Los hijos no recuerdan a la madre, a la que teje sus días con dedos que ya duelen, porque las cuerdas no cesan de tensarse, porque las lanzaderas de los telares no paran de golpear. ¿Lo escuchan? ¿Esa cadencia? La escuchaba yo cuando le di mis hilos, los colores, los patrones, y aun con todo eso, quiso hacerlos mejores, más fuertes, más bellos. Y mírala ahora, con esas miradas, esos ojos que buscan revancha, que buscan reproche. ¡Mírenla! allí, en su ergasterio1, sobre su piso de mármol respirante de primavera antigua, en su salón de baile del telar frente el corazón de los que alguna vez fueron sus mecenas. Alguna vez: cuando fue mortal. Bípeda. Antes de que esas patas susurren frente a helenos sordos… ¡tu culpa! ¿Mi culpa? No… amada. ¡No! nunca amada. Nunca, no fue mi culpa. Ella lo provocó, ¿no lo hizo? Y si no lo hizo, no importa. Ya maté a nuestros hijos, la veré renegar en su mar de lágrimas… Me seguirá; me iré. Lloraré una mañana, quizás dos, y la memoria seguirá su camino, como sus insultos y sus recuerdos, mi olvido.
1.Lugar de trabajo o taller de un artesano en los tiempos antiguos.
CUIDADO CON LOS PIES, TEJEDORA ¡ESOS PIES QUE TE APLASTAN! QUE TE HACEN ¡PUM!
***
Antes de su llegada, me amaba a mí misma. Cuerpo de seda enredado, todo el tiempo mirando con ovillos en las manos, en el crepúsculo, y yo, en mis tejidos, hilando y deslizándome. ¡No!, caminando. En ese entonces, mis dedos bailaban en patrones, brillando, uniéndose. Sólo cuando llegó ese toque gentil, escondí mi rostro. Desde el resplandor de su juicio, así éramos las dos… Nosotras y… ¡adiós a mi libertad!, entregué mi amor para aquella vida que, de todos modos… Esperé que no se enrede más en estos hilos.
Y pensar que podría ser humana, amante, cuerpo celeste que se acerca por las noches y deja roces, pesos eternos en estos hombros de desgracia cual sufriente Atlas. Pensar que fue buena guía, al amarme de nuevo, intensa y profundamente, al hacer temblar el telar de mis nervios con su presencia.
Me pregunté: ¿qué redes tejería en estas profundidades?, infinita y delicada, enrollando sin cesar sus sedosos secretos, tirando de sus pensamientos: hilos de mierda que se deshacen.
Y luego empieza a dar órdenes con sus mil ojos, a sus aves rapaces: pues está hambrienta de oro, lana, brillo y fama.
Y no pienso.
¿Por qué estar aquí?, no me deja encontrar cerebro. Ella estar ocupando su lugar. Bombeando, bombeando medusas con su propio veneno… Con esa mirada asqueada, alta y amenazante… ¿Dónde te haber metido? ¿Cerebro? ¿Cerebro? ¿Dónde te haber metido, Atenas?, ¡ay! Atenas, ¡Oh! Atenas.
Y a pesar del fósil de amor adherido a sus besos, me encantaba escucharla adentrándose en la profundidad de mi piel. En la mañana, estirando sus hilos en mis rincones. Me siento, espero; y ella observa, dando vueltas y vueltas, viendo cosas que yo no puedo. Con esa mirada de ella, penetrante, interminable, como si siempre estuviera escuchando en silencio, siempre tejiendo sus pensamientos en una red tras otra. ¡Qué ladrona! también, quitándose el delicado brillo de la vida, ¡convirtiéndolo en esa cosa fría y brillante que ella llama belleza!
Llevando el hilo, llevando palabras, miradas por su camino. Robando mi trama, coronando su suave dorada melena entre mis hilos. Hambrienta de plata, de mi oro, de mi bronce. Odiaba entonces su sonrisa, su tacto, mis glorias robadas en sus pupilas de mosaico roto. Donde yo… herramienta de artesanía en la mañana, tarde y en las noches, de placer. De este modo, empezó a darme órdenes y yo a ella… ¡Que se fuera! Alta y amenazante. Quité el brillo de mis ojos y mi rostro de la almohada. ¡Que se fuera! Me siento y espero…
Y es ahí cuando deja sus hilos en mis rincones, y se va…
¡Que regrese! Y me vuelvo esclava de esa trama inconclusa, ¡Que regrese! de aquella trama maldita. Donde me volví aguja e hilo, y ella se volvió historia…
Donde nada es mío.
¡Maldita amada! Y cuando busqué mi venganza en la lana, en el brillo… Bombeé mi propio veneno, mi propio grito: ¡Prostituta! ¡Ladrona! ¿De dónde aprendí esto?
Esperé que escuchara y lo grité, mucho más fuerte de lo que ella me hizo gritar. Cuando me llevaba por el mal camino y… yo aún era humana.
¡Oh, Atenas, Atenas! Llegué hasta el clímax; hasta que lo supieran los vientos del norte, del sur, del este y del oeste. ¡Oh!, déjame a tus hijas, ¡Diosa virgen! Grité una red tras otra de verdades y subtramas irrelevantes… Secretos sedosos, verdades humillantes… Hasta ser escuchada.
