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Ensayo: La Filiación Cultural Afroperuana en Victoria Santa Cruz

Por Hélard André Fuentes Pastor

Ha tomado cerca de un siglo llegar a la conclusión de que nuestro Perú es un país pluricultural. En las últimas dos décadas lo hemos repetido hasta el hartazgo, tanto en el ámbito educativo como el cultural y político. La palabra se hizo verbo desde que la identidad comenzó a estructurarse en razón del encuentro de dos mundos: el hispano y el andino. Los estudios publicados sobre aquel proceso de aculturación y/o mestizaje han sido meritorios; no obstante, dichas reflexiones se han realizado a espaldas del «encuentro» o dinámica etnológica entre españoles y otros grupos sociales en territorio patrio (la población afroperuana y amazónica). Por lo tanto, percibimos una tarea pendiente que apunta en múltiples dualidades y no solo en lo hispano-andino. Una de ellas está vinculada al sentido afroperuano y tiene de principales referentes a Victoria Santa Cruz y su hermano Nicomedes, tal cual sucedió con José María Arguedas o José Carlos Mariátegui para el indigenismo y Miguelina Acosta en la Amazonía, en el s. XX.

Cada autor o personaje es un agente cultural de reivindicación social e identitaria y reúne características guía que se pueden comprender en dos dimensiones: la primera connatural, parte del «ser viviente», y la segunda, adquirida por el entorno o la realidad. Ambas influyen en la identidad personal, cuyos rasgos permiten determinar las habilidades, el carácter, el temperamento, virtudes, etcétera, de un individuo. En consecuencia, nuestro ensayo pretende aproximarse a la filiación cultural afroperuana de la compositora y estudiosa del arte, Victoria Santa Cruz, dado que aquellos atributos guardan relación con su propósito de vida.

La respuesta al sentido de lucha de un personaje, se encuentra en el contexto en que se desenvuelve, pero también en sus orígenes, lo que corresponde a la «filiación» que refiere al vínculo existente entre generantes, o sea lo que los hijos heredamos de los padres, los cuales no solo establecen relaciones biológicas, sino conductuales, y son, en parte, recogidas por la genética; así lo manifiesta Carlos Martínez cuando explica que «ni el lazo biológico, ni su plasmación jurídica, con ser importantes, son suficientes para agotar el vínculo de filiación, en toda su rica complejidad: intervienen en él (…) otros volitivos, afectivos, sociales y culturales (…)» (2013: 86). En razón de ello, podemos decir que Victoria Santa Cruz Gamarra provino de una de esas familias preocupadas por la valoración de los aportes africanos a la cultura peruana (Gonzales 2019: 26).

Precisamente, sus padres, Nicomedes Santa Cruz Aparicio (n. 1871 aprox. – m. 10/07/1957) y Victoria Gamarra Ramírez (n. 1884 aprox. – m. 29/04/1959), limeños, fueron los principales inspiradores e impulsadores de la actividad artística de sus hijos, sobre todo en la coreógrafa, y cómo no, el reconocido decimista Nicomedes (n. 1925 – m. 1992). Ambos crecieron en una numerosa familia nuclear junto a Pedro (n. 22/12/1909 – m. 09/07/1960), César (n. 1911 – m. 1996), Fernando (n. 1914 aprox. – m. 03/08/1995), Víctor Octavio (n. 1916 – m. 2012), Jorge Alberto (n. 1918 – m. 2009), Elena Consuelo (n. 1920 – m. 2014) y Rafael (n. 03/07/1928 – m. 1991).

Victoria Eugenia se desarrolló en un espacio que cultivaba los usos y costumbres de sus antepasados. Ella nació en un momento de afianzamiento de la tradición criolla y afroperuana, un 27 de octubre de 1922 en el barrio de La Victoria (Lima), cuando personajes como Felipe Pinglo Alva reorientaban el sentido musical del país. Entonces, la sociedad limeña que aún respiraba sus aires señoriales, comenzó a observar el empuje gravitante de un sector de la población que durante muchos siglos coloniales y por varias décadas de la vida republicana fueron considerados «subalternos». Sus principales representantes encontraron en la música, la literatura o la danza, una ventana para la expresión de la memoria personal y de su cotidianidad.

