No es novedad que mucha de la literatura peruana de la última década, sobre todo e irónicamente la más publicitada por el oleaje de medios poderosos, haya flaqueado en un punto que, a estas alturas, cuando ya casi no se oye la palabra “arte”, aún debería marcar la directriz en todo acto “artístico”: barrer con su pasado y centrar el núcleo de su esfuerzo en remodelar su forma. Incluso, en una entrevista se dijo sobre un escritor, que su trabajo había revolucionado las letras hispanas, pero cuya novela, a ojos del lector crítico y regular, no es de ni lejos el próximo eslabón de hierro sólido en la narrativa patria. Por supuesto, hablamos del intimismo, género empotrado en la escena nacional, que, sin dejar de producirse (no tendría por qué como obligación) ha encontrado un fresco respiro en manos de Fiorella Moreno (Lima 1990), autora de “La vida de las marionetas”, libro de cuentos publicado por Alastor Editores. 

 

Concebido como un libro orgánico los relatos presentes componen episodios autárquicos y viscerales en la vida de Anna, cuya memoria y trasfondo íntimo parecer configurar a través de su lenguaje a la construcción del narrador a lo largo de la obra, y no al revés. Esto es, sin duda, el motivo que concede a Moreno una voz estable y declarada, ya que cada encaje espiritual e introspectivo en correlación con los episodios de acción, es desarrollado de un modo que, con otro tratamiento, quizá se hubiese hermanado con la impronta usual y un tanto cursi del intimismo mal concebido.

El punto fuerte de la obra recae en el lenguaje. De una hechura casi lírica, la autora aprovecha cada imagen transitada, sea visible o interior, y la refuerza a través de símiles que no solo condicionan la puesta en escena, sino que cumplen su empresa de engrosar el subtexto y su intención idearía. Es notoria la influencia de Carson McCullers y William Faulkner, por ejemplo, quienes dotan a su obra de un magma lingüístico proclive a lo poético, al lenguaje como coprotagonista.  

 

“El final, como era de suponerse, lo puso él, aquel punto final a un borrador que nunca llegó a tomar una forma definitiva”. 

 

Asimismo, el cambio y variedad de puntos de vista funcionan como el ojo seguidor de una cámara cinematográfica, confiriendo puntos de ruptura con lo lineal, y manejando con garantía la estructura narrativa en razón de su conducto intrigante. El manejo del tiempo, tampoco lineal, refuerza la propuesta, al tiempo que hace creíble el trance psicológico de Anna y otros personajes en los puntos de carga sensible. Para ello el narrador interrumpe su trazo argumental y deja paso a secciones en letra cursiva, desligándose de aquellas demandas que en su propia voz podrían generar remilgos innecesarios.      

 

El libro se divide en tres secciones: “El huevo de la serpiente”, “¿A dónde vamos desde aquí?” y “Susurros”, conteniendo cada una dos cuentos, a excepción de la última, compuesta por tres. En el total se desglosa el ala central de la obra: la sensación de inconformismo en los personajes, sobre todo en Anna, quien es consciente del raigón de sus dilemas y busca a su modo ese fulgor de limpieza interior, no siempre lográndolo y en ocasiones fortaleciendo el daño debido a su silencio. Es llamativo el uso de cadáveres y el fuego como elementos de contrapeso visual, pues a la par del recorrido íntimo, estos delinean la senda hacia el fondo del texto: toparse con la muerte y la autoridad destructiva del fuego funge el papel de estampa alegórica de la inacción y frustración en lo que se percibe como el laberinto vital de Anna, y en lo que ella misma podría convertirse: una muerta en vida. ¿De dónde procede tal impresión? De actitudes como el machismo, imposiciones de tradición familiar, la aparente obligación de convertirse en madre, y sobre todo de una solicitud que, entendida como tendenciosa, solo puede atribuírsele a una boca castrante, todavía arraigada en la sociedad: ¿Qué se espera de una mujer?, pregunta que atropella constantemente la razón de Anna. 

 

Por otro lado, a pesar de ser una obra rica en lenguaje, podemos hallar desaciertos en algunos pasajes de diálogos. En ocasiones estos exceden en simpatía con la oralidad real, así como, en otras, recurren a cierta sonoridad plástica. Otro punto —quizá muy personal— es el ritmo de lectura en general del libro. Pienso que, debido a su cosmos intimista, un tanto falto de “acción” y elementos actuales (pop, musicales, tal vez tecnológicos, aunque ello no sea para nada un requisito fundamental o forzoso), no es un libro presto a leerse de un tirón, debido justamente a su atmósfera cerrada. Un respiro entre relatos favorece su fruición.

 

En resumen, si bien se trata del primer libro de Fiorella Moreno, “La vida de las marionetas” evidencia un soporte seguro y configura una voz sólida y personal, en un género que en los últimos años no había planeado por buenos aires, al menos en las letras peruanas.

 

Libro recomendado.     

Ficha técnica: 

 “La vida de las marionetas”, de Fiorella Moreno

 Editorial: Alastor Editores

 Año 2021

 187 páginas

 Tapa rústica

 

Puedes también encontrar esta reseña literaria en la página: 13 de la edición N°6 : Renacer

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Aarón Alva Hurtado (Lima- Perú)

(Lima, 1987). Lic. en Guitarra por la Universidad Nacional de Música. Como músico ha sido premiado en concursos de guitarra clásica a nivel nacional y ha formado parte de distintos elencos. Actualmente, es maestro en los talleres de la universidad ESAN y ofrece clases particulares a través de la Asociación Suzuki del Perú. Ha publicado los libros “Cuentos ordinarios” (2017) y “El enigma de la silla rota” (2018). A inicios de marzo 2022, inició la Maestría sobre Educación en PUCP. En sus tiempos libres, disfruta de la lectura y de la Fotografía. Actualmente, es responsable de la sección de reseñas literarias en Cuenta Artes.

Un comentario en «Reseña de “La vida de las marionetas”, de Fiorella Moreno»

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