Jonathan Pico Rodriguez b
Cuentos

Edición 15: Cuento «La dirección de las plegarias» de Jonathan Pico Rodriguez

Clara dibujaba casas como quien intenta recordar un lugar del que nadie consigue volver. Las trazaba en los márgenes de los cuadernos, sobre servilletas del comedor parroquial o en cualquier hoja que encontrara. Siempre era la misma: una casa sin techo, abierta hacia el cielo como si alguien hubiera querido mostrar lo que ocultaba bajo los cimientos. En el centro aparecía una habitación vacía; debajo, una escalera descendía hacia una mancha negra que parecía absorber toda la tinta del dibujo.

Cuando el padre Esteban le preguntó qué significaba aquella oscuridad, la niña respondió:

—Todavía no lo sé.

Tenía once años, una cinta roja en el cabello y la costumbre de hablar como si escuchara cosas que los demás no podían oír.

La última vez que entró al confesionario estaba lloviendo. Años después, Esteban descubriría que había olvidado muchas cosas de su vida, pero no el sonido de aquella lluvia golpeando los vitrales cuando Clara se sentó al otro lado de la celosía.

Permaneció en silencio unos segundos antes de hablar.

—Padre, cuando rezo siento que algo termina mis oraciones.

Esteban sonrió con paciencia.

—¿Qué quieres decir?

—Escucho voces debajo de mi casa.

—¿Y qué dicen?

—No lo sé. Hablan demasiado bajo.

—Entonces quizá son sueños.

Clara negó lentamente.

—Una de ellas conoce mi nombre.

El sacerdote intentó tranquilizarla. Le habló del miedo, de las pesadillas y de cómo la imaginación puede llenar de sombras los rincones más comunes. Cuando la confesión terminó, la niña dejó uno de sus dibujos sobre el banco.

Antes de marcharse se volvió hacia él.

—Creo que ya sabe quién será el siguiente.

Tres días después desapareció.

Una semana más tarde encontraron su cuerpo dentro de un pozo seco a las afueras del pueblo.

Nunca descubrieron quién la mató.

Y el padre Esteban jamás logró convencerse de que no había podido evitarlo.

Durante diecisiete años guardó aquel dibujo en un cajón de su escritorio. Había intentado destruirlo varias veces. Quemarlo. Romperlo. Tirarlo al río. Siempre terminaba recuperándolo. Con el tiempo llegó a pensar que la culpa se parecía a ciertas reliquias: objetos sin valor para el resto del mundo e imposibles de abandonar para quien los conserva.

El pueblo envejeció. Muchas familias se marcharon. La iglesia comenzó a vaciarse. Sin embargo, el dibujo permaneció donde siempre había estado, esperando dentro del cajón.

La primera vez que escuchó la voz ocurrió una noche de lluvia.

Esteban se encontraba solo en la iglesia. Arrodillado frente al altar, murmuró una oración que ya no sabía si dirigía a Dios o a sus propios remordimientos.

—Perdóname.

Entonces escuchó su nombre.

—Esteban.

Abrió los ojos de inmediato.

La iglesia estaba vacía.

Solo permanecía el sonido de la lluvia contra los vitrales.

Pensó que había imaginado la voz hasta que volvió a escucharla.

—Hace frío aquí abajo.

Sintió un escalofrío. No porque reconociera aquella voz, sino porque parecía provenir del suelo.

Las noches siguientes fueron peores. La voz regresó una y otra vez. Nunca gritaba. Nunca amenazaba. Hablaba con una serenidad inquietante y conocía detalles imposibles: recuerdos de infancia, conversaciones olvidadas y pensamientos que jamás había compartido con nadie.

Una madrugada dijo:

—Todavía conservas el dibujo.

El corazón de Esteban se contrajo.

Nadie sabía que guardaba aquella hoja.

—¿Quién eres?

La respuesta llegó tras un largo silencio.

—Escucho.

Nada más.

La obsesión terminó consumiéndolo. Revisó archivos parroquiales, documentos antiguos y cuadernos olvidados. Buscaba una explicación. Encontró advertencias.

En un cuaderno sin firma descubrió varias anotaciones escritas con una caligrafía temblorosa:

«La voz volvió.»

«Conoce mis pecados.»

«Conoce mis muertos.»

«No escucha desde arriba.»

La última frase parecía escrita con desesperación:

«No sigas las voces debajo del altar.»

Aquella misma noche encontró una losa oculta detrás del presbiterio. Estaba cubierta de cruces y nombres grabados en la piedra. Cuando apoyó la mano sobre su superficie escuchó algo que hizo que la sangre se le helara.

Miles de voces.

Rezando.

Muy lejos.

Muy abajo.

Como si toda la tierra murmurara en sueños.

Debería haber huido. Lo supo inmediatamente. Sin embargo, llevaba diecisiete años intentando responder una sola pregunta: ¿qué había intentado decirle Clara antes de morir?

Abrió la losa.

Debajo apareció una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad. Las paredes estaban cubiertas de nombres grabados por manos distintas. Algunos parecían recientes; otros habían sido escritos siglos atrás.

Al final encontró una puerta de piedra.

Sobre ella había una inscripción:

LA DIRECCIÓN DE LAS PLEGARIAS

Empujó.

La puerta se abrió.

Más allá no había una habitación ni una caverna. Había algo que parecía negarse a ser comprendido. Una oscuridad inmensa ocupaba todo el espacio. En medio de ella distinguió cientos de figuras inmóviles. Permanecían sentadas y silenciosas, como personas que hubieran olvidado cómo moverse.

No sabía si estaban vivas o muertas.

Entonces la vio.

Clara.

Seguía llevando la cinta roja.

Seguía teniendo once años.

Como si el tiempo jamás hubiera tocado aquel lugar.

—Llegaste tarde —dijo.

Esteban cayó de rodillas.

Durante años había imaginado aquel encuentro. Había ensayado disculpas, explicaciones y plegarias. Sin embargo, cuando llegó el momento solo pudo pronunciar una palabra.

—Perdóname.

La niña lo observó con una tristeza tranquila.

—¿A quién?

La pregunta lo dejó sin respuesta.

Porque comprendió que había repetido aquella palabra durante diecisiete años sin saber realmente a quién iba dirigida.

En ese instante sintió una presencia.

No vio un rostro.

No vio una forma.

Solo una atención inmensa concentrada sobre él.

Como si algo hubiera permanecido observándolo desde siempre.

—¿Quién eres? —preguntó.

La oscuridad pareció respirar.

Después respondió:

—Escucho.

La palabra resonó en todas partes.

Entonces oyó una voz entre los murmullos.

La reconoció inmediatamente.

Era la suya.

Rezando.

Pero no se trataba de un recuerdo.

Aquella oración hablaba de personas que aún vivían, de pérdidas futuras y de acontecimientos que todavía no habían ocurrido.

Entre los murmullos reconoció también otras voces imposibles. Algunas pertenecían a personas del pueblo que seguían con vida. Otras parecían venir de tiempos que aún no existían.

Sintió que la realidad se abría bajo sus pies.

Clara le entregó una hoja de papel.

Era el mismo dibujo que había conservado durante años.

La casa abierta.

La escalera.

La mancha negra.

La niña señaló la oscuridad bajo los cimientos.

—Siempre estuvo aquí.

Después desapareció.

Y la presencia continuó escuchando.

Muchos años más tarde, cuando la iglesia ya había sido abandonada, un investigador descubrió una habitación oculta bajo el altar. Dentro encontró cientos de hojas escritas por personas diferentes a lo largo de los siglos. Todas contenían exactamente la misma frase:

Escucho mis propias oraciones debajo de la tierra.

Entre ellas había una hoja escrita con su propia letra.

Debajo aparecía una fecha situada tres años en el futuro.

Intentó destruirla. La quemó y observó cómo se convertía en cenizas. Sin embargo, cuando levantó la vista descubrió que la misma frase seguía allí, grabada sobre la superficie de la mesa.

Como si nunca hubiera estado en el papel.

Como si hubiera estado esperando ser leída.

Entonces observó el dibujo que acompañaba la inscripción.

Por primera vez comprendió algo que el padre Esteban nunca había alcanzado a entender.

Clara no dibujaba una casa.

Dibujaba una puerta.

Una puerta abierta hacia aquello que escuchaba debajo.

Aquella noche abandonó la iglesia y jamás regresó.

Sin embargo, desde entonces despierta cada madrugada a la misma hora.

Escucha algo.

Muy débil.

Muy lejano.

Como miles de personas rezando bajo la tierra.

Permanece inmóvil.

Esperando que las voces desaparezcan.

Nunca desaparecen.

Entonces reconoce una entre todas.

La suya.

Y comprende por fin lo que Clara intentó decir cuando era niña.

No estaba oyendo voces debajo de su casa.

Estaba oyendo respuestas.

 


 

Jonathan Anibal Pico Rodríguez

Escritor ecuatoriano, periodista internacional y magíster en Comunicación Estatal y Corporativa. Autor de más de diez poemas y cuentos publicados en antologías y libros colectivos, explora en su obra la memoria, las emociones, la identidad y los vínculos humanos. A través de la poesía y la narrativa, desarrolla una mirada sensible y reflexiva sobre la condición humana, buscando conectar imaginación, pensamiento y experiencia.

 

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https://cuentaartes.org/edicion-15-legados/

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