De esta manera, se desprende que vivieron en un entorno bastante hogareño y costumbrista dónde el papá, Nicomedes, agenciaba la economía familiar trabajando de mecánico (según reza la partida de nacimiento de su hijo Pedro) y ejercía ese noble oficio en la calle Quilca n.° 250. En ese tiempo, frisaba los 39 años de edad, mientras que su esposa los 24. Aquel documento, de una parte, revela que la pareja llevaba un año y seis meses de vida conyugal, pero aún no había formalizado; y de otra, que antes procrearon a una niña, Rosalina (n. 1908 – m. 2008), la hermana mayor de todos los Santa Cruz Gamarra.

Don Nicomedes —comenta Sharon Gonzales (2019)— introdujo a sus hijos, a la música de Wagner y las obras de Shakespeare; en tanto Victoria, «con voz de contralto, mezclaba décimas y contrapuntos» (Gordillo 2020: 148). Las vinculaciones de sus padres, independientemente a sus ocupaciones, permitió que la familia no solo se involucre en las artes, también con la literatura local, tal cual establece Gonzales al afirmar que los hermanos Santa Cruz Gamarra fueron «parte de una familia de reconocidos artistas e intelectuales» (2019: 27), tanto en la línea paterna como materna. Otro aspecto que permite demostrar dicha condición favorable, se puede anotar en el nacimiento de Pedro —asistido por una partera— que tuvo de testigos al empleado público Ricardo Tirado y al periodista Luis Aurelio Loayza, autor del libro Piltrafas: cosas de mi tierra (1910). De igual manera, se afirma que el papá fue amigo del poeta Leonidas Yerovi y del pensador José Carlos Mariátegui (Ref. Luis Rodríguez Pastor).

Hemos dicho que los Santa Cruz Gamarra vivieron inicialmente en la calle Quilca, donde nacieron los hijos mayores, y luego, mudaron su destino a un solar de La Victoria, en la calle Sebastián Barranca n.° 435, donde nacieron Nicomedes, Victoria y los otros hermanos menores, según se desprende de la inscripción del nacimiento de Rafito, tal cual solía llamarlo la artista e investigadora peruana. En aquella casa había un largo pasillo que cruzaba algunas habitaciones y un patio compartido propicio para las jaranas, una típica estampa limeña de las clases populares. Aunque los hijos crecieron en un entorno festivo y de pleno movimiento artístico, no todos desarrollaron con disciplina sus habilidades para la música o la danza, profesionalizándolas como bien lo hizoVictoria, Nicomedes o César, que era músico. En realidad, algunos fueron empleados públicos o se dedicaron a los oficios de la época, por ejemplo, Pedro trabajaba de fundidor, Víctor Octavio en calidad de comerciante, Rafael fue un conocido torero y Jorge inventor.

La familia no siempre vivió en La Victoria. A mediados de la década del 40, sus padres se establecieron en el pueblo de Breña, en la calle Pastaza n.° 651, residiendo en aquella dirección más de un quinquenio de años, pues según reza la partida de matrimonio de Víctor Octavio S. C. G., hacia 1952 continuaban viviendo allí. Poco tiempo después, el papá debió trasladarse temporalmente al jirón San Martín n.° 123, tal cual expresa la defunción de don Nicomedes, donde se indica que el occiso —fallecido en el Hospital Italiano que quedaba entre la alameda Grau (hoy Expresa Grau) y la avenida Santa Teresa (la actual Abancay), a la edad aproximada de 86 años— vivía en dicho lugar. Consideramos que sucedió de forma provisional e imprevista, ya que su esposa falleció en Pastaza como veremos adelante.

