Andres Armas Roldan b
Cuentos

Edición 15: Cuento «Los Piqueros» de Andres Armas Roldan

Me asfixio aquí abajo. El aire se agota con el calor de los cuerpos. Somos demasiados. Algunos hombres ya no se mueven. Los guardias van tirando sus cuerpos al mar para que no apesten. Los viejos son los primeros. Algunos ya ni hablan: solo se mueven para gemir. Otros vomitan y no les sale nada. Podría morirme y nadie lo notaría.

Mi nombre es Xiao Chen. Me lo repito para no olvidarlo. No sé cuántos días llevamos navegando. Siento que he pasado toda mi vida en este barco. Me duele el cuerpo y ni siquiera he trabajado. Temo morir antes de llegar.

Firmé un papel. La hoja pasó de mano en mano muy rápido. No entendí lo que decía. Nos prometieron dinero. Nos dieron muerte. Si hubiera sabido que sería así, no hubiera venido. Mi estomago está vacío. El barco no se detiene.

No nos dejan subir a cubierta. Ya no sé cuándo es de día o de noche. Respirar cada vez se hace más pesado. Siento la respiración de los otros en la nuca, en la espalda. Hace poco hubo una pelea. Creo que mataron a alguien. La comida no alcanza para todos. ¿Qué hago aquí?

Empiezan a gritar. No entiendo lo que dicen. Los hombres se agolpan para salir, pisándose unos a otros. Pisan a un hombre que cae al suelo. Creo que está muerto. Llego a cubierta y, desde la neblina, la isla aparece de repente. Las aves son tantas que se confunden con el cielo. El aire es espeso. El olor a excremento se funde con el del mar. No dejan de graznar.

—Guano —dice alguien de repente.

Empiezan a bajarnos del barco a empujones. No somos los primeros. Ya hay otros hombres. Andan encorvados, llevando sobre la espalda sacos pesados, con los pies bien hundidos en el polvo de la isla. Un hombre cae y no se levanta. Nadie se detiene. Nos forman en fila sin decirnos nada. El calor es insoportable.

Un hombre pasa a nuestro lado contando. Vuelven a contar. El capataz parece molesto: creyó que éramos más. Le reclama a otro hombre y este asiente sin decir nada. El viento y la sal se meten en los ojos y en la boca. Las islas están hechas para resistir, no para ser habitadas. A lo lejos veo que el barco que nos trajo está por partir. Nos ha abandonado. No hay adónde ir.

La primera jornada comienza antes del alba. Suena un silbato y todos debemos levantarnos apurados. El capataz reparte picos y palas sin mirarnos. Grita, escupe. Veo que los hombres trabajan con un trapo húmedo pegado a la boca y los imito. El guano tiene un olor amargo que se pega a la piel y al pelo. Tengo la boca seca. El agua que nos dan no alcanza para la jornada. Todos jadeamos como perros. Lamo la sal de mi cuerpo para darme fuerzas, aunque me dé más sed. Las aves no dejan de defecarnos.

El guano tiene una costra dura, de muchos metros de espesor. Nos dicen que debemos dejar la roca desnuda. Cargamos el excremento en sacos y carretillas y se los entregamos a otros hombres, que lo llevan hasta el muelle.

Aquí el mar no es azul. Tiene un color verde apagado y monótono. Las aves no se apartan. Nos miran, caminan a nuestro lado. Picotean los sacos, a nosotros. Hay que apartarlas. Les tiramos piedras, palos, trozos de guano. Pero se van y vuelven a defecarnos. Graznan con burla.

Nos peleamos con los piqueros por el pescado. Hay hombres que les dejan comida para luego cazarlos. Por puro odio. Dicen que, a varios por comer demasiado piquero, les dio diarrea por días y se murieron. Desde entonces, la gente tiene miedo y prefiere el pescado. Pero algunos ya venían débiles del barco. Varios, enfermos. La isla es de las aves. Nosotros somos los invasores.

La jornada no termina hasta que estemos bañados en sudor y heces. El cuerpo no alcanza a recuperarse nunca. Con el paso de los días, algunos no soportan. El sol los vuelve locos y violentos. Se pelean por lo mínimo: un sorbo de agua, un poco de arroz. Algunos hombres ya no hablan; solo trabajan. Creo que guardan silencio para mantener la cordura. Hago lo mismo. Sigo diciendo mi nombre en silencio. Xiao Chen. Xiao Chen. Xiao Chen. Pero aquí no significa nada.

En la noche hace mucho frio. La noche no trae descanso. Dormimos en barracones improvisados. Algunos prefieren el frio de las tablas, otros el polvo de la isla. Da igual, el viento marino cala hasta los huesos. El guano sigue oliendo incluso en la oscuridad. Me pregunto si algún día dejaré de oler a excremento. Es la primera vez que veo las estrellas. Pensé que en este lugar no existían.

