secas, mezclados con el sonido implacable de la lluvia. Mi cuerpo tembló y mi respiración se entrecortó. Una sombra enorme se paró cerca de mí. Con mis pequeños ojos abrumados por las gotas de la lluvia y el dolor, apenas logré divisar una silueta. Escuché una voz; no era el gruñido de un depredador, sino el tono suave de una humana.

Vi algo en su mirada que no había visto en los otros humanos: calma. Debía confiar. Si no, moriría lentamente sobre el gélido musgo. Intenté trinar con todas mis fuerzas, pero no podía; solo emití un débil chirrido. Ella se acercó más; tenía los pies gigantes, hacían temblar la tierra bajo mi cuerpo. Pero esa humana era distinta. No era como los otros humanos que gritaban en el parque o tiraban piedras. Era silenciosa. No hubo ni picos ni garras, sino una calidez inesperada que rodeó mi frágil cuerpo. Mi corazón, que creía haberse detenido, volvió a latir normalmente.

La humana me envolvió en un paño suave que olía a algodón limpio. Sus manos, delicadas, eran tan acogedoras como dos nidos entrelazados. Su voz era una dulce melodía que calmaba el caos de mi mente. Me llevó a un lugar lejos del bosque, a una cueva llena de luces, cálida y segura.

Mis alas se sentían muy pesadas, como el plomo; quería desplegarlas nuevamente para abrazar la brisa primaveral. Anhelaba sentir el primer rayo de sol calentando mi plumaje en la mañana y, por sobre todo deseaba estar junto a mi amada. Pero ahora necesitaba sanar.

La humana construyó un nido perfecto con una caja grande de cartón, le hizo varios agujeros, para que el aire circulara. Ella pasaba horas haciendo trazos que no entendía, pero que sonaban como el crujir de las ramas secas en otoño. Me alimentaba con pinzas, ofreciéndome gusanillos, semillas y me hablaba con un dulce murmullo que reemplazó todos los sonidos del bosque. Me acariciaba las plumas suavemente, similar a una madre protegiendo a su cría. Sabía que tenía que recuperarme; mi compañera me esperaba en el nido. Lentamente lo iba logrando. La humana continuaba escribiendo mis avances, como quien guarda un secreto precioso.

Pero un día, el momento llegó. Intenté volar con todas mis fuerzas y, por fin, lo logré. No paraba de revolotear. Al fin me había recuperado. Pero con ese triunfo sabía que era también nuestra despedida. Me posé sobre su hombro y le dediqué una hermosa melodía en frecuencia pura, en agradecimiento a su calidez. Ella me miró con ojos tristes por mi partida, pero brillantes de felicidad al verme curado.

Agarré con mi pico una pequeña baya roja y jugosa, una ofrenda, para mi compañera, y desplegué mis alas a toda velocidad, volando con cuidado hacia el viejo árbol. Y ahí estaba ella, mi bella compañera, triste y acurrucada tras tantos días de ausencia. Dejé caer la baya en el nido y empecé a entonar una melodía con todo mi esplendor. Ella se incorporó lentamente, desplegó sus alas y nos unimos en un baile aéreo sobre el cielo azul.

Pero mi felicidad debía ser completa; me quedaba una misión. Recordé el camino hacia la “cueva de luces”, cerca del brillante río Cabriel. Ese día, mi compañera siguió mi vuelo. Bajo la sombra de un álamo, encontré a la humana, mi salvadora. Me posé en su hombro y comencé a cantar más fuerte que nunca, tan fuerte que las hojas temblaban con las notas de mi trinar. Ella no paraba de sonreír; sus ojos brillaban como el sol reflejado en el agua. Luego mi compañera, se acercó tímidamente hacia ella.

Todas las tardes, repetimos el mismo ritual. Nos gustan sus caricias tan sutiles, y la calidez de su presencia. Gracias a esa humana que me hizo renacer, volví a ser el dueño del cielo, llevando en mi canto la melodía de la libertad.

 


 

Claudia Rivarelli

Artista uruguaya multidisciplinaria, escritora, actriz, guionista y artista visual, formada en Comunicación y Bellas Artes. Su trayectoria abarca la literatura y el ámbito audiovisual, donde también se desempeña como voiceover y diseñadora de vestuario. Ha publicado cuentos de diversos géneros y temáticas, y destaca por reconocimientos como el Premio a la Mejor Actriz (2017) en el Festival BIFF de Karlsruhe, Alemania, además de participar en cortometrajes premiados y realizar el doblaje de la protagonista de Night of the Otter. En artes visuales, participó en la muestra 20×20: Arte en pequeño formato en Buenos Aires.

 

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https://cuentaartes.org/edicion-15-legados/

 

 

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