El papá de Victoria llevaba en sus venas las artes escénicas, quizás por el histrionismo propio de su línea paterna; bien sostiene Nicomedes (hijo) que su padre fue dramaturgo, lamentando a su vez, la ausencia de referencias a él, en la antología especializada de Luis Alberto Sánchez (Ojeda 2003: 15). Lo que también nos asombra, pues se trataba de un personaje muy popular, tal cual ha indicado Elvia Duque Castillo (2013) en un apunte biográfico donde señala que a la edad de 9 años fue enviado a los Estados Unidos, ya que Pedro Santa Cruz y Jacinta Aparicio, sus padres, temían las consecuencias de la guerra con Chile. En ese contexto, el joven migrante desarrolló un talento especial para el teatro y la composición, además de hablar el inglés con mucha fluidez.

La mamá compartía aquel espíritu artístico con su esposo, pues se presume que su padre, José Milagros Gamarra (n. 1865 aprox.) fue pintor indigenista (Feldman 2006), además de cantor y autor de ocurrentes zamacuecas (Vela 2020), lo cual ratifica el sentido de filiación cultural que existe con la nieta. Del mismo modo, Victoria recogió la tradición de la abuela, Benita Ramírez Olivares, conocedora de la zamacueca y la marinera. Cerrando esta parte, a diferencia de su cónyuge, la señora Gamarra falleció cuando domiciliaba en la calle Pastaza n.° 654, apenas unos años después de don Nicomedes, a la edad de 75 aprox., un 29 de abril de 1959.

La influencia paterna y materna hicieron de Victoria Santa Cruz el punto culminante de la expresión íntima, costumbrista y local de cada hito familiar. Los hermanos Santa Cruz extendieron las raíces del tradicionalismo afroperuano cultivado poco menos de un siglo por sus parientes. Esto se debe a la composición del hogar que no solo era nuclear, sino extendida y de origen; y a la cantidad de miembros que, inherentemente, otorga mayor posibilidad de preservación cultural, por ejemplo, los Santa Cruz Aparicio y Gamarra Ramírez fueron tan numerosos como la unión Santa Cruz Gamarra. Así eran los linajes de la época, y el de la artista, de manera especial, fue un auténtico motor de combustión para el desarrollo cultural de sus integrantes, más aún en la interacción con la dinámica socioafectiva de los solares, quintas o barrios.

En consecuencia, los familiares de Victoria se desarrollaron en espacios populares de Lima con estampas anecdóticas, de grata creatividad y promoción de las actividades manuales y/o artesanales mediante habilidades u oficios como el que desempeñaba el tío Lino, hermano de Nicomedes, en su calidad de albañil. Esto a su vez, colocó a muchos parientes ante una necesidad de reconocimiento y ascenso en la estructura social que comenzó a ser demandante, recordemos que la ciudad de Lima empezó a expandirse y, por lo tanto, a marginar de forma más incisiva. Entonces, la mejor manera de responder a esa realidad fue a través del talento y las habilidades artísticas que se consolidaron en el marco generacional de la artista peruana que, en resumida cuenta, fue «intérprete, compositora, directora, coreógrafa, modista (…) ingresó en 1959 a la compañía Cumanana; radicó en París, estudiando en la Universidad del Teatro de las Naciones. [y] En 1967 regresó al Perú formando Teatro y Danzas Negras del Perú (…)» (Risso 2021: 4), incluso llegó a dedicarse a la docencia universitaria y ejerció algunas responsabilidades de gestión presidiendo el recordado Conjunto Nacional de Folclore del Instituto Nacional de Cultura (INC).

Consideramos que las múltiples cualidades y/o habilidades de Victoria eran connaturales. Ella nació para ser artista y el entorno familiar afianzó ese talento innato para la interpretación y el teatro, tal cual manifestó el investigador Nelson Manrique: «es fácil rastrear la influencia que ejercieron en su formación sus padres, articulando una herencia que combinó lo mejor de la cultura occidental, por parte de su padre, con el rico legado cultural al que tuvo acceso gracias a la vasta sabiduría de su madre» (Santa Cruz 2004: 12) o Diana Vela afirmando que «se desarrolló en un entorno familiar no sólo erudito sino también muy afable» (2020).

