El puerto Garcilaso recibe a los últimos pasajeros de la tarde. A un lado, sujeto por una soga, el peque-peque espera listo para partir.
Ahí está el río Huallaga, con su color ocre tostado por el sol; sobre su espalda, el Linder, con su nombre tatuado en la proa y los exaltados latidos de un corazón no humano. Aquí también está una mujer sentada en la embarcación contemplando el espejo de agua con sus recónditos pensamientos de domingo al caer la tarde.
Ella y el río en comunión.
Solo podría develarse el misterio de ese cauce y de esa reflexión si uno se entregara al otro, fundiéndose en la belleza enigmática de las garzas, cuyos cuellos y aleteos brillan en la inmensidad del agua dorada.
Ella mira el río y su mirada atraviesa los confines verdes del horizonte y la línea azul celeste del cielo en crepúsculo.
Sin aviso, el peque-peque vira hacia la margen izquierda del río y se asoma con dulzura a la quebrada Cuiparillo. A una hora de navegación, el agua es menos oscura. Inclinándose un poco, ella hace un cuenco con las manos para beber el mishqui y saciar la sed.
El Linder ancla en el puerto del caserío. Un perro escuálido espera al final de las escaleras del embarcadero; es un perro libre, piensa ella. Es también un lugar libre al que ha llegado, su nombre lo define: Libertad de Cuiparillo. Al bajar de la embarcación aspira el aire nuevo, se consuela con las oportunidades que allí le aguardan, lejos del pasado. Su cuerpo entra a la realidad de esa estancia en el silencio de las seis de la tarde. Con el poblado vacío, no tendrá miradas furtivas o de soslayo. Para ella ese paraje representa una nueva oportunidad para vivir. Está, pero por primera vez no le tiene miedo a la soledad.
Se dirige a una casa de madera, la bodega del pueblo. La reciben con una sonrisa.
—¿Es la nueva profesora?
Responde, aunque al afirmarlo se siente extraña. No es común su situación de profesora rural que enseñará por primera vez a los cuarenta años. Su voz no la acompaña; se oculta por un repentino temor que la asalta en medio de las sombras que aparecen en la noche.
La mujer no lo sabe todavía, pero está realizando una proeza. Liberarse de los grilletes atados a sus tobillos no ha sido fácil; pero, aunque al inicio su caminar fue tambaleante, por fin ha llegado a tierra firme.
Se instala en una habitación frente a la plaza, acomoda sus pertenencias y observa desde la ventana la luna menguante. El perro escuálido, sin que nadie se lo haya pedido, resguarda su puerta.
El rumor de la quebrada llega a sus oídos y la arrulla para pescar el sueño. A esa hora sabe que vivir ya no representa un peligro, sino una aventura. Va entrando al sueño, se deja llevar. Y ahora está dormida: otra vez el río dorado, innumerables peces —doncellas, zúngaros y carachamas de colores— la rodean; de pronto, un gran pez gato cola roja, el bagre de su infancia, la sube a su lomo y la invita a viajar a las profundidades del río. Y ahora ella está lista para conocer la gruta de las sirenas: insondables formas líquidas, acuarelas de fantasía, sonidos gráciles, placer exquisito.
La lluvia sobre el techo de calamina la despierta.
Es una mujer menuda que, bondadosa y osada, inicia una travesía extraordinaria. Su mirada contemplativa es su sello personal; nunca muestra los dientes. No sonríe. Sus manos pequeñas tienen la piel fina, casi borrada por años de inmerecido trabajo. Alguna vez tuvo padres, hermanos, marido, dos hijos. A veces recuerda una casa con techo de palma, lo más parecido a un hogar. Todo eso ha dejado atrás. Guardó luto por sus padres, sus hermanos partieron hacia tierras desconocidas; un día su marido pasó de los gritos a los golpes y sus hijos crecieron tan pronto que ya habían contraído matrimonio. Lo único que se ha quedado con ella es el lamento en la mirada, dorado como el río de sus sueños.