Por las noches recordamos nuestro hogar. Algunos dicen nombres mientras duermen. Otros conservan objetos de dónde vienen, cosas pequeñas, fáciles de esconder. Cuando cierro los ojos veo el techo de mi casa. Entre el rumor del oleaje escucho la voz de mi madre. El recuerdo no alivia, pero ayuda a soportar. Recuerdo para que la isla no termine de tragarme. Sigo repitiendo mi nombre para recordar de dónde vengo. Aquí a todos nos llaman igual. Lo único que tiene un hombre son sus recuerdos.

Al amanecer el silbato vuelve a sonar. Cada semana aparece un nuevo barco en el horizonte, trayendo reemplazos. Los veo bajar asustados. Me recuerdan como bajé yo mismo: sin esperanzas.

Tras meses haciendo lo mismo, siento los pulmones perforados por el polvillo fino que desprende el guano. Toso y el pecho me arde. Siento que podría morir en cualquier momento. Me siento cada vez más débil. Trabajo y rezo para que al día siguiente siga con vida.

Los hombres están cada vez más inquietos y desanimados. De los que bajamos juntos del barco, reconozco pocos rostros. Varios desaparecieron sin que nadie preguntara. Algunos se enfermaban y se los llevaban. Nunca más volvían a aparecer. Temo que mis pulmones me traicionen.

Una noche veo que tres hombres caminan hacia el borde de la isla, como si fueran a orinar. Faltan pocas horas para el alba. Confunden el ruido de sus pasos con el silbido del viento. No hablan. Apresuran el paso y miran hacia atrás. Eso los delata.

Cuando están por llegar al acantilado, donde las olas parecen mansas, echan a correr. Uno de los capataces se da cuenta y empieza a gritar. Todos se despiertan de golpe. El primero no deja de correr: se resbala en el guano, cae, se levanta, y salta decidido. El golpe contra el agua suena seco. El segundo duda por un instante, pero el tercero lo empuja. Los tres están en el agua.

Todos celebramos y aplaudimos. El capataz escupe al suelo y nos calla. Observa con atención. Mira el espectáculo con una sonrisa. Expectante de lo que está por suceder. Espera tranquilo.

Al principio nadan bien. Resisten la fuerza del mar con brazadas fuertes y largas. Pero rápidamente el agua los cubre por completo. La violencia del mar no da tregua. Las olas no les dan tiempo de respirar; rompen unas tras otras. El primero desaparece por un momento y después de unos segundos vuelve a salir. Los otros dos intentan regresar, pero la corriente los arrastra.

Ninguno de los capataces se mueve. Se limitan a observar. Parecen disfrutarlo. Ya están acostumbrados. Saben que el mar trabaja por ellos. Ninguno de nosotros hace algo. Nos quedamos quietos. Ya nadie celebra. El silencio pesa más que el frío.

Después de un largo rato, el primero logra aferrarse a una de las rocas de la costa. Apenas se sostiene. Parece desfallecer. Corremos a auxiliarlo, bajando con cuidado por el acantilado. De los otros no hay rastro. El mar se los tragó sin apuro.

Sacamos al hombre del agua, tiritando, con las manos todavía aferradas a la roca, como si el mar aun lo reclamara. Lo arrastramos hasta tierra firme y los capataces llegan corriendo. No le permiten recuperarse. Lo levantan en peso y lo llevan al centro del campamento. Le quitan la ropa mojada y lo dejan desnudo ante la mirada de todos. El alba asoma de repente.

El capataz da una orden y lo amarran a un poste. Lo patea para que levante la vista.

—¡Mírame, esclavo!

Comienza a abofetearlo, a escupirle. Los demás también lo patean. Bajo la mirada. Uno me da un porrazo en el estómago. Nos obligan a mirar. El que baja la cabeza recibe un golpe. El mensaje no es para él: es para nosotros.

Le colocan uno de los sacos que usamos para el guano en la cabeza. El capataz dice algo que no entiendo. Algunos se ríen nerviosos, no porque sea gracioso, sino porque siguen con vida.

Lo dejan allí toda la jornada. Las aves lo picotean y lo cagan. Nadie puede acercarse. A ratos lo oímos gimotear; luego, nada. Cuando el silencio dura demasiado, alguien se acerca a ver si sigue con vida. Cuando no están viendo, me acerco a darle de mi agua. Pero casi no bebe. Está medio muerto. El sol le quema la cabeza.

Al caer la noche, el capataz vuelve. Da una orden. Lo desatan y se lo llevan a otro lado. No sabemos si murió allí o después. Nadie pregunta. Al otro día ya hay otro en su puesto.

En ese momento decido que debo irme. Si me quedo, moriré.

Un día, sin aviso, me asignan al muelle. Cargar, descargar, repetir. Igual que en la isla. Aquí el mar está más cerca.

Mientras cargo sacos, memorizo el casco, las cuerdas, las escaleras: todo el esqueleto del barco. Veo hasta donde llegan los hombres, qué espacios se nos permiten, qué bodegas quedan abiertas, dónde nadie mira. Memorizo cada rincón. Me muevo despacio, sin mirar a nadie. Trabajo sin levantar la cabeza. Intento no destacar. Que nadie recuerde mi rostro.

Algunos barcos llegan vacíos, otros cargados de sacos. Me los alcanzan desde el muelle y debo meterlos en la bodega. El horario aquí es distinto: trabajamos hasta la madrugada. Los barcos entran y salen a toda hora. A veces esperamos a que aparezca uno. En la espera planeo. Cuando trabajo no puedo pensar; solo observo. Tirarme al mar ya no es una opción.

Sé que no puedo elegir cualquier barco. Todos van en distintas direcciones. Hay algunos que no vuelven hasta después de semanas; los grandes y pesados se meten mar adentro. Los pequeños vuelven más rápido, tocan muelle en pocos días. Esos son los que observo. Ni siquiera se darán cuenta de que no estoy. Para ellos somos todos iguales. Dicen que nos vemos iguales. Nos llaman del mismo modo. ¿Quién es Xiao Chen? Aquí no existe.

Empiezo a guardar migas de arroz y trozos de pescado seco. Los escondo en un saco roto bajo el muelle, donde las aves no alcanzan. Sólo pienso en subir a un barco.

Por las noches recorro mentalmente el trayecto: del barracón al muelle, del muelle a la bodega, de la bodega a la oscuridad. Me repito que no debo correr. Si corro, se darán cuenta. Recuerdo lo que les pasó a los tres hombres. Aprendo a qué hora los capataces cambian de guardia, a qué hora les pesan los ojos. Está decidido. Quiero vivir.

Llega el día. Trabajo con normalidad, sin que nadie se fije en mí. Espero el momento exacto: cuando bajan un saco más grande y todos miran hacia el agua para que no se pierda. No corro. Camino como quien todavía trabaja. Subo por la plancha lateral, donde el casco está húmedo. Me agarro de una soga gruesa que me quema las manos. Me quedo inmóvil varios segundos, pegado a la madera, respirando apenas. Todos siguen trabajando. Escucho al capataz dar órdenes. Nadie se ha dado cuenta.

Me deslizo entre las sombras y me meto en la bodega, donde están los sacos apilados. El olor del guano es el mismo de la isla, pero aquí no hay aves. Me cubro con un saco roto. El polvo se me mete en la boca y en los ojos. No me muevo. El corazón me golpea tan fuerte que siento que va a salirse.

Pasan los minutos y oigo pasos, voces, una risa, una tos, el golpe seco de un saco cayendo cerca. Alguien pasa tan cerca que veo sus botas. Si mirara hacia abajo se daría cuenta que estoy allí. No mira.

El barco se sacude con un tirón lento. Las sogas se tensan y luego, una a una, se aflojan. El muelle se aleja apenas, como si dudara. Siento que nos movemos. Me repito mi nombre en silencio, con la cara hundida en el saco: Xiao Chen.

El viaje dura poco. El puerto de Chincha aparece primero como un vocerío y luego como una imagen. Gente hablando fuerte, pasos apurados, carros, animales. El aire ya no quema la garganta. Huele a tierra, a frutas, a humo. Me asomo apenas. Veo casas bajas, maderas viejas, hombres libres que caminan sin bajar la cabeza.

Espero hasta que empiezan a descargar. Me mezclo con los otros. Me cubro la nariz y la boca con un trapo para que no sepan que soy chino. No abro la boca; solo asiento. Agarro un saco como si fuera a descargarlo y sigo a los otros. Los imito. Cuando ya he descargado algunos y nadie me presta atención, camino unos pasos más y dejo el saco. Me alejo sin correr.

Voy hacia al centro. Quiero alejarme del muelle, del mar. Busco trabajo. No tengo un cobre. Si no trabajo, me muero de hambre. Nadie pregunta de dónde vengo. Me preguntan qué sé hacer. Les digo que lo que sea.

Cargo sacos de nuevo. Ahora tengo una paga. No escucho el silbato, vuelvo a empezar.

 

 


 

Andrés Armas Roldan

Investigador, editor y crítico literario peruano especializado en la Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) del Perú. Su labor se enfoca principalmente en el rescate, difusión y análisis crítico de textos clásicos y autores fundamentales de este género. Estudió en la Universidad Nacional Federico Villarreal (UNFV), ha publicado ensayos críticos, destacando su trabajo sobre Carlota Carvallo de Núñez, una de las pioneras de la literatura infantil peruana. Del mismo modo, ha publicado artículos especializados de análisis estético y literario. Como también publicó poemas en revistas del extranjero. A su vez, ha estado vinculado a proyectos con editoriales independientes enfocadas en el público infantil. Actualmente, se encuentra escribiendo su primera novela.

 

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