Otro fundamento radica en el testimonio de la misma Victoria Santa Cruz, que declaró lo siguiente: «he tenido una madre que fue extraordinaria con toda la cosa de tierra, de ella aprendí a bailar la marinera (…) y mi padre que se crió en Estados Unidos (…) entonces, no olvides que dentro de nosotros vive un conocimiento importante, pero hay que despertarlo porque estamos divididos y solamente se despierta con una actitud frente a la vida (…)». Asimismo, «mi padre contaba que nosotros venimos de una familia de Bolivia, de Santa Cruz, que fue un indio boliviano y una negra africana, y de ahí venimos nosotros (…)» (entrevista con Marco Aurelio Denegri en La función de la palabra. TV Perú, 2009). Esto demuestra, la influencia cultural de sus padres y otros familiares que fueron sus referentes inmediatos; y de los cuales recoge la preeminencia de las raíces afroperuanas por sobre la vena andina que —como sostiene— también la definió identitariamente. Su carácter es resultado del influjo que recibió. A su vez, ese temperamento recio, enérgico, imponente, que se percibe en sus presentaciones y es su rasgo distintivo, más aún como artista, fue connatural y asume —bajo una suerte de inmanencia— la simiente de sus antepasados.

Santa Cruz fue una mujer de carácter fuerte, expresiva, no en vano Juan Carlos Zuloaga afirma que «no duda en introducir las emociones al momento de presentar sus reclamos, haciendo de los afectos una dimensión relevante para la actitud y el activismo político desde la producción cultural» (2021: 311) y la investigadora brasileña Rafaela Francisco de Jesús (2020) describe nítidamente los rasgos de su temperamento: «A Victoria tem uma postura imponente, uma voz com timbre forte» (2020: 28).

Por otra parte, no tan distante de lo expresado al momento, Eliza Pflucker (2022) señala que «nuestra Victoria», tal cual la siente —propia— fue «diaspórica, inter-PRETA-dora, sanadora rítmica, obsidiana antirracista, Victoria». De allí que algunos autores como María Nieto (2019), la consideren una germinadora del protofeminismo negro en Latinoamérica, por ejemplo, cuando menciona que «Santa Cruz va rechazando las imposiciones del sistema patriarcal capitalista blanco, ya que rechaza la utilización de productos de belleza que blanqueen y occidentalicen su imagen y belleza afroperuana» (2019: 18). Estas apreciaciones, evidentemente, se desprenden de su filiación cultural, es decir aquel vínculo fue preponderante en la vida de la artista, pero también en su ascenso, en su periodo de fama, y ahora, en su recuerdo, pues falleció en el 2014. Victoria junto a otras exponentes como la poeta cubana Nancy Morejón, «impusieron desde sus manifestaciones poéticas y artísticas, nuevos miramientos académicos, de expresión oral y literaria de cómo se tendría que entender la negritud ancestral» (Nieto 2019:  21).

En conclusión, la filiación tiene un carácter orgánico, no responde irrestrictamente al eclecticismo social con aires chauvinistas que, a menudo, ocurre cuando nos centramos en la raíz, tampoco ensalsa el orgullo racial en desmedro de otros fenotipos; sino plantea una especie de heterogeneidad cultural sin renunciar a los rasgos que definen el origen. Una muestra está en el aprendizaje múltiple que la artista ha adquirido durante su vida, sin mostrar oposición o resistirse al mismo, por ejemplo, tal cual menciona su sobrino Octavio: «(…) hasta donde sé, los únicos estudios profesionales que cursó fueron de alta costura con madame Bertin, los cuales siempre mencionó con satisfacción» (Santa Cruz 2022: 2). No cabe duda, el realizar cursos de alta costura extendió y diversificó su conocimiento, permitiendo el desarrollo de otras capacidades, verbigracia, el diseño, que complementa la genialidad dada por antonomasia.

