Yolanda Davila Hernandez b
Cuentos

Edición 15: Cuento «A flor de piel» de Yolanda Dávila Hernández

Era joven, de herencia negra e indígena, menuda como una flor. Su conciencia era sana, como la de una niña, aunque ya bullían en su sangre ardores juveniles que le hacían preguntarse cómo sería el amor matrimonial. Solía usar largos vestidos de gran vuelo que el viento ondeaba a capricho como bandera de independencia recién alzada. Había dejado al otro lado del Mar Caribe al chico con el que pensaba casarse, para aterrizar en una tierra de lagos y volcanes. La calurosa brisa que agitaba el Lago Xolotlán la engañó haciéndole creer que era el mar. Por eso, cada tarde enviaba un mensaje dentro de una botella esperando encontrar respuesta la mañana siguiente. Llegaron a ser tantos como para construir un castillo de cristal. Sin embargo, aquella flota luminosa nunca giró el timón a su favor. Poco a poco el lago se fue serenando y ella sospechó que tal vez estaba en el mar equivocado. Envió una última botella con una nota de cordial despedida y se alejó de la orilla.

            Un día alzó su mirada y vio que la montaña al otro lado de aquel cuerpo de agua humeaba como chimenea. El viento aventaba la gran llamarada hacia el suroeste. Pensó que debía ser un enorme incendio y decidió huir. Tomó las pocas cosas que llevaba consigo, montó un carretón arrastrado por un ciclista y emprendió viaje en la dirección opuesta. El aire iba desabrigándole la piel según el sendero se tornaba más empinado hasta que las montañas atravesaron las nubes. Allí se detuvo la pequeña carroza y ella se despidió agradecida.

            En la falda de la montaña se divisaba un poblado. Descendió hasta allí, deslumbrada por los plateados destellos de luz que reflejaban los cafetos a la orilla del camino. Pájaros campana, quetzales, tucanes, colibríes y águilas harpías le ofrecieron cantos de bienvenida durante la bajada. La gente le recibió amablemente y le ofreció posada en una fresca casona de adobe cubierto de tejas, donde pernoctó durante algún tiempo coleccionando imágenes y memorias de todo cuanto le resultara nuevo.

            Cuando el tiempo de la fecundación del café se acercaba, decidió reemprender la travesía campo adentro, donde los senderos escalaban y la niebla era densa. Las ramas de uno y otro lado del camino se extendían hasta abrazarse, formando un espectacular entoldado. Guiada por el destello en las hojas de los cafetos que se escondían entre los árboles, se dirigió hacia el Valle de los Robles. Varios días más tarde el camino comenzó a descender. Al acercarse al valle, divisó el río Jigüina, hermosamente bordeado por un tejido de árboles y montañas y aspiró un aire de gratos aromas combinados.

            Una pasarela de altos culmos alfombrada de hojas secas de caña la condujo hasta un cafetal de surtidos matices. Uno de los cafetos notó su presencia y la siguió con la mirada. Calladamente despidió su perfume, intentando conquistarla. Con un coctel de ligeras lloviznas servido en aquella fragante brisa cafetalera le embriagó la piel. Absorta ante la belleza de aquel profundo verdor de visos plateados y envuelta en tan gratas sensaciones, se sintió enamorada.

            Sacó de su hatillo de ropas un ancho vestido blanco cuya falda terminaba en cinco puntas. Se lavó la tierra del camino en el Jigüina y se vistió de gala. El cafeto –que la veía de lejos– deseó su abrazo. Cuando ella se sintió observada, sus mejillas se ruborizaron. Comenzó a cantar y a dar vueltas como una bailarina, haciendo que el vestido bailara con ella. Tantas vueltas dio que las puntas del vestido se transformaron en hélices y voló por los aires. Suspendida como en una burbuja, devolvió tímidamente la mirada al cafeto y –al hacerlo– sus faldas se tornaron en flor. Comenzó a descender lentamente con el zigzagueo de una hoja desprendida mientras una pía pia, una oropéndola y un guardabarranco revoloteaban a su alrededor vigilando su caída. Fue a dar justo donde estaba aquel cafeto, posándose sobre él. Se aferró a una de sus ramas con sus suaves pétalos blancos y allí se quedó dormida.

            La mañana siguiente, justo a la hora en que el aroma del café satura los aires, un inesperado viento les azotó. Los celos de aquel jovenzuelo al otro lado del mar habían escuchado su voz a la distancia y habían venido a vengar su despecho. Con fiereza, la arrebataron de la rama donde yacía y cayó al suelo con sus pétalos rotos, donde se secó y murió. El cafeto quedó fecundado de amor y los verdes brotes comenzaron a aflorar. Meses más tarde, el intenso calor del verano los pintó de rubio. Un día, cuando el invierno lluvioso retornó, el cafeto miró al río, recordó a aquella bailarina y, al añorar de nuevo su abrazo, sus brotes se sonrojaron, quedando listos para la cosecha.

            Es así como los cafetos se visten de blanco y, al caer sus flores, sus brotes comienzan a crecer.

(Leyenda inspirada en la historia narrada en el libro Entre los cafetales del Jigüina soñé que me amabas: Bocetos para una historia, publicada en septiembre de 2025).

 


 

Yolanda Dávila Hernández

Maestra de Artes Plásticas jubilada y escritora creativa. Nacida en Puerto Rico, vive enlazada a Latinoamérica y el Caribe. Su libro Entre los cafetales del Jigüina soñé que me amabas relata la historia de su amor por Nicaragua. Participó en la colectiva Aroma de Café con siete acuarelas que constituyeron una narrativa visual de esa historia. Actualmente se prepara para la exposición colectiva de acuarelas Lo simple puede ser grandioso, una travesía visual por el mundo de la flora y la fauna dedicada a familias con niños. Yolanda gusta de la acuarela, la poesía, el cuento y la prosa poética.

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https://cuentaartes.org/edicion-15-legados/

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