Intuye que ha llegado a este lugar para quedarse: enseñar a leer a los niños en la escuela se convierte en su pasión y tiene el vívido anhelo de que su vida transcurra sin problemas. Nadie debe sospechar nada de ella ni de su vida anterior. Yurimaguas le parece ahora un lugar lejano, aunque esté a una hora en trayecto fluvial.
Transcurre el tiempo feroz, sin tregua. En el pueblo se acostumbraron a ella; los niños la quieren, mujeres y hombres toleran sus silencios, su inexpresividad, su falta de alegría. Es una buena profesora, tiene sus métodos: sin amonestaciones, solo con palabras y ejemplos. También canta; su voz es aguda, melodiosa, una imitación de las sirenas.
A veces se acuerda de sus hijos con irritación. Si hubiese sabido que al crecer la dejarían, no se habría sacrificado por ellos; pero eso una madre no lo sabe hasta que ocurre, demasiado tarde. También viene a ella el marido. Recuerda su bividí amarillento, su panza enorme, sus gritos, sus golpes; lo imagina timbeando y bebiendo en una chingana junto al puerto, con su mugroso mondadientes asomando en la boca.
A veces conseguía, aunque fugazmente, tener la visión de la última vez que lo vio. No recordaba el motivo del trompazo; cualquier afrenta imaginaria servía de pretexto para dejarle la mandíbula entumecida y los labios llenos de espuma. Espantaba esos pensamientos como a las moscas.
Después de que los recuerdos se desvanecen, vuelve a la realidad de su vida en el pueblo, ese caserío del alto Huallaga de pandillas bulliciosas.
Cuando llegan las vacaciones no corre a Yurimaguas como los demás profesores; se queda, con el perro escuálido siguiéndole los pasos. Ella parte diligente hacia el lago Cuipari, de paisajes asombrosos, el cual con el tiempo se ha convertido en su lugar predilecto.
Buscaba bufeos colorados en sus aguas, hasta que le dijeron que allí no habitaban. Deseaba ver al delfín rosado girar su cabeza noventa grados y admirar de cerca el encantamiento que lo transformase en hombre. Nunca ocurrió.
Un día llegaron varios policías y nadie imaginó para qué; hicieron preguntas en todo el pueblo, que, soñoliento, no ataba cabos de qué o cuándo. Hablaban de un hombre desaparecido en Yurimaguas, mostraban fotos; un borracho, dijeron, sus hijos lo buscaban, les habían dicho que la mujer vivía ahí, en ese caserío ribereño. Se tardaron en dar con ella, pues nadie sabía que tenía marido, hijos y hasta nietos. La buscaron, pero no estaba en su habitación, tampoco el perro que cuidaba su puerta. Sus cosas seguían intactas, sin rastro de huida.
De tanto esperar su regreso, los policías se hartaron y se fueron.
Nadie volvió a verla.
Un mes después, cuando el cielo estaba alto, inalcanzable, con pocas nubes, unos pescadores la encontraron hinchada y con la ropa hecha jirones. Un ave tuqui-tuqui cantaba cerca del cuerpo. La mujer yacía sobre el agua brillante del Huallaga con los bolsillos cosidos llenos de piedras y el perro atado junto a ella.
Haydith Vásquez del Águila
(Tarapoto, 1977). Escritora e ingeniera. Magíster en Escritura Creativa por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado la novela La noche sin alba (2024) y los libros de cuentos La niña de la lluvia (2012) y Agosto (2018). Sus relatos aparecen en las revistas CiberAndes, ClaroscuroGraphia y NN, así como en diversas antologías nacionales, entre las que destacan Vislumbra (2021), El vuelo de tu mirada (2023), Narrativa Fantástica (2025) y Futura – Muestra de cuentos de ciencia ficción amazónica (2026). Obtuvo el primer lugar en los VII Juegos Florales de la región San Martín (2002) y en el Concurso Amazonía Ancestral (2017). En la actualidad, administra la página Espía literaria y dirige el pódcast Un azul para Marte.
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