Finalmente, Victoria se desarrolló en un contexto histórico fundamental para sus talentos, en una época en que la raíz afroperuana en Perú era «sistemáticamente ocultada, borrada y menospreciada» (Cornavaca 2022: 186); lo cual nos lleva a una cuestión sugestiva, pero práctica en la reflexión que presentamos: ¿qué habría sido de Santa Cruz sin un entorno social tan complicado cómo en el que se desenvolvió, sin una familia nuclear de artistas, sin mentada filiación y sin una actitud flexible ante la dinámica cultural? Quizás hoy no celebraríamos al gran paradigma peruano. Por ese motivo, su genialidad se puede leer desde múltiples perspectivas que bien pueden partir del análisis de su obra (donde hallamos las circunstancias) y de la filiación cultural (con su naturaleza e influencia). Los hermanos Nicomedes y Victoria conforman una dualidad, pues los dos se formaron en el conjunto Cumanana que, aunque se diluyó a mediados del siglo XX, constituye otro punto de partida para comprender el éxito de ambos personajes en actividades vinculantes y diferentes a la vez, en referencia a la cultura e identidad afroperuana.

 

Referencias bibliográficas:

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Feldman, H. C. (2006). Black Rhythms of Peru: reviving African Musical Heritage in the Black Pacific. Wesleyan University Press. Connecticut. USA.

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Referencias documentales:

Defunción de Fernando Santa Cruz Gamarra. (Libro de defunciones n.° 1 de 1995. Foja 134. Partida n.° 0746. Concejo Distrital de San Martín de Porres. Lima). (3 de agosto de 1995).

Defunción de Lino Santa Cruz Aparicio. (Libro de defunciones de hospitales n.° 1 de 1951. Foja 793. Hospital Dos de Mayo. Partida n.° 1585. Concejo Provincial de Lima. Lima). (28 de agosto de 1951).

Defunción de Nicomedes Santa Cruz Aparicio. (Libro de defunciones de hospitales. Hospital Italiano. Partida n.° 1207. Concejo Provincial de Lima. Lima. (18 de julio de 1957).

Matrimonio de Fernando Santa Cruz Gamarra con Rebeca Martínez de la Cruz. (Libro de matrimonios n.° 3 de 1963. Acta n.° 827. Concejo Distrital de Breña. Lima). (28 de septiembre de 1963).

Matrimonio de Víctor Octavio Santa Cruz con Julia Huarcaya Guerrero. (Libro de matrimonios n.° 1 de 1952. Acta n.° 71. Concejo Distrital de Lince. Lima). (15 de marzo de 1952).

Nacimiento de Pedro Santa Cruz Gamarra. (Libro de nacimientos n.° 1 de 1910. Municipalidad de Lima). (22 de diciembre de 1909).

Nacimiento de Rafael Santa Cruz Gamarra (Libro de nacimientos n.° 5 de 1928. Partida n.° 248. Concejo Distrital de La Victoria. Lima). (3 de julio de 1928).

 

 

Arequipa, 1990. Historiador de la Universidad Nacional de San Agustín. Autor de diferentes obras de carácter histórico. Su última publicación coeditada con el paleógrafo e historiador Helard Fuentes Rueda, es la colección: Historia de la provincia de Camaná (Fondo Editorial de la Universidad Católica de Santa María, 2022), en tres tomos. Autor de la antología: Voces de la poesía peruana (Parihuana Editores, 2021) y de las novelas: La noche de los mil carajos (Parihuana Editores, 2021) y Mis días con Raúl (Editorial Gato Viejo, 2022). Su trabajo histórico, literario y cultural ha merecido diferentes premios y reconocimientos a nivel regional. Actualmente, ganador del Fondo Concursable en Producción Bibliográfica de la Municipalidad Provincial de Arequipa, con el poemario: La sombra del camino (Cascahuesos Editores, 2022), prologado por la escritora española Ángela Serna y con el comentario del crítico Ricardo González Vigil

 

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