El tráfico avanzaba a trompicones, como si la ciudad hubiera decidido detener el tiempo únicamente para mí. Los automóviles avanzaban unos cuantos metros y volvían a quedar inmóviles bajo un cielo gris que amenazaba lluvia. Miraba el reloj con impaciencia, aunque en realidad no era el trabajo lo que me inquietaba. Desde que había abierto los ojos aquella mañana, llevaba conmigo una sensación extraña, una mezcla de felicidad y tristeza imposible de explicar. Todo era culpa del sueño. No lograba recordarlo por completo. Las imágenes aparecían fragmentadas, como fotografías antiguas encontradas en una caja olvidada. Sin embargo, había algo que permanecía intacto: una mujer.
No sabía su nombre ni dónde la había visto. Solo recordaba la serenidad de su mirada, la dulzura de su voz y la extraordinaria certeza de haber compartido con ella una vida entera. En el sueño caminábamos junto al mar al caer la tarde. Hablábamos poco porque no hacía falta decir nada. Bastaba con tomarnos de la mano para sentir que el mundo estaba en equilibrio. Al despertar, una nostalgia insoportable me acompañó desde el primer instante, como si hubiera perdido a alguien real.
Cuando por fin conseguí llegar al centro de la ciudad, decidí entrar en un pequeño café donde acostumbraba refugiarme antes de comenzar la jornada. Necesitaba ordenar mis pensamientos. El local estaba casi vacío. Sonaba una vieja melodía de piano y el aroma del café recién molido impregnaba el ambiente con una calidez que contrastaba con el frío de la calle.
Entonces ocurrió: la vi. Estaba sentada junto a la ventana, mirando distraídamente a los transeúntes. La luz apagada de la mañana iluminaba su rostro exactamente igual que en el sueño. El corazón comenzó a latirme con tanta fuerza que tuve que detenerme unos segundos. Era imposible confundirse. Era ella. Sentí una alegría tan intensa que casi dolía. No era el entusiasmo de conocer a una mujer hermosa, sino la emoción de reencontrar a alguien cuya ausencia había dejado una herida antigua.
Avancé lentamente. Quería hablarle. Preguntarle quién era. Decirle que llevaba toda la mañana buscándola sin haber sabido jamás dónde encontrarla. Pero cuando llegué hasta la mesa, la silla estaba vacía. Me quedé inmóvil. Miré alrededor creyendo que se habría levantado unos segundos. No había nadie. Solo una taza de café medio vacía y un pequeño jarrón con flores secas. Me senté en una mesa cercana. Pedí un café. Esperé. Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta levantaba la vista convencido de que regresaría. Los minutos fueron cayendo lentamente, mientras la ciudad continuaba latiendo detrás de los cristales empañados.
Finalmente llamé al camarero.
—Disculpe… ¿la señora que estaba sentada junto a la ventana salió hace un momento?
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué señora?
—La mujer de cabello oscuro. Estaba sola.
Negó lentamente con la cabeza.
—Desde que usted entró no había nadie en esa mesa.
Sentí un escalofrío. Intenté convencerme de que el cansancio me estaba jugando una mala pasada. Había dormido poco. Tal vez el sueño seguía mezclándose con la realidad. Pagué el café y salí.
Entonces volvió a aparecer. Caminaba unos metros más adelante, entre la multitud, con la misma serenidad con la que uno recuerda un lugar feliz. No parecía tener prisa. Ni siquiera miraba hacia atrás. La seguí. No lo hice por curiosidad, sino por una necesidad que no comprendía. Atravesó dos avenidas, dobló una esquina y llegó hasta una parada de taxis. Cuando abrió la puerta de uno de ellos, volvió lentamente el rostro hacia mí. Nuestros ojos se encontraron. Sonrió. No era una sonrisa de conquista ni de coquetería. Era la sonrisa tranquila de quien reconoce a alguien después de muchos años. Movió apenas los labios:
—Esta noche.
El taxi desapareció entre el tráfico. Regresé al café sin comprender qué acababa de ocurrir. El camarero me observó con cierta preocupación cuando volví a entrar.
—Perdone —insistí—. ¿Está completamente seguro de que esa mujer nunca estuvo aquí?
Esta vez tardó unos segundos en responder.
—Señor, usted llegó hace más de una hora.
—Sí.
—Entró solo.
Sentí un vacío en el estómago. Miré la mesa donde había creído verla. Sobre ella permanecía una taza vacía. Me acerqué. Había una marca de labial rojo perfectamente dibujada sobre la porcelana. Pasé el dedo con cuidado. Era reciente. El camarero la observó también. Su expresión dejó de ser incrédula para convertirse en desconcierto.
—Esa taza… —murmuró—. Juraría que estaba limpia.
Debajo encontré un pequeño sobre doblado. Dentro había una fotografía antigua. El papel amarillento mostraba una pareja de jóvenes abrazados frente al malecón, probablemente cincuenta años atrás. El muchacho tenía mi mismo rostro. No era alguien parecido. Era exactamente yo. La mujer sonreía apoyando la cabeza sobre su hombro. Era ella. En el reverso alguien había escrito con tinta ya descolorida: *»Lima, octubre de 1974. Prométeme que, aunque el tiempo nos separe, algún día volverás a encontrarme.»* Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones. Aquella caligrafía me resultaba extrañamente familiar.
El camarero tomó la fotografía con delicadeza.
—Esa mujer… —dijo en voz baja—. Mi abuelo trabajó aquí toda su vida. Siempre hablaba de una clienta que venía cada viernes a esperar a un muchacho que nunca regresó. Decía que siguió viniendo durante décadas, hasta que una mañana dejó de aparecer. Nadie supo qué había sido de ella.
Guardé la fotografía sin decir una palabra. Aquella noche no acudí a ninguna cita. Comprendí que algunas promesas pertenecen al pasado y que intentar rescatarlas solo sirve para romper el delicado equilibrio de los recuerdos. Durante semanas regresé al café con la esperanza de volver a verla. Nunca ocurrió. Con el tiempo averigüé que la mujer de la fotografía había muerto hacía varios años y que jamás se había casado. Conservó hasta el final una pequeña caja de madera donde guardaba cartas dirigidas a un hombre llamado Daniel, desaparecido en un accidente cuando ambos eran muy jóvenes. Yo no me llamaba Daniel. Pero desde aquel día dejé de creer que la memoria pertenece únicamente a quienes han vivido una historia. Hay recuerdos que permanecen suspendidos en los lugares, esperando que alguien los complete. A veces, cuando el tráfico vuelve a detener la ciudad y la lluvia empaña los cristales del café, sigo creyendo distinguir su silueta junto a la ventana. Ya no corro detrás de ella. Solo sonrío. Porque comprendí demasiado tarde que no todas las personas que llegan a nuestra vida están destinadas a quedarse. Algunas aparecen únicamente para recordarnos que incluso los amores que nunca fueron nuestros pueden dejarnos una nostalgia tan profunda como si hubiéramos vivido una existencia entera a su lado.
Oswaldo Castro
Piura, Médico-Cirujano Publicaciones en físico, e-books y en más de 70 revistas on-line, páginas web, plataformas digitales y portales nacionales y extranjeros. Cuentos publicados en más de treinta y cinco antologías nacionales y extranjeras y otros en formato de audio cuentos. Premios literarios y menciones honrosas.
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