Y tejí, y tejí, y tejí, y tejí. Y me vieron, y ella me vio, en mi ponzoña, en mis ayes de amores. Y la desafié con estos labios que le pertenecían y clamaban el corte de su olvido, de su saliva… Y desató su furia, y desaté la mía en el ovillo, en la aguja, en el hilo: hice el amor con su forma a sus espaldas, dándole forma a su sexo, a sus secretos… Pero el mundo, este mundo virgen odia a los profanos, a los sinceros…
Y cuando paro belleza, la despedazan, la rasgan, la hacen trizas… Se enojan, abortan, porque no soy diosa porque soy humana y me enamoro. Y porque me enamoro: ¡odio! ¡A la sedosa prostituta que se llevó mis telares y me dejó aquí! En el suelo, desangrada de humanidad y solo ha pasado la risa de los presentes. Ni un minuto. Ni uno de sus gestos. Y ya se corre… la diosa puta se aleja, la diosa del hurto, de la mentira que perfora el corazón… se lo lleva: el tapiz de nuestros besos, de nuestras veladas, del nudo en la garganta… del grito de la memoria antes del desplazamiento.
Amada mía. ¡¿Qué me has hecho?! Sé que no vuelo, no repto, no floto ni me quedo quieta. ¡No espero vientos! Sé que me muevo, que tengo piernas, no una, ni dos, ni tres o seis… ocho de ellas. Sé que me desplazo en recuerdos… En frío suelos, frente a los ingentes helenos, quienes la vieron convertir mi sangre, mi verbo en veneno… ¡Ah!
Llevándome por el mal camino, infinita, delicada… Vengativa. Embarazada. Son tus hijos. Y me escondo en los rincones, cuidar tu fruto, perderme en mis ojos. En su caleidoscopía: hombre, chimenea, pelusa, techo, hormiga, vino, hueso… cuello. Me desplazo entre sus risas… y te vas, pero mi furia sigue; perra. Los otros ojos… despiertan… ¡Perra!
Veneno, veneno, veneno… pierna, barriga, pecho, cuello… y muerdo. Soy el hilo que te cuelga y la uña que corta tu trama. Y te llevaste mis telares y me dejaste aquí, y tengo tus amores… Nunca olvido.
¿Por qué me dejaste así? Con este veneno y furia bañados en mis manos de agujas. Devuélveme mis besos, mis hilos, mi historia y que no siga, que la caleidoscopía encuentre punto… humano, hijos, cuarto, cama, pierna, brazos, cuerpo… boca. Mis hijos llegan. Y si me devoras, te comen por den
¡PUM!
¡Y muero!
O eso pienso pausa si justo la calle se curva como una espina que se remoja en su propio temblor una ventana rota donde la luz cae demasiado fuerte y me atraviesa como si los añosos insectos del pensamiento volvieran a bailar sobre este azogue que se ha convertido mi materia gris como si la aguja se quebrara de nuevo al tocar mi piel y las multitudes cayeran en ovillo de harapos verdes como algas que abrazan piedras en los charcos que nadie nombra oh esos pañuelos deshilachados que deja la sacerdotisa tirados por toda la silla juro que nunca recogen nada sin cuidado alguno y luego la mujer con sus manos llenas de heridas hoy es bacanal dulce y agudo por doquier incluso en salones donde una flauta de pan con forma de cuello de cisne es tocada por un fauno retorciéndose hacia los árboles qué es lo que pasa con estas flores nunca mueren y ese olor a puta con el que me reciben a su templo vestal El viento salvaje y el sabor a hipocresía están allí esperando en el borde del altar para siempre creo que su rostro escondía algo o era el sol deslizándose sobre sus pechos como tinta la sacerdotisa dijo problemas para una diosa que jamás escuchará alguna vez dejé todo en tus manos quién sabe por qué no me escuchas y luego esa perra con ovillos de bronce que hacía malabares como monedas en sus tobillos de mármol
Sí claro el borde de la uña quebrada y la sombra del mochuelo en su mano deslizándose por la pared y los pasos de danzas en la otra habitación escuchando al suelo de madera chillar como si una estatua pesara el doble por celebrarla con frutos de la vid que son de Baco y la sombra de su corona sacudiéndose como sus dedos finos y largos señalando a través de la ventana la risa afuera alguien golpeando el suelo con sus talones y ese olor a hojas secas aplastadas contra el cemento cómo es que el polvo nunca desaparece no importa cuánto lo intente no importa estas ramas son mi hogar ahora cuando extraño otro ahora El antes de su llegada cuando me hallaba a mí misma manos y seda enredadas todo el tiempo mirando con hilos en las manos en el crepúsculo y yo en mis tejidos hilando y deslizándome caminando hilaba palabras en pausa ahora estoy herida y no hay pausa veo desde el caleidoscopio y no hay pausa así veo todo desordenado desde que te llevaste mi trama.
Roberto Chu Maraví
(Lima, 1999) es escritor y poeta, estudiante de Traducción e Interpretación en la Universidad Ricardo Palma. Su obra combina mitología, fantasía oscura, experimentación lingüística y sensibilidad visual. En 2025 obtuvo el primer lugar en el Concurso NN de Nuevos Escritores, vinculado a la Maestría en Escritura Creativa de la PUCP, con «Las castálidas en la punta de la lengua». En 2023 alcanzó el cuarto lugar en los Juegos Florales Interuniversitarios con «Un Saturno enamorado». También recibió un reconocimiento latinoamericano de la Universidad Nacional de INCINE de Ecuador por la selección de uno de sus relatos para su adaptación a guion cinematográfico, distinción que destaca el potencial audiovisual de su narrativa. Sus cuentos han sido traducidos al inglés y al francés, ampliando su proyección internacional.
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