El calor del vapor espeso parecía brotar del asfalto de la calle Gamarra, cargado de ese tufillo de grasa y herrumbre producido por el congestionamiento vehicular. Eran al promediar las tres de la tarde de un jueves cualquiera, pero el cielo tenía el color de un pulmón enfermo. Yo arrastraba los pies hacia la redacción, rumiando mis prisas y masticando la última yuquita frita del chifa 24 horas, cuando el grito del canillita me perforó el tímpano:
—¡Satélite! ¡Satélite! ¡Tragedia en el Yugoslavo! ¡Obrero triturado por la máquina de hacer picadillo!
La tinta del periódico, todavía fresca, dejaba un rastro oscuro entre los dedos como carbón húmedo. Era escueta la noticia, pero brutal, de esas que excitan el morbo de las personas en la calle. Un desventurado, un tal César Díaz Guerra, operario de la sección embutidos, había tropezado en la tolva gigante. El texto hablaba de «amasijo informe» y de «pérdida total del elemento humano». Una cosa inútil. Una muerte gris, obrera, de esas que no le importan a Dios pero que rinden media página en la sección de policiales.
Me mandaron al barrio Chicago para ser más precisos a la calle Suárez a buscar la foto del muerto. El patio olía a pescado soleado y a miseria solidificada. Al fondo, en una pieza miserable donde apenas cabía una cama y una raquítica mesa, encontré a la viuda. Era una mujer de facciones rubicundas, reseca por el sufrimiento o tal vez por la falta de alimentos que es común en estos lugares. No lloraba. Tenía los ojos fijos en el dial de un enorme equipo estéreo, un Sony de baquelita negra que zumbaba en un rincón.
—Se lo tragó la máquina, señora —le dije, intentando impostar esa voz de falsa piedad que usamos los cronistas de la tarde—. Lo siento. Necesito una fotografía de César Díaz para el diario de mañana.
La mujer no me miró. Señaló el dial del equipo estéreo con un dedo grueso y deformado por el trabajo doméstico.
—No hay foto —dijo, con una voz que parecía venir de un sótano—. Pero escuche.
Acerqué el oído al oscuro paño que cubría el altavoz. De la profundidad de aquella maraña de estática de ondas cortas y el anuncio inoportuno de unas sales para neutralizar la acidez estomacal, emergió de pronto un sonido tenebroso. Un crujido rítmico, metálico. ¡Clank… clank… chomp! Y de golpe, una voz. Era la voz de un hombre que hablaba como confinado en el interior de una lata, ahogada en grasa de capón.
—¿Eres tú, Mechita? —decía la radio—. Dile a Gonzalo Talavera el capataz que no me descuente la media hora de la tarde. Me caí en la molienda… pero la grasa está tibia. Dile por favor que no me descuente…
Sentí un escalofrío amargo e implacable que me subía por las piernas. Los circuitos integrados del equipo estéreo brillaban con un fulgor verdoso, casi obsceno. El miserable de César Díaz Guerra no se había muerto del todo; su desdichada vida de obrero se había fundido con los mecanismos de reproducción, placas, cabezales magnéticos, circuitería eléctrica había centrifugado su alma, convirtiéndola en corriente eléctrica.
—Lleva así desde las doce —dijo la viuda, sentándose en la cama con los brazos cruzados—. Los vecinos vinieron a rezar un rosario, pero la radio empezó a insultar al cura en quechua ancashino. Tuvimos que echarlos.
Me quedé hipnotizado por el aparato. La tragedia ya no era una crónica de sangre; era un milagro de la radiofonía. El hombre estaba ahí, atrapado entre los hilos de cobre, diodos y transistores de la telegrafía sin hilos. Anoté febrilmente en mi libreta: «El hombre-onda», «La transmigración de la carne en el éter». Iba a escribir una página que haría palidecer a los redactores de Crítica. Me vi ya consagrado, saltando de la miseria del sueldo de cronista a la gloria literaria.
Salí corriendo alborozado, dejando a la viuda con el zumbido estático de su duelo. Volé a la redacción, aparté a los diagramadores y me senté ante la Computadora a vomitar el artículo más delirante y perfecto de mi vida. Redacté la inmortalidad de César Díaz Guerra, el obrero que venció a la muerte gracias al cortocircuito de una máquina picadora.
Al día siguiente, salí a la calle al alba, empujado por la ansiedad por ver mi obra consagrada en los kioscos. Compré un ejemplar del diario con el corazón dándome vuelcos en el pecho. Busqué la página cinco. Ahí estaba mi título con letras de molde gigantescas. Pero al bajar la vista al texto, me quedé helado.
No había nada de mi prosa lírica. No estaba el alma del infortunado César Díaz flotando en el éter. En su lugar, un recuadro comercial de última hora firmado por el Directorio de la Empresa Nor Peruana de Embutidos que decía:
AVISO IMPORTANTE A LA POBLACIÓN
Por razones de desperfectos técnicos en la maquinaria de la planta de Primavera, el lote de embutidos y picadillo de carne marca «Yugoslavo», distribuido en la tarde de ayer, ha salido con un excedente de hierro y componentes orgánicos no habituales. Rogamos a los consumidores devolver la mercadería. Se les reembolsará el importe o se les canjeará por una radio de última generación.
Sentí una oleada de náuseas espantosa. Miré a mi alrededor. En la esquina, un vigilante devoraba un sándwich de hotdog con un deleite casi macabro, ajeno a mi malestar; de hecho, parecía divertirse sobremanera al escuchar un inquietante silbido metálico que emanaba directamente de sus propias entrañas.
Hernan Mijail Sandoval Quispe
(Trujillo, 1976) Poeta, cuentista, historiador e investigador de las culturas originarias. Maestro en Auditoría y Gestión Publica por la Universidad Católica de Trujillo Benedicto XVI. Licenciado en Administración por la Universidad Privada del Norte. Tiene poemas titulados Añoranzas (2015), Campos de Corongo (2018) y Cantos en Huampami (2020). Ha participado en el 7 Bienal de cuento para niños ICPNA (2016). Antología de cuentos de terror – Travesía Nocturna (2023). Concurso Público de composición de la letra del Himno a la región La Libertad (2024). XI Bienal de poesía infantil ICPNA (2025). Microrrelatos Bibliotecuento